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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La ley de Moisés nos muestra que somos pecadores, pero no arregla nada; la nueva ley es la del Espíritu Santo que nos trae curación, restauración, vida nueva.
Homilía i103004a, predicada en 20170614, con 4 min. y 33 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del capítulo tercero de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios. En este pasaje, el apóstol Pablo hace una comparación entre dos situaciones distintas, dos regímenes. El régimen de la ley, que es el propio de Moisés, y el régimen de la nueva ley, el régimen del don del Espíritu Santo, que es el propio de la predicación cristiana. Pablo quiere que tengamos muy claro qué ha cambiado entre el tiempo de Moisés y nuestro propio tiempo, qué ha cambiado entre la ley que fue escrita en tablas de piedra y la nueva ley que, como Dios había anunciado por el profeta Ezequiel, queda escrita en nuestros corazones.
La manera como se expresa Pablo puede resultar un poco difícil, porque evidentemente él tiene toda una formación en el judaísmo, por ejemplo, utiliza, por supuesto, con completa propiedad la palabra gloria, la gloria de Dios. Y básicamente lo que nos dice es que la gloria de Dios se manifestaba de un modo en el tiempo de Moisés, y se manifiesta de otro modo con el don del Espíritu Santo. La palabra que caracteriza la manifestación de la gloria en tiempo de Moisés, es la condena del pecado y la manera como se caracteriza la manifestación de la gloria divina en la nueva situación, es la manifestación de la gracia, del perdón, de la salvación.
Para profundizar un poco en este bello tema, necesitamos entender por qué hay manifestación de la gloria divina en la condena del pecado. He encontrado una comparación que me parece muy apropiada y que ahora la comparto con ustedes. Podemos decir que la condena del pecado es algo como lo que sucede cuando vas al médico y por fin se sabe cuál es tu diagnóstico. Es decir, por fin está claro qué es lo que te está haciendo daño. Ese diagnóstico ya es un primer descanso, ya es un triunfo de la ciencia médica, ya es una ruta para posible curación, ya es un encuentro con la verdad.
Todo eso ya lo tenía la ley de Moisés, todo eso es lo que nos aporta la ley de Moisés. La ley de Moisés, en efecto, nos presenta la realidad del pecado, que es la enfermedad espiritual de la que todos estamos afectados. Y el conocimiento de esta enfermedad es el comienzo del camino, es el triunfo de la verdad, porque mientras no aparezca con claridad la realidad del pecado y de que somos pecadores, mientras eso no esté claro, con mucha facilidad nos puede suceder a nosotros lo que denunciaba el profeta Isaías, es decir, que llamamos bien al mal y mal al bien.
De hecho, eso está pasando en nuestra época. Por eso, hay tantas marchas del orgullo presentando como si fuera una cosa buena, como si fuera una cosa de qué estar orgulloso, lo que contradice el orden natural, el orden querido por Dios. Entonces, eso quiere decir que el reconocimiento del pecado y de nuestra condición de pecadores es un primer paso. Pero eso finalmente, solo es condena en el sentido de que eso lo único que muestra es que sí existe un problema y que el nombre de ese problema es pecado, pero no arregla nada.
Entonces, ¿dónde viene la novedad? La novedad es la curación, la novedad es la restauración, la novedad es la vida nueva. Y eso precisamente, es lo que trae el nuevo régimen, eso es lo que trae el poder del Espíritu. Y eso es lo que Pablo quiere que todos tengamos muy, pero muy claro.

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