Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Evangelio, un nuevo paraíso.

Homilía i102002a, predicada en 19990608, con 6 min. y 57 seg.

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Transcripción:

Esto que el Evangelio de Jesucristo no cabe completo en ningún concepto, en ningún sentimiento, en ninguna palabra, en ninguna teoría, como no cabe en ninguna de estas cosas. Cristo continuamente utilizaba comparaciones. Cada comparación nos ayuda a acercarnos a un aspecto del misterio del Reino de Dios. Así, el evangelio y el orden de la redención se parecen a la naturaleza y al orden de la creación. En efecto, Dios, en su belleza, no cabe en ninguna criatura. Y nos dice Santo Tomás de Aquino: Quiso Dios hacer muchas criaturas, porque como no cabe en ninguna, cada una algo cuenta y canta de la bondad y de la belleza de Dios. Eso mismo pasa con las parábolas de Cristo.

Las parábolas de Cristo son al Evangelio como las flores, las nubes, los animalitos son a la creación, a la obra creadora de Dios. Cada parábola es como una flor que algunos dicen de qué es el Evangelio. Así como cada flor, cada atardecer, cada sonrisa en un niño, algo nos dice de cómo es Dios Creador. Esta comparación entre el orden de la creación y el orden de la redención es muy provechosa. Uno no puede vivir solo con caritas de niños felices. Se necesita también el murmullo del arroyo. Se necesita la solemnidad de una aurora boreal. Se necesita la inmensidad del cosmos y la pequeñez de una hormiga. Así también las parábolas, aprovechando cada una en su vitamina, en su fruto. Nos van describiendo las maravillas del Reino, lo que puede sentir uno cuando se pasea por un jardín para descubrir a Dios Creador. Eso es lo que sentimos nosotros los cristianos cuando nos paseamos por el Evangelio y descubrimos a Dios Redentor. Pero hay una cosa tan bella en esto.

Hay una cosa tan hermosa, mis hermanos. Ese jardín primero en el que estaba como patente Dios Creador, se acabó. Ese era el Jardín de Edén. Y ese jardín fuimos expulsados. Fuimos sacados no por la rabia de Dios, sino por la misericordia de Dios, que veía que ya ese jardín no era el lugar de salvación para nosotros, sino un lugar de idolatría. Después de que el corazón se ha desprendido de Dios, cualquier cosa que agarres un ídolo, ese jardín de la creación se acabó. Y por eso, aunque la naturaleza sea tan hermosa, es ambigua porque el jardín se acabó. Y así los placeres y la amenidad de los paisajes y la belleza de los rostros y la dulzura de las sonrisas y la ternura de las palabras, puedes decir y puede perder el corazón. Cuántas veces pasa. En cambio, este nuevo jardín que Dios da. El jardín de las parábolas y el jardín nuevo, el jardín que me engaña, el jardín de las comparaciones que Cristo nos da es el jardín. Es el jardín apropiado para que el cristiano esté provisto de defensa. Uno puede pasearse por las cosas bellas de esta tierra impunemente. Ah el corazón tiene demasiado pegante y las cosas tienen demasiado pegante. Y uno va pasando por las cosas bellas y por las personas bellas, y por las palabras bellas, y por los placeres, placeres, placeres. Y el corazón se va pegando, como decía, como decía un sabio predicador, es que está la carne, que cuanto más da, más fuerzas toma para pedir más.

De manera que este mundo, con su amenidad y sus placeres, es ambiguo, y por eso el cristiano tiene que caminar por este mundo con cierto tacto y discernimiento, porque si no, fácilmente puede ser engañado. En cambio, por el jardín del Evangelio no hay que tener esos temores, por el jardín del Evangelio, por las comparaciones de Cristo, por las flores que nos da el Señor, por estas palabras. Ahí sí puede tener uno todas sus delicias. Por aquí sí podemos caminar por esta palabra, así nos podemos mover. Aquí sí podemos celebrar, este es nuestro nuevo paraíso, esta palabra preciosa. En ella no hay engaño alguno. En ella, cada comparación, cada palabra que nos da Jesucristo es como el reemplazo, pero un reemplazo mejorado de ese paraíso que Dios Padre hizo al principio. Dios el Padre hizo ese paraíso maravilloso. Pero había árboles de los que no se podía comer el árbol de la ciencia del bien y del mal, que representa la prohibición de que el hombre decida por sí mismo de espaldas a Dios, lo que es su bien y lo que es su mal. De ese árbol no se puede comer. En cambio, en medio de este paraíso se levanta un nuevo árbol, el árbol de la cruz.

Y al contrario del paraíso primero en el que no se podía comer. Aquí Dios Padre lo que nos dice es coman de ese sí, coman. Además, en el paraíso había dos árboles que eran prohibidos el árbol de la ciencia del bien y del mal y el árbol de la vida. Esos dos árboles se juntaron ahora en este nuevo paraíso que es el Evangelio. Se juntaron en uno solo en el árbol de la Cruz, y aquí encontramos en la cruz cuál es nuestro bien y cuál es nuestro mal. Ahí sí que lo aprendemos. Ahí está patente toda la lección, toda la enseñanza, toda la cátedra sobre cuál es el mal y cuánto es su poder y cuál es el bien y cuál es su victoria. Eso sí está claro ahí y al mismo tiempo, en ese árbol está la fuente de la vida, no solo una vida santa en esta tierra, sino una vida en la eternidad, una vida junto a Él.

Agradezcamos con todo el amor de nuestro corazón. Agradezcamos a Jesucristo haber hecho para nosotros un paraíso que ya no engaña, donde ya no hay caída, donde se puede comer, donde se puede alimentar, donde se puede pasear. Y aquí Cristo trazó las avenidas de este maravilloso jardín. Pues por ese recorrámoslo. Recorrámoslo con gusto. Hoy nos habla de la sal y de la luz. Escuchemos su palabra. Dejemos que nuestro corazón se cautive por los acentos y el tono y el aliento de Jesucristo. Escuchemos esa palabra. Démonos y avanzando por estas avenidas del Nuevo Paraíso, alabemos a nuestro Padre en esta tierra mientras le contemplamos en el cielo. Amén.

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