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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La unción del Espíritu nos ayuda a mirar cada cosa que nos sucede como el ritmo que Dios le va dando a nuestra vida.
Homilía i101001a, predicada en 19970609, con 6 min. y 0 seg. 
Transcripción:
Las que escuchamos aparecen conceptos opuestos. Por ejemplo tribulación y consolación. O por ejemplo, llorar y ser consolado, tener hambre y ser saciado. Buscar la paz y ser llamado Hijo de Dios. No se puede apreciar el alimento sin hambre, pero la sola hambre no es un bien. Lo que es un bien es el tener hambre y recibir alimento. A nadie le sabe tan delicioso el alimento como aquel que lo necesitaba para realizarnos completamente como personas, para realizarnos perfectamente como cristianos, necesitamos así. Necesitamos que la noche nos haga extrañar el día y que luego la fatiga del día nos haga extrañar el descanso de la noche. Puede decirse que la vida cristiana es una vida que requiere ritmo, como el corazón humano. El corazón no está solamente apretado o estrujado, así no bombearía, pero tampoco está distendido. Así tampoco bombearía. La sangre se mueve porque el corazón se estrecha y se ensancha. Y si me quisiera mandarle al corazón de uno. Quédate solo, estrecho. Eso se llama un infarto. Y si uno quisiera decirle al corazón quédate solo, distendido ese es otro infarto. Para que la vida no tenga infarto. Para que la vida tenga ritmo. Para que la vida camine y para que camine según Dios es necesario que palpite. Lo que sucede es que uno a veces quiere ensartar la vida porque uno quisiera, por ejemplo, que el corazón estuviera solo, distendido. Pero resulta que si todo fuera así, consolación, entonces faltaría ese impulso que hace caminar la sangre. Claro que si todo fuera preocupación, faltaría ese descanso que nos permite tomar respiro para avanzar. Hoy las lecturas nos invitan a pensar en una vida con ritmo, pero lo importante es que ese ritmo se lo da la vida misma porque uno quisiera. Está bien hacer penitencia, pero uno quisiera hacerla como a la manera de uno. Uno se da cuenta de que es necesario pasar trabajos, pero los trabajos dinámicos son los que no cuestan, que no cuestan tanto dolor. Entonces defiende aquella una invitación a estar sintonizados con el ritmo de Dios después del pecado del corazón humano, no a la velocidad que necesita una ayuda. Cuando el corazón, el órgano del corazón necesita ayuda, le ponen un aparatito que llaman marcapasos, que ayuda a controlar precisamente que no se acelere, pero que tampoco se detenga. Puede decirse que el cristiano es un ser humano con marcapasos, que tiene esa ayuda de la gracia y que tiene ese paso del Espíritu para acompasar su corazón al ritmo de Dios. No soy yo el que le tengo que poner el ritmo a Dios, sino es Dios. En la unción de su Espíritu el que le da el ritmo a mi vida. Un cristiano es un ser muy hermoso. Es un ser muy sabio, es un ser indestructible, es un ser victorioso. Porque cuando llega la tribulación, él no siente que lo están aplastando, sino que ha llegado el momento de bombear la sangre. Y cuando llega el descanso, él me siento que ahora llegó el tiempo de mi imperio, sino siento que es el reposo que me da Dios. Pidámosle al Señor la sabiduría para recibir la vida exactamente así. De manera que las adversidades nos hagan avanzar y las prosperidades nos hagan bendecir. De modo que los descansos nos permitan cantar y las tribulaciones nos hagan orar. De modo que el día nos permita trabajar y la noche nos permita descansar. De modo, en fin, que todo lo que sucede nosotros lo recibamos de las manos de Dios. Como ese gran marcapasos que con la acción del Espíritu le da el ritmo a nuestra vida. Propósito: De hoy en adelante voy a mirar las adversidades o prosperidades, los fracasos o los éxitos, ya no como mis frustraciones o mis grandes triunfos, sino voy a tratar de mirar con la unción del Espíritu cada cosa que me pasa, como el ritmo que Dios le va dando a mi vida para que no se detenga, para que no se detenga, para que avance, para que yo siga siendo ese peregrino que va por el camino que Él me marca hasta llegar a la casa del Padre, allá en ese abrazo final, en esa visión definitiva. Allí nos encontraremos con aquel que le dio el ritmo a nuestra vida y que nos sienta a su mesa para alimentarnos y para lograrse con nosotros.

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