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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
En el sermón de la montaña Jesús nos dona el corazón de las bienaventuranzas, y en ellas muestra quién está dispuesto a acoger la alegría nueva del Evangelio.
Homilía i101004a, predicada en 20150608, con 4 min. y 53 seg. 
Transcripción:
El Evangelio del día de hoy está tomado de San Mateo en el capítulo quinto. Estamos abriendo la semana décima del tiempo ordinario. Y si en las nueve primeras semanas nos había acompañado San Marcos, a partir de hoy encontramos a San Mateo. Esto es propio de las lecturas del tiempo ordinario. En el tiempo ordinario tenemos primero a Marcos, luego a Mateo, en aquellos pasajes que son propios de él. Y luego tenemos a San Lucas. Cada año, durante el tiempo ordinario, estos tres evangelistas nos van guiando en los días de entre semana para que contemplemos los misterios de Cristo. Ya hemos dicho en otra ocasión: El tiempo ordinario es el tiempo que lleva un orden ordinario. Viene de ordo en latín, que quiere decir orden, y el orden que llevamos es ese primero, una lectura continua, casi completa del evangelio de Marcos, menos los textos de la pasión que se reservan para Semana Santa. Luego San Mateo en lo que tiene de más propio también una lectura continua. Y finalmente el evangelista San Lucas. De ese modo, si una persona asiste con atención a la Santa Misa en los días de entre semana, tiene una oportunidad magnífica de dejarse llevar por estos maestros de la fe y por conocer realmente el misterio de amor de nuestro Señor Jesucristo. Empezamos, pues, hoy con San Mateo y el primer texto, muy propio de Mateo que reflexionamos, es el Sermón de la Montaña. Mateo ha recopilado en tres capítulos de su Evangelio, los capítulos cinco, seis y siete. Ha recopilado numerosas enseñanzas de Cristo. A esta colección de predicaciones de Cristo se le llama Sermón de la Montaña, porque precisamente como hemos oído hoy, Jesús reúne a sus discípulos en una montaña. Acto parecido a lo que hizo Moisés cuando reunió al pueblo de Israel junto al monte Sinaí. Y así como Moisés en el Sinaí, presentó al pueblo la ley de Dios, así también Jesús, como un nuevo Moisés, presenta a este nuevo pueblo de Dios, heredero y descendiente espiritual de Israel, le presenta el querer de Dios. Observemos que las palabras de Cristo son buena noticia, es decir, Él está anunciando alegría, está anunciando una buena nueva, pero no todos lo van a entender así. Lo mismo que Moisés junto al Sinaí, predica en primer lugar a los israelitas, aunque un día esa palabra habrá de llegar a muchos otros pueblos. Así también Jesús aquí está predicando en primer lugar ¿A quiénes? ¿Quiénes son esos primeros destinatarios? ¿Quiénes son los primeros que pueden llegar a entender el mensaje del Evangelio? No es obvio el Evangelio. El Evangelio va a pedirnos una cantidad de cosas y también va a ofrecernos tesoros del cielo. Pero eso que nos va a pedir el Evangelio no resulta comprensible fácilmente si estamos atrapados en el encanto de las cosas de este mundo, si nos sentimos seguros de nosotros mismos, seguros de nuestra riqueza, seguros en el poder de la violencia, seguros en la explotación de los más pequeños. Si estamos seguros en nosotros, no vamos a sentirnos de verdad seguros de Dios. Por eso las bienaventuranzas van en primer lugar para aquellos que no ponen su seguridad en sí mismos, para aquellos que han descubierto que solo en Dios empieza un universo nuevo. Solo en él se renuevan todas las cosas. ¿Y quiénes son esos? Esos son los que nos describe Cristo en las Bienaventuranzas. Esos son los pobres. Esos son los que lloran. Esos son los que tienen hambre y sed de justicia. Esos son los mansos. Por eso le vamos a pedir al Señor, le vamos a clamar al Señor que nos dé este corazón de las Bienaventuranzas para poder recibir el bien que Cristo nos ha ofrecido como verdadero y definitivo Moisés.

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