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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Así como el corazón humano necesita ser corregido y educado también necesita el consuelo de Dios porque Él sabe que estamos en batalla a muerte y lo que nos cuesta.
Homilía i101007a, predicada en 20210607, con 4 min. y 59 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada de la segunda carta del apóstol San Pablo a los Corintios. De hecho, son los primeros versículos de esta carta, y aparece aquí una palabra de la cual se predica muy poco. Es verdad que muchas veces, para defender o para enseñar nuestra fe católica necesitamos señalar errores y necesitamos también hacer denuncias. Eso es verdad. Pero, eso no es lo único que necesita el corazón humano. El corazón, así como necesita ser corregido, ser educado, también necesita ese verbo que aparece varias veces en la primera lectura de hoy el consuelo de Dios, el consuelo de Dios. Es decir, necesitamos ser consolados. Aprendamos un poco sobre este don precioso que Dios concede particularmente a sus siervos, sobre todo a aquellos que están en el campo de batalla. No se nos puede olvidar que ser cristiano implica forzosamente lo que Cristo dijo a sus apóstoles en aquella conversación después de la última Cena, entre tantas cosas tan claras que les dijo Cristo está: en el mundo, tendréis luchas. Y ahora pregunto yo, ¿es cosa de extrañarse que si en el mundo tendremos luchas, en el mundo tendremos heridas también? Heridas por los ataques, por las persecuciones, por las descalificaciones. Heridas también por nuestras incoherencias, por nuestra fragilidad, por nuestra debilidad, por nuestros errores. No se puede imaginar un soldado que vuelve del campo de batalla con su uniforme perfectamente limpio y su piel completamente sana y su cabello perfectamente organizado. Es de suponer que por el ataque enemigo o por la propia debilidad, el soldado tendrá manchas y mugre en su ropa y tendrá barro y heridas en su piel. Dios sabe eso. Dios sabe que cuesta trabajo. Dios sabe que es difícil. Dios sabe que tú posiblemente estás en una batalla dura, en una batalla fuerte, y Dios sabe que tú tienes heridas y desengaños y decepciones, y no solo decepciones con el mundo, también probablemente tienes decepciones con amigos, con la familia, contigo mismo, con la iglesia. Por eso necesitamos del consuelo de Dios. ¿Y en qué consiste este consuelo? Ante todo, debo decir: No es un consuelo mentiroso. No es un consuelo mentiroso al estilo de aquí No ha pasado nada. No es un consuelo mentiroso como esas palmaditas en la espalda que a veces salen en las películas y siempre hay alguien que dice: Todo va a estar bien. No es un consuelo barato ni mentiroso. El consuelo de Dios está siempre vinculado a la verdad de su amor, que lo conoce todo, que permanece firme. Que tiene asegurada la victoria. Y que no se aparta de nosotros. Y ese amor que me conoce, y no me rechaza, que no me desecha. Ese amor que es poderoso. Ese amor que tiene asegurada la victoria. Y ese amor que está dentro de mí. Ese es el amor al que yo puedo acudir. Y ese es el amor que acude en auxilio mío. Ese es el amor que me consuela. Y la gran bendición del consuelo de Dios. Es que es verdad, es que no es fantasía. Es verdad que Él sabe quién soy yo. Es verdad que él sabe cuánto necesito. Es verdad que él sabe lo cansado que estoy. Y es verdad que así reafirma su alianza conmigo. Bendito, Bendito sea el consuelo de Dios. Amén.

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