Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La gran paradoja de la Cruz en el apóstol.

Homilía i111001a, predicada en 19970616, con 11 min. y 29 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Esta segunda carta a los Corintios que hemos venido escuchando ya desde la semana pasada, trae preciosas descripciones autobiográficas de lo que es, de lo que siente, de lo que hace, de lo que padece y de lo que logra un apóstol de Cristo. Yo me atrevo a decir que junto con algunos capítulos del profeta Jeremías, que esos capitulitos que la Biblia de Jerusalén intitula Confesiones de Jeremías, junto con esos capítulos de Jeremías, estos capítulos, por ejemplo, el sexto de la segunda carta a los Corintios, son descripciones invaluables, únicas de lo que siente la persona que es llamada por Dios para convertirse en boca suya. Para llevar la Palabra de salvación. Puede decirse que tanto este profeta del Antiguo Testamento como este apóstol del Nuevo Testamento son hombres quemados por el fuego que llevaban.

Y efectivamente, como no se puede transportar agua sin mojarse, así tampoco se puede transportar fuego sin quemarse. Y esa naturaleza quemada y transfigurada por el amor y por la gracia de Dios. Eso es precisamente lo que nos aparece en estos textos. De manera que el que quiera conocer de una manera, llamémosle así como autobiográfica, qué significa apostarlo todo por Dios, que lea esta segunda Carta a los Corintios. Lo que motiva al apóstol Pablo a hablar así son conflictos enteramente circunstanciales. Resulta que Pablo se ve obligado a obligada a defenderse por una serie de calumniadores que le iban como siguiendo los pasos. Y por eso la carta tiene sus momentos, incluso como de impaciencia, momentos que ya aparecerán en los próximos, en los próximos días y en las próximas lecturas.

De esta misma carta, Pablo iba predicando y después de que él se iba y llegaban otros predicadores con otro mensaje, casi siempre un mensaje de tipo judaizante, ellos se presentaban como apóstoles, también. Pablo en parte ironiza de ellos, llamándolos los superapóstoles y estos superapóstoles llevaban un mensaje que tomaba las mismas palabras y el mismo lenguaje de Pablo. Incluso hablaba del mismo Cristo, pero tergiversándolo todo, enredando las cosas, sobre todo oscureciendo el mensaje de la gracia para estos superapóstoles que iban como siguiendo los pasos a Pablo y metiéndose ahí donde él se metía. Para estos súper apóstoles la gracia no es gracia, no es regalo, no es don, sino que es necesario retornar a prácticas judías o es necesario atender a prácticas de purificación o de iluminación en semejantes a las que tenían los paganos. Por eso esta carta tiene también una gran actualidad. Leída así. Porque efectivamente eso es lo que sucede con una predicación como la que tiene la Nueva Era.

Es algo muy semejante. La Nueva era habla de Cristo y habla de iluminación y habla de ser espiritual y habla de no ser tan material, y tiene cosas y predicaciones y palabras que son muy semejantes a las del mensaje cristiano, pero presenta las cosas con el mismo lenguaje, diciendo otras enseñanzas. En este sentido, lo que está sucediendo en el pueblo cristiano se asemeja a lo que le estaba pasando a la comunidad de Corinto. Los corintios habían sido evangelizados por Pablo, pero una vez que Pablo se va, llegan estos otros predicadores diciendo cosas semejantes, pero revisándolo todo. Algo parecido ha sucedido y está sucediendo en nuestro tiempo.

Se ha predicado el mensaje de Cristo, pero apenas ha disminuido ese mensaje cristiano, apenas esa predicación ha bajado un poco la guardia. Entonces llega una nueva predicación que habla como de las mismas cosas. Habla de meditación del cielo, de la luz, de ser espiritual, pero de tal modo que la gracia no es gracia, el lenguaje de la cruz, el lenguaje de la sangre, el lenguaje del don, el lenguaje del Espíritu Santo, no la no una vacía espiritualidad, así en general, no una espiritualidad abstracta y general donde pueda caber casi cualquier actitud humana, sino la espiritualidad como nacida del Espíritu de Dios. Eso no aparece. Eso no aparece ahí.

Y por esa circunstancia, un poquito coyuntural. Pablo tiene que escribir esta carta, que tampoco es la segunda que él escribe a los corintios. Los estudiosos hacen cuenta, tal vez de unas cuatro misivas, por lo menos unas cuatro misivas que Pablo le envió a los Corintios. Y es posible que esta segunda carta, dicen los especialistas, tenga como partes de dos de esas cuatro misivas que él les envió. Esos detalles, en parte técnicos, a nosotros en este momento no nos interesan. Nos interesa, sí saber que Pablo, que ya de palabra había dado testimonio, ahora por escrito, tiene que presentarse y tiene que acreditarse como apóstol y por eso tiene que decir con el lenguaje más duro que él haya utilizado, refiriéndose a sí mismo, tiene que decir qué es ser apóstol. Como diciéndole a esos corintios: Abran los ojos, no se dejen confundir. Vean en dónde está la realidad del mensaje que nosotros predicamos y cuál es la diferencia con eso, con lo que están tratando de embolatarlo y de confundirlos a ustedes.

Por eso, realmente si uno lo piensa bien, lo que hace el apóstol Pablo en estos textos es mostrar cómo la gran necedad, la gran paradoja de la cruz, se sucede también en los que creemos en la cruz de Cristo. La gran paradoja de la Pascua de Cristo se sucede en la vida de los cristianos, y ese es el texto que hemos escuchado hoy. Dice: Aquí somos los impostores que dicen la verdad. Este texto es único en los escritos de Pablo, a través de honra y afrenta, de mala y buena fama. Somos los desconocidos conocidos de sobra. Somos los moribundos que están bien vivos, los penados nunca ajusticiados, los afligidos siempre alegres. Cada una de estas parejas que está cargada de fuerza, de ironía, tiene su carácter oratorio. Cada una de estas parejas que está diciéndole a los corintios identifiquen la vida y la predicación del apóstol porque va sellado con la cruz, la ha sellado con la Pascua. Un predicador que pretenda tener solo luz, paz, gozo, que solo pretenda presentar como ese aspecto, llamémoslo así, luminoso ese tal vez no es. Un predicador que solo tenga dolor, renuncia, muerte, ese tampoco es. El sello del predicador, el sello del apóstol es el sello de la Pascua de Cristo. El sello de la predicación cristiana es ese llevar dentro de sí muerte y vida.

Ese llevar dentro de sí una muerte asumida por la vida, llevar dentro de sí el fracaso, el rechazo, el desánimo que causan las circunstancias, las tentaciones, los problemas, pero llevar al mismo tiempo dentro de sí la fuerza, la paz, la esperanza, el gozo. Esto es lo que estamos mostrando el apóstol. Nosotros somos los pobretones que enriquecen a muchos los necesitados que todo lo poseen. Demos gracias a Dios. Una vez más, comprobamos cómo Dios de los males saca bienes. El corazón de este pobre hombre, el corazón de este Pablo se estruja, se aflige de ver lo que le están haciendo. Porque bastaba que él se retirara un poquito para que ya llegaran a confundirle su gente. El corazón del apóstol sufre terriblemente. En otro lugar dice: ¿Y quién se tambalea sin que yo quede en ascuas? Él sufría de ver lo que le pasaba a las comunidades en donde había estado predicando. Pues bien, esos sufrimientos, esas contradicciones, esa oposición que en sí misma es un mal, Dios la transforma en un gran bien. Porque de esos problemas vienen estas palabras y de estas predicaciones y de estas palabras, pues cuanto se alimentan nuestro corazón y cuánta claridad recibe para identificar cuál es el verdadero Evangelio. Porque en el fondo lo que quería el apóstol cuando ya escribe por segunda o por tercera o cuarta vez a esta comunidad, era decirles: No pierdan el rostro del Evangelio, no pierdan el perfil del mensaje de Cristo, no pierdan la gracia que le fue otorgada por el ministerio de Cristo y por nuestro ministerio de de Apóstoles.

Entonces, pues, bendigamos al Señor por estas descripciones, por estas enseñanzas, y revisemos también si nuestra vida tiene estas señales para ver si nosotros estamos predicando el Evangelio de Cristo, o si de pronto resulta que somos cómplices, quizá inconscientes de otros evangelios. Aquí está el rostro. Gente que a través de honra y afrenta, de mala y buena fama, empuña las armas de la justicia. Gente que es como dice él, desconocidos, conocidos de sobra, moribundos que están bien vivos, perdonados, nunca ajusticiados, afligidos siempre alegres. A ver si llevamos ese relieve del sello de Cristo, a ver si llevamos ese rostro del Señor en lo que somos y en lo que hacemos. Si es así, pues que la alabanza sea para Dios, porque el apostolado será fecundo. Si no es así, pues, que haya conversión en nuestra vida.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM