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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

"Sal de la tierra y luz del mundo".

Homilía i102001a, predicada en 19970610, con 6 min. y 22 seg.

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Transcripción:

Sal de la tierra y luz del mundo llama a Jesucristo a estos sus discípulos. Y se dan varias explicaciones de por qué esa comparación. La sal porque da el sabor, la sal porque impide que se corrompa el alimento allí donde no se conocen, como no se conocían en tiempo de Cristo. Los métodos de la refrigeración y la congelación. Luz del mundo, porque muestra el camino, porque te denuncia las tinieblas. Estas palabras las dice el Señor como sabemos después del texto, después de haber proclamado las bienaventuranzas.

Por lo menos en la redacción actual del Evangelio, después de esa proclamación de quiénes son los felices. Se les dice que con esa felicidad, con ese modo de vida, son la sal de la tierra y son la luz del mundo. Dirán los exégetas que se trata de la última redacción del Evangelio o algo parecido. Pero dirá también la Iglesia que en ese camino redaccional estuvo presente el Espíritu Santo. Y por eso podemos decir que es el mismo Espíritu el que ha querido que los textos finalmente lleguen a nosotros como están y en el orden en el que están. Para darle entonces sabor a la tierra, se necesita estar un poco en contravía de la felicidad de este mundo y para dar la luz al mundo se necesita ir un poco en contravía, pero solo un poco de lo que se esperaría o de lo que el mundo espera de sus seguidores, de sus adeptos. El cristiano mezclado con el mundo, como la sal con el alimento.

En cierto modo desaparece, pero también conserva su identidad. Es lo mismo que nos dirá en el Evangelio de Juan y que se aplique especialmente al religioso. Nosotros estamos en el mundo, pero no somos del mundo. No podemos esperar que el mundo nos dé nuestro sabor, ni podemos esperar que aquellos a los que queremos iluminar nos den luz. Luis Bertrán predicando en alguna ocasión un texto semejante referido a Juan Bautista, le decía a sus oyentes a un grupo de frailes: Del desierto habéis de salir para ser predicadores. El cristiano no toma su sal del mundo al que tiene que jalar, ni toma su luz del mundo al que tiene que iluminar. Los toma de esa extraña bienaventuranza que Cristo inauguró con su modo de vida, pero sobre todo con su género de muerte y con su gloriosa Pascua.

Entonces, así somos nosotros gente que está en el mundo, que participa el destino del mundo, pero gente que es distinta de ese mundo de alguna forma y sobre todo gente que le da su sabor, su color y su luz al mundo. No de lo que ofrece el mismo mundo, sino de Cristo Jesús, sino de su Señor. De este modo, el discípulo se mantiene como en una continua relación, en una continua dependencia, me atrevo a decir, con Jesucristo. Nosotros somos dependientes de Cristo. Dependemos de Él para no perder nuestro sabor. Dependemos de él para seguir siendo luz. ¿Y en qué consiste la novedad de Cristo? Pues es sobre todo la novedad de su amor, la novedad del Espíritu que comunica a Cristo. Si uno mira bien milagros como los que hizo Cristo, que se encuentran en el Antiguo Testamento, hasta eso tan maravilloso que es la resurrección de un muerto. Y si uno mira bien las palabras inspiradas de Cristo, algún parentesco tienen con las palabras de otros predicadores o maestros. La sal de Cristo no está exactamente ahí si no está en su Pascua y concretamente en la donación de un amor irreversible, inesperado, gratuito, maravilloso.

Venga a nosotros ese don del Espíritu Santo, ese amor inexpresable, ese amor invencible. No esperemos ese amor de las personas a las que queremos servir. El predicador no puede ser un negociante que negocia sus afectos con los de aquel que le escucha o sus intereses con los de aquel que le escucha. Por lo menos en el ejercicio de su predicación, el predicador necesita regalar, como él mismo ha recibido gratis. Y cuando Cristo nos dice que demos gratis lo que hemos recibido gratis, no es solamente que no cobremos, que no hagamos lo que se llama simonía, sino que demos gratis es también que no negociemos ni con afectos, ni con tiempo, ni con intereses, sino que por lo menos en ese acto de la predicación seamos tan gratuitos con nuestros hermanos como Dios lo fue con nosotros. Que el sabor, el estilo del Espíritu Santo, que la gracia y su luz nos acompañen para ser así, Sal de la tierra y luz del mundo.

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