Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La propuesta de la ley es ser perfectos, pero no da la fuerza para serlo hundiéndote en la condenación. El Evangelio, la gracia del Espíritu te hace de nuevo, te transforma para llevarte a la meta, la santidad.

Homilía i103007a, predicada en 20230614, con 8 min. y 12 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos, la primera lectura de hoy fue tomada de la segunda carta de Pablo a los Corintios. Y algo que a mí me maravilla de las cartas de Pablo es cómo fueron cartas, documentos, mensajes escritos en una determinada coyuntura, en una determinada circunstancia, pero que trascienden esa circunstancia, que van más allá de esa coyuntura para dejarnos una enseñanza permanente.

Tú piensa más o menos en este cuadro, una persona como Pablo, que tiene que enfrentarse a dificultades, dificultades puntuales, cosas muy claras y tiene que responder a esas dificultades. Pero luego resulta que lo que él escribió con motivo de esas dificultades sigue hablando a nuevas generaciones de cristianos. O sea, han pasado 20 siglos, cosa parecida, 20 siglos desde que Pablo predicó, y en esos 20 siglos, esas realidades, esos acontecimientos de aquella época, por supuesto que ya quedaron en el pasado, pero las enseñanzas del apóstol siguen hablándonos.

Es decir, lo que nació en una circunstancia específica, sin embargo, adquiere un valor permanente. Y en ningún otro, en ninguna otra parte de la Biblia se cumple tanto lo que acabo de decir como en los escritos de San Pablo, escritos que nacieron de circunstancias específicas, pero que trascienden esas circunstancias que van más allá de esas circunstancias para dejarnos una enseñanza permanente. Por ejemplo, uno de los sufrimientos que tuvo Pablo, del cual tenemos bastante noticia por los Hechos de los Apóstoles, por la carta a los Gálatas, por la Carta a los Romanos, y también en esta segunda carta a los Corintios.

Es que había una cantidad de gente que exaltaba el papel de la ley y la grandeza de la ley de Moisés, hasta el punto de crearle confusión a la gente. ¿En qué sentido? En que le decían a la gente: Mira, muy bien todo lo de Cristo, pero si tú quieres salvarte, te toca cumplir con la ley de Moisés. Tú tienes que cumplir con la ley, tienes que hacer lo que dice la ley de Moisés. Y la gente se confundía y entonces aparecía como una especie de ambigüedad, es decir, somos salvos por Cristo o Cristo simplemente lo que vino a hacer es como a confirmar lo que decía la ley de Moisés.

Esta confusión entre el régimen de la ley y la predicación nueva del Evangelio, esta confusión se detecta en varias comunidades. Por eso te digo, aparece con bastante claridad y es el motivo principal de la Carta a los Gálatas. Es también un tema que aparece con cierto volumen en la Carta a los Romanos. Es algo que se alcanza a detectar en los Hechos de los Apóstoles. Y aquí, en la segunda Carta a los Corintios, Pablo tiene que hablar de ese tema y tiene que decirle a la gente: Oigan, por favor, ¿en qué consiste realmente la salvación?

Y utiliza palabras muy duras, muy duras, por ejemplo, en el texto de hoy Pablo llega a decir que la ley de Moisés, no por sí misma, sino por las consecuencias que trajo, la ley de Moisés es un ministerio de condenación. Óigame eso, un ministerio de condenación. Y mientras tanto, la predicación del Evangelio es un ministerio, un servicio de salvación. Y el mismo Pablo dice: Dios nos ha capacitado para este servicio de salvación, para este ministerio de salvación. Bueno, que en el Evangelio hay salvación yo creo que ninguno de nosotros lo duda.

Pero es que es muy impactante lo que dice Pablo, que la ley de Moisés termina siendo un ministerio de condenación. Y yo quiero que entendamos eso, no por entrar de pelea con la ley de Moisés, ni mucho menos por despreciar a nuestros hermanos judíos, sino sobre todo para comprender la grandeza de lo que nosotros hemos recibido con el Evangelio. ¿Sabes lo que hemos recibido con el Evangelio? Mira la ley, la ley maravillosa en todo lo que plantea, es decir, la línea de conducta que muestra la ley de Moisés es perfecta.

Lo que dice el Salmo: «La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma. El precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante». Eso está perfectamente dicho. Pero ¿qué le faltaba la ley y por qué se convierte en ministerio de condenación? Porque el que muestra a dónde hay que ir, pero no te da la fuerza para que puedas ir, en el fondo, te hunde en el fracaso. Esa es la situación con la ley de Moisés, exactamente esa. Es decir, la ley de Moisés te muestra todo lo que habría que hacer, todo lo que hay que hacer. Pero la ley de Moisés no te da la fuerza interior, no te cambia el corazón.

Y el corazón corrompido por deseos de pecado, el corazón oprimido por las cadenas que le atan, cadenas de concupiscencia, cadenas de idolatría, cadenas que el mismo corazón no puede quitarse, únicamente puede gemir bajo esas cadenas y únicamente puede experimentar su propia derrota y su frustración. Por eso, viene el mensaje del Evangelio, y el mensaje del Evangelio es una sobreabundancia de amor que no cambia la meta que proponía la ley de Moisés, no la cambia, la meta sigue siendo la misma.

La meta sigue siendo la santidad, la meta sigue siendo amar a Dios sobre todas las cosas, la meta sigue siendo la misma. Pero ahora el Evangelio te muestra una sobreabundancia de amor en la cruz, y luego, la oración eficaz de Cristo en la gloria del cielo, que era lo que recordábamos en el misterio de la Ascensión, la gloria infinita de Cristo a la diestra del Padre trae sobre nosotros un diluvio, un diluvio de salvación, que es la efusión del Espíritu Santo. Y esa efusión del Espíritu, haciendo su obra en nosotros, nos transforma, nos hace criaturas nuevas. Y por eso, en el Evangelio hay salvación.

Resumiendo, lo que proponía la ley era perfecto y es perfecto, pero la fuerza no te la da la ley. Y mostrarte lo perfecto sin darte la fuerza, en el fondo solo te deja hundido en la frustración, en la incoherencia y, por lo tanto, en la condenación. El régimen nuevo, el régimen de la gracia, el régimen del Espíritu, el régimen del Evangelio de Jesucristo si lo aceptamos, si lo vivimos, si lo acogemos con todo nuestro ser, no solamente nos lleva a esa meta que mostraba la ley de Moisés, sino que nos da la fuerza interior, nos cambia, nos hace distintos, ese es el triunfo de Dios en nuestra vida. A Él sea la gloria por siempre. Amén.

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