Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Qué podemos aprender, por contraejemplo, del tenor de vida y de lenguaje de los saduceos.

Homilía i093005a, predicada en 20130605, con 31 min. y 35 seg.

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Transcripción:

Nos damos cuenta de que en las lecturas de esta semana están apareciendo diversas confrontaciones entre Jesús y sus oponentes, sus adversarios, nos encontramos a la altura del capítulo 12 del Evangelio según San Marcos. Para que nos hagamos una idea, en el capítulo 14 de este mismo Evangelio empieza el relato de la Pasión, o sea que proporcionalmente estamos llegando al final del ministerio público de Cristo, como aparece en este segundo Evangelio.

Sabemos bien que en las lecturas de entre semana la Iglesia lleva un orden. Primero se toma a Marcos, luego se toma a Mateo, y luego se toma a Lucas. Los pasajes que leeremos de San Mateo son aquellos que tiene como propios, es decir, que no han aparecido ya en Marcos. Y luego lo leeremos de San Lucas es lo propio de Lucas, que no ha aparecido ni en Marcos ni en Mateo. Así que estamos llegando al final del ministerio público de Cristo. Obviamente, las lecturas correspondientes a la Pasión no las tenemos durante el Tiempo Ordinario, se reservan para la Semana Santa.

Así que, de hecho, estamos culminando esta semana nuestra lectura casi continua del Evangelio de Marcos, del ministerio público de Cristo en el Evangelio de Marcos, ese es el contexto de estas lecturas. Por eso, aparece Cristo o ha aparecido Cristo en esta semana en sus discusiones con los fariseos, con los ancianos, con los escribas y hoy con los saduceos. Todos estos eran grupos de personas que tenían influencia, que tenían poder en aquella época. ¿Por qué se llamaban saduceos, los saduceos? Porque según ellos, eran descendientes de un sacerdote llamado Sadoc.

Sadoc fue sacerdote en tiempos del rey David, y sabemos que este rey pasó por diversas peripecias, a veces con gran popularidad y a veces con gran oposición, incluso por parte del rey Saúl. Antes de lograr el trono, David tuvo que pasar prácticamente por guerrillero, por forajido, estuvo oculto, luego tuvo que luchar, luego tuvo que esconderse. Pero en medio de todo ese recorrido, hubo unos cuantos que fueron siempre fieles a él, como el general Joab y como el sacerdote Sadoc, porque los sacerdotes en tiempo de David, la casta sacerdotal, estaba dividida.

Algunos, muy pocos, permanecieron fieles a David, y entre ellos destaca Sadoc, mientras que otros estaban indecisos y tomaban cierta distancia. Así que el sacerdote Sadoc es la imagen del amigo fiel y, sobre todo, esa imagen de aquel que siempre tuvo como esa luz de Dios para permanecer junto a David, para ver en David al verdadero ungido, esta es como una nota de honor, de gloria para ese hombre, para Sadoc.

Y, según afirmaban los saduceos, ellos eran los descendientes de Sadoc. Pero ahí se ve que los pergaminos, ahí se ve que el abolengo no es suficiente para garantizar la fidelidad a Dios. Porque una cosa era Sadoc y otra cosa fueron los descendientes de Sadoc, los saduceos, si es que de veras eran descendientes de Sadoc, porque eso tampoco está completamente demostrado. Los títulos, las genealogías, los abolengos, las procedencias no son suficientes. La fidelidad a Dios no es un asunto de genes, parece, no es asunto que se herede, es batalla que cada uno tiene que dar.

Y decir que nosotros venimos de una nación de santos o decir que venimos de una raza de creyentes no es suficiente, cada uno tiene que dar la batalla, cada uno tiene que vivir en ese campo de contiendas que es el propio corazón, tiene que vivir la resolución por Dios y por su Evangelio, por su ley y por aquello que Él nos inspira en cada momento. Así que de aquí tomamos una primera enseñanza. No basta de donde vengo, está servida la batalla y cada uno tiene que hacer lo suyo y cada uno tiene de algún modo, con la gracia de Dios primero, que conquistar la fidelidad al Evangelio.

En segundo lugar, nos damos cuenta que estos sumos sacerdotes, lejos de dar ejemplo en la piedad y en la fe, eran los más materialistas de todos. No creían en la resurrección, en eso diferían de los fariseos. Hay un episodio en los Hechos de los Apóstoles donde el apóstol Pablo va a ser juzgado frente a un funcionario romano. Y anota San Lucas que Pablo, sabiendo que una parte de sus opositores eran fariseos y otra parte eran saduceos, entonces pues utilizó la antigua técnica, divide y reinarás. Dijo el apóstol Pablo en voz alta: Pues yo soy fariseo, hijo de fariseos, y me juzgan porque creo en la resurrección.

Ese era, en efecto, un punto de división entre ellos, porque los fariseos sí creían en la resurrección y creían en los ángeles, en los espíritus, mientras que los saduceos se habían vuelto incrédulos. Cosa que también es interesante, porque a veces pasa también en nuestra Iglesia que los más incrédulos son algunos teólogos, no digo yo todos, pero los más incrédulos se vuelven algunos teólogos. Y, a toda costa, quieren explicar la fe y quieren presentarla en términos completamente naturales. Así, por ejemplo, hay un autor de bastante renombre por estos días en España, que tiene la característica el hablar de Jesucristo que nunca lo sube de profeta.

Por eso, comentaba alguno en internet que este autor que pasa por cristológo, sería las delicias de los musulmanes, porque para los musulmanes efectivamente Cristo es un profeta, uno entre muchos, mientras que el profeta es Mahoma. Pues parece que según dice este teólogo, que supuestamente es católico, Cristo sería eso, sería un profeta. Esto tiene que hacernos reflexionar, por qué en nuestra época encontramos teólogos incrédulos, incapaces de afirmar con la boca llena y con el corazón jubiloso, la divinidad de Jesucristo, por ejemplo.

¿Por qué tantos remilgos y reparos en afirmar la fe? ¿Por qué tanta necesidad de poner 28 pies de página cuando se trata de decir las cosas más elementales, las más centrales de la fe? Pues parece que sacerdotes y teólogos, en igual o parecido riesgo estamos, y creo que la explicación se la escuché muy clara al que fue mi maestro de novicios, que de Dios goce, decía él: De estar uno manipulando vasos sagrados y de estar uno llevando para una parte y para otra los objetos del culto, pues a veces puede perderles el respeto.

Y decía, en la misma tónica, que el teólogo de estar paseando por su boca para arriba y para abajo Jesús, la Biblia, el Evangelio, pues se vuelve objeto cotidiano y se pierde esa necesaria y saludable distancia, que no es distancia de lejanía, sino solamente de reverencia y de reconocimiento de la grandeza. Eso es lo que es propio del temor de Dios. Por eso, hay que pedir ese don del Espíritu Santo, ese nos sobra, ese se necesita, así como se necesitan los otros.

Así que tenemos que pedir el don del temor de Dios, tenemos que pedir al Señor que nosotros no por estar metidos en la capilla tantas horas, no por estar paseando sacristías, vayamos a perder esa conciencia de que el Dios que se hizo cercano para que lo amáramos, no se hizo cercano para que lo irrespetáramos. Y que no nos vaya a suceder a nosotros lo que le pasó, por ejemplo, a los saduceos, o lo que vemos que lamentablemente sucede en uno que otro sacerdote o teólogo que ya de estar manipulando y de estar masticando el nombre de Jesús en distintas circunstancias, pues entonces ya pierde esa conciencia de la grandeza y ya le resulta inútil.

No se nos olvide que el apóstol San Pablo, por ejemplo, tenía conciencia del peligro en el que se encontraba. Por eso decía que él practicaba penitencia y ascesis, y agrega: «No sea que, habiendo predicado a otros, quede descalificado yo mismo, o sea que se reconocía en riesgo». Y algo parecido tiene Santiago el menor, en la carta que lleva su nombre en el Nuevo Testamento. Dice Santiago: «No queráis todo ser maestros porque recibiremos juicio más estricto de nosotros». Evidentemente, ese también se reconocía en peligro.

Los saduceos entonces, son como un ejemplo de eso que puede pasarnos a todos. Y digo todos porque quienes estamos hoy aquí, yo creo que somos gente que por una razón o por otra, pues estamos continuamente en ese trato, incluso el trato que se da entre nosotros. En mi provincia, en mi comunidad, hubo costumbre, años atrás, de enseñar desde el primer momento en el noviciado, que la manera de dirigirse un religioso a otro no era simplemente ni de tú ni de usted siquiera, sino aún con más respeto, la expresión era: su reverencia.

Entonces, eso resultaba un poco cómico al principio, porque estos muchachos recién llegados, bastante jóvenes y muchas veces informales en su trato, tenían que aprender a utilizar ese lenguaje y su reverencia, y su reverencia para arriba, su reverencia para abajo. Después ya se volvió también un asunto un poco cómico y hoy no se utiliza en mi provincia, no sé cómo sea en otras partes o cómo haya sido en otras partes, pero creo que es interesante porque hace ver que esos formadores antiguos tenían conciencia de que no solo los cálices o los leccionarios, no solamente los templos o las imágenes son sagrados, sino que lo primero que es sagrado es el hermano, es el prójimo.

Y, por consiguiente, el que no conserva la conciencia de la presencia bendita y sagrada en el prójimo, pues ya la perdió para todo lo demás. Bueno, toda esta explicación nos ayuda a entender lo que parece que sucedía con los saduceos, ya le habían tomado bastante confiancita a Dios, ya lo tenían como cosa y no como sujeto, como persona, mucho menos como centro de sus vidas. Pero no es solamente un asunto de irrespeto, es asunto de puro y neto materialismo. Eran materialistas, sacerdotes, pero materialistas, nada de espíritus, nada de resurrección. Admitían, sí, que había un Dios.

Quizás estos sacerdotes habían caído, a tempranas horas, en lo que posteriormente se llama en la historia de la Iglesia el deísmo, que fue tan propio de la Ilustración, de la época de la Ilustración. El deísmo reconoce sí que hay un dios, reconoce que hay un dios, pero ese Dios lo pone a tal distancia y lo pone tan indiferente a los asuntos de este mundo que, ese supuesto Dios realmente poco tiene que ver con la vida humana, la vida humana la resolvemos nosotros. Y así obraban los saduceos, hábiles, muy hábiles para la política, muy hábiles para manejar el lenguaje y para moverse con cierta astucia, con gran inteligencia en ese ambiente tan complejo del siglo I de nuestra era.

¿Por qué necesitaban esa habilidad? Pues porque había un invasor que era el Imperio Romano. Entonces, había que saber estar bien con los romanos, había que saber mantener buena relación con Herodes, un rey falso, un rey de pacotilla. Pero, de todas maneras, un tipo que tiene poder. Así que estos saduceos eran gente pragmática, gente política o politiquera, decimos en mi país, gente politiquera, gente astuta, sabían moverse bien ¿para qué? Para conservar sus privilegios, eran clase alta. Eso sí, todo se les puede criticar, pero que nadie hable mal de su inteligencia.

Tipos inteligentes ellos, muy, muy inteligentes, sobre todo inteligentes para lo suyo, para ganar sus privilegios, para mantener su posición, para eso eran buenísimos, para eso eran gente muy hábil. Y por eso, con gran habilidad y con intención ciertamente retorcida, se acercan a Cristo. ¿Cuál es el peligro que ellos ven en Cristo? El mismo peligro que luego aparecerá en el Evangelio según San Juan por boca de Caifás, van a venir los romanos y van a acabar con todo. La historia demostró que ellos no estaban exagerando en ese temor, eso fue lo que sucedió en el año 70, llegaron los romanos y acabaron con todo. Ese era un temor real y así pasó.

Y ¿por qué podrían venir los romanos a acabar con todo? Porque los romanos estudiaban historia y los romanos sabían que unos dos siglos y medio, tres siglos atrás, había sucedido la revuelta de los Macabeos. Y siendo unos pocos, porque no era mucha gente la de los Macabeos, pues habían logrado detener toda la arrogancia del Imperio helenístico, allá en la época de Antíoco IV Epífanes. Entonces, los romanos sabían que con estos judíos la cosa es seria, que con estos judíos no se juega. Y, por consiguiente, mientras manejaban las cosas con cierta, con cierta diplomacia, sobre todo, por asegurar los ingresos, los impuestos, pues mantenían bien levantado y bien visible el garrote.

Y los judíos se daban cuenta de que ese garrote estaba ahí, es decir, había una amenaza permanente de los romanos de acabar con todo. Tú que te levantas, tú que te pones de revolucionario, ponte a jugar de revolucionario y yo juego a martillarte el cráneo, a ver quién gana. Ese es el lenguaje que hay entre romanos y judíos. Y los sumos sacerdotes, que son la alta clase política de aquella época, son plenamente conscientes de eso. A la menor revuelta que se presente aquí, el garrote ese que hemos visto, cae sobre nosotros y los primeros que tendremos que aguantar el golpazo seremos nosotros, así que aquí no se puede tolerar ninguna revuelta.

Eso era lo que les preocupaba a ellos, estaban cuidando de lo suyo, estaban interesados en sus privilegios, estaban interesados en su supervivencia. Así las cosas, les empiezan a llegar noticias, que hay un Jesús, un Jesús de Nazaret que anda haciendo milagros, que predica muy bonito y la gente le cree, mala noticia. La gente lo sigue, pésimo, pésimo, va mal, va mal, le veo mala cara a eso. Otra noticia: Mira que por allá en Cafarnaún hizo un milagrazo el tal Jesús ese. Y la gente ya dice que ese es el Mesías. Ay, caramba, Mesías, esa es la peor palabra que podían oír los saduceos, porque la palabra bomba, la palabra explosiva por excelencia, es la palabra Mesías.

¿Tú sabes lo que quiere decir Mesías? Si sabes. Mira, Mesías quiere decir que entonces Herodes no es rey. Si hay un Mesías, quiere decir que va a quedar a la vista de todo el mundo, que Herodes es un impostor y entonces va a venir Guerra Civil, porque Herodes no va a soltar lo suyo. Cómo sería el miedo que tenía Herodes, que había construido un palacio simplemente para protegerse él. Se conservan las ruinas, se descubrieron no hace demasiado, unas cuantas décadas, las ruinas del Herodium se le llama, el palacio que hizo Herodes. Y es el palacio más ridículo del mundo, porque parece una prisión federal.

Realmente lo que hizo Herodes fue una prisión para protegerse él, una especie de búnker, porque él vivía en la paranoia, él vivía muerto de miedo que lo iban a acabar porque la gente tenía que saber que él no era ningún rey. Él era de ascendencia idumea, él no era ni siquiera judío, un impostor. Entonces, que venga un profeta a decir que es el Mesías o que la gente diga que ese es el Mesías ¿qué significa? Guerra civil, Herodes no se va a dejar, Herodes va a pelear contra esos y esos van a pelear contra Herodes. Pero lo más grave no es eso, lo más grave es que a la voz de que hay un Mesías se monta la revuelta contra los romanos.

Y ¿te acuerdas el garrotillo ese que tienen? Bueno, con ese garrote nos van a caer y nos van a acabar a todos. O sea que la palabra mesías es la palabra peligrosa, es la palabra explosiva, es la palabra más temida y detestada por los saduceos, no puede haber Mesías. Fíjate qué contradicción tan grande, no puede haber Mesías. Y por eso en la crucifixión de Cristo ellos adoctrinan a la gente para que diga: No tenemos más rey que el César. Te acuerdas que ellos dicen en la Pasión de Cristo: No tenemos más rey que el César, ¿para qué?

Para evitar la caída del garrote, porque si la gente llega a decir: Tenemos otro rey. De inmediato los romanos dicen: Ah, pues entonces hay rey entre los judíos. Entonces, se van a levantar como se levantaron los Macabeos. Entonces, ya saben lo que hay que hacer, garrote con ellos, se acaba esa gente. Por esa razón, los saduceos detestan a Jesucristo. Pero entonces dicen: Qué se hace para neutralizar a Cristo. Tienen miedo a la gente porque como ya la gente había empezado a hablar que él era el Mesías y querían coronarlo rey.

Ellos decían: Si lo atrapamos, si lo encerramos por la fuerza, entonces la gente se va a levantar contra nosotros. Si lo dejamos actuar, vendrá problema, guerra civil con la gente de Herodes y vendrá el garrote de los romanos. Pero si lo agarramos por la fuerza, se nos viene encima el pueblo y viene otra revuelta y también nos caen los romanos. ¿Qué se hace? Como eran gente tan inteligente, porque eso sí tenían, altísimo coeficiente intelectual. Entonces, ellos dijeron: Mire, lo que hay que hacer es desacreditarlo, vamos a ponerlo en ridículo.

Si la gente ve que su tal Mesías es un payaso ridículo que no entiende ni siquiera de la ley, pues la gente se irá desanimando y ahí verá que se va perdiendo el entusiasmo y dejamos todo tranquilo, quieto y de esa manera, pues podemos seguir disfrutando la buena vida que vamos llevando. Esa era la idea de los saduceos y esa es toda la historia que está detrás del texto que oímos hoy. Por eso van con esa historieta ridícula de los siete hombres que se casaron sucesivamente con una misma mujer, para ridiculizar a Cristo.

Hay que imaginarse la escena, el tipo que está hablando, echando la historia y mirando así con una mezcla de conmiseración y de ironía a Cristo, tratando de hacerlo quedar como un maestro ridículo y seguramente con una sonrisa le dice al final la frase: Bueno, y cuando llegue la resurrección, entonces ¿de quién va a ser la mujer? porque como se casó tanta gente con ella, entonces ¿quién va a ser la mujer? Y saca esa sonrisa irónica. Respuesta de Cristo: «Estáis equivocados». Gravísima respuesta, porque ahora los que van a quedar en ridículo son ellos. «Estáis equivocados. No entendéis la Escritura».

Qué cosa tan grave, en el libro del profeta Esdras y en la época posterior al exilio, había quedado clara una cosa, el que tiene que explicar la ley al pueblo es el levita, el sacerdote. Y qué les dice Cristo: «No entendéis la Escritura, no entendéis el poder de Dios». Son tres misiles directo al pecho. No entendéis la Escritura, no entendéis el poder de Dios, estáis equivocados, ni siquiera sabéis a qué Dios servís. Eso es lo que les está diciendo Cristo. Oiga, y no pudieron responderle nada. Eso significa que en el pasaje de hoy Cristo ha puesto sello y firma a su sentencia de muerte.

Los saduceos, con este pasaje que hemos oído, se muestran como aquellos que le dieron una oportunidad a Cristo. En la mentalidad de los saduceos, de los cuales el más perverso y oscuro sin duda alguna era Anás, ese es el poder detrás del trono, esa es la eminencia gris que maquina todo lo de la Pasión de Cristo. En la mentalidad de ellos, esta era la última oportunidad para Jesús. Y si tú miras los Evangelios, te das cuenta que después de este pasaje, no hay una sola palabra que crucen saduceos y el Nazareno. De aquí en adelante, la siguiente vez que se encuentren será en el Sanedrín y ya para condenarlo.

Esta era la última oportunidad, en la mente de ellos esta era la misericordia, entre comillas, que iban a tener con Jesús. Tratamos de darte una salida decorosa. Procura quedar tú como payaso ridículo y verás que se disuelve todo y tú te quedas por allá en tu Galilea y te dedicas a lo tuyo. Y déjanos, déjanos a nosotros que hagamos lo que se nos dé la regalada gana en Jerusalén. Pero Jesús no hizo eso: No cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén. Jesús denuncia la mentira espantosa en la que han vivido estos saduceos y firma su sentencia de muerte.

Como esto no funcionó, ya lo único que queda es: Hay que buscar un traidor. Hay que infiltrar ese grupo de incondicionales que tiene y hay que lograr la manera de sacarlo de la escena con un golpe certero, nocturno, preciso, de modo que la gente no alcance a reaccionar. Por supuesto, estoy describiendo lo que luego sucedió en la Pasión de Cristo. Bueno, pidamos al Señor después de todo este recorrido, pidamos al Señor misericordia, pidamos al Señor un corazón humilde. Que nosotros no nos fiemos del pasado, no nos fiemos de la virtud pasada, ni la propia, ni mucho menos la de la raza o país de donde venimos, nada de eso, nada de eso.

Solo un corazón humilde, solo un corazón arrepentido, solo un corazón creyente, solo eso puesto muy delante de Dios para implorarle que tenga compasión de nosotros y del mundo entero, solo eso. Un corazón arrepentido, humilde y creyente que clame misericordia para entonces, nosotros decirle a Jesús: Reina tú en nuestros corazones. Ven a ser Tú, el Señor de nuestras vidas. Ven a tomar posesión del trono preparado para ti desde antes de la creación del mundo. Que esa humildad, que esa reverencia, que ese espíritu de adoración, que ese santo espíritu de temor de Dios esté en nosotros para que Jesús sea verdaderamente nuestro Rey, nuestro Mesías, y para que así también su gloria brille en nuestras vidas. Amén.

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