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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La ley de Moisés da el conocer pero no da el querer; el Espíritu no solo da el conocer lo que le agrada a Dios sino que también nos infunde con su amor el querer.
Homilía i103006a, predicada en 20210609, con 5 min. y 44 seg. 
Transcripción:
Hay dos ideas muy importantes en la primera lectura de hoy, tomada de la segunda Carta de San Pablo a los Corintios, en el capítulo tercero. Lo primero que me llama tanto la atención es esa frase que dice Pablo: «Por nosotros mismos no podemos, nuestra capacidad viene de Dios». La segunda idea para destacar es la diferencia entre el régimen de la ley de Moisés y la nueva situación en que nos encontramos por la gracia del Espíritu Santo. Una gracia que Santo Tomás de Aquino llamaba la ley nueva del Espíritu.
Vamos entonces con el primer pensamiento: Nuestra capacidad viene de Dios. ¿A qué se refiere esa frase? Tiene tantas aplicaciones. Nos damos cuenta de que es, en primer lugar, una invitación a la humildad, incluso a la modestia. Si algún bien logramos hacer, tenemos que agradecerle a Dios que nos permite hacer ese bien. Una comparación que aprendí de una amiga enfermera me gusta mucho, decía ella: Así como es un privilegio colaborar, trabajar con tal doctor, que es toda una eminencia, así somos nosotros con Cristo.
Que Cristo que es el grande, el que sabe, el que puede, el que conoce, que Cristo nos llame a su servicio, que Cristo quiera contar con nosotros. O sea, imagínate lo que es eso, Cristo quiere contar conmigo. Esto produce humildad, esto produce agradecimiento, esto produce alabanza. Hay un refrán que dice: Cuando tengas la oportunidad de dar algo, alégrate, porque estás en la posición del que da, a otro le tocó estar en la estar en la posición del que recibe. Y también San Pablo dice en el libro de los Hechos de los Apóstoles: «Hay más alegría en dar que en recibir».
Es un privilegio, es un privilegio poder dar, es un privilegio gastarse por Cristo, pero solo podremos hacerlo si Él nos guía, si es Él el que nos muestra cómo. Esta enseñanza es fundamental porque no solo nos conduce por la humildad, sino que es la manera de dejarle libres las manos a Dios, lo que Dios quiere hacer es mejor que lo que yo puedo pensar. Como dice un motete, tú tienes algo bueno para mí, algo grande, algo bello, algo santo. Tú tienes algo bueno para mí. Lo que Dios piensa es mejor que lo que yo pienso. Y por eso es tan bello dejarle las manos libres a Dios, que nuestro ego no achique por favor el plan de Dios.
En segundo lugar, está la comparación que hace Pablo entre la ley de Moisés, que estaba escrita en tablas de piedra, parece muy sólido, pero está afuera. Y la ley nueva, la gracia nueva del Espíritu que obra en nuestros corazones. Bueno, de hecho, ya Dios lo había avisado a través del profeta Ezequiel: «Os daré un corazón nuevo, os infundiré un espíritu nuevo». Así, bien breve, bien, bien breve. ¿Cuál es la gran diferencia entre la ley de Moisés y la ley del Espíritu? Que la ley de Moisés da el conocer, pero no da el querer.
En la ley de Moisés, todo el querer le toca al corazón humano. Un corazón que arrastra las consecuencias del pecado original, un corazón que arrastra su propia fragilidad y también las tenazas de los antiguos pecados personales que, de alguna manera, nos retienen, nos hacen retroceder. En cambio, el Espíritu no solo da el conocer lo que le agrada a Dios, sino que también nos infunde a través de su amor el querer.
La gran transformación del Espíritu, y esto conecta con la primera parte de nuestra enseñanza hoy, el gran regalo del Espíritu, ese gran regalo ¿en qué está? En que me da el querer, me da el querer. Es amor que me transforma, no imponiéndose sobre mi voluntad, sino enamorando mi voluntad, fundiéndola con la voluntad divina en acuerdo perfecto que hace que mi querer cambie. Ese es el don del Espíritu y esa es la enseñanza que Pablo quería para los corintios y que quiere para nosotros.

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