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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Aunque diversos, los ídolos coinciden en su modo de acariciar el YO y en ofrecerle atajos engañosos hacia los anhelos más profundos.
Homilía i092005a, predicada en 20130604, con 12 min. y 0 seg. 
Transcripción:
En el Salmo Segundo encontramos la siguiente expresión ¿Por qué se amotinan las naciones y los reyes planean un fracaso? Se unen los reyes contra el Señor y contra su Mesías. Este salmo lo aplican luego los evangelios a algo que sucedió durante la Pasión de Cristo. Herodes y Pilatos no eran amigos, pero resultaron uniéndose y resultaron buenos amigos después de ser ambos, cada uno a su modo, cómplices en la pasión y en la muerte de Cristo.
Algo semejante encontramos al principio del Evangelio de hoy. Enviaron a Jesús unos fariseos y partidarios de Herodes. Sabemos que lo propio de los fariseos era la estricta observancia de la ley. Y sabemos que Herodes era un rey sin ninguna clase de credenciales, porque no pertenecía a la descendencia de David. No podía situarse al amparo de la promesa mesiánica que el profeta Natán le dio al gran rey David. Es decir, según la ley, nadie más ilegítimo que Herodes. Y los fariseos se supone que eran los grandes entusiastas y fanáticos de la ley. Pero ya los veis unidos. Porque cuando se trata de derribar a Cristo, se unen las naciones, se amotinan los reyes y la gente más disímil trabaja y coopera en gran unidad. Aunque se trate de un objetivo tan desastroso. Esto es algo que tiene que llamar la atención, esta unión, unión falsa, pero unión entre aquellos que son enemigos con el solo propósito de derribar a Jesucristo.
Llegan los herodianos y los fariseos con una pregunta para deshacerse de Cristo ¿Por qué les resulta tan fastidioso? ¿Qué es lo que puede estorbar de este profeta que no hace otra cosa sino predicar el amor de Dios y mostrar su inmensa misericordia? Yo creo que vale la pena detenerse un momento a hacerse esta pregunta. ¿Por qué resulta tan fastidioso este Mesías, hasta el punto de unificar en contra suya hasta los más disímiles enemigos? Pues resulta que Cristo, con la suavidad de su mensaje, con la ternura de su corazón, viene sin embargo, a producir en el corazón humano el cambio, la transformación más grande, la más profunda. Y aunque esto se haga desde la perspectiva, desde el ángulo y desde la razón del amor. Supone de todos modos, derribar del trono del alma a ese yo, que se ha enquistado. A esa soberbia que se ha entronizado y es ahí donde se vuelve odioso el mensaje del Señor.
No detestan a Cristo porque haga curaciones, no detestan a Cristo porque expulse demonios, porque sane a los enfermos. Detestan a Cristo, porque todas estas obras de misericordia son solamente y simplemente señales de algo más grande que Él mismo predica. La llegada del Reino de Dios. Y donde viene a reinar Dios, entonces ya no pueden reinar las consabidas soberbias humanas. Donde se levanta Dios, se dispersan sus enemigos. Huyen de su presencia los que lo odian, como dice otro Salmo. Y es esa caída, esa estrepitosa caída de los ídolos que representan ganancia y que representan lucro, así sea un lucro funesto, es esa caída la que fastidia. Dicho de otra manera, que nadie se llame a engaño. Cuando viene Cristo con tanta mansedumbre y con tanta misericordia, no viene solamente a saludar, ni viene solamente a aplaudir, bendecir y dar una palmadita en la espalda y a decirle a cada quien sigue en lo que estás. Viene Cristo a traer el Reino de Dios. Viene Cristo para que se levante Dios y para que se dispersen sus enemigos, para que huyan de su presencia los que lo odian.
El hecho de que Cristo no llegue con prepotencia, el hecho de que no llegue con violencia ni con arrogancia no le quita, sino que le agrega mucho a su misión y a la eficacia de su tarea. Esa mansedumbre, precisamente lo que indica es que no le cree a la prepotencia humana. Y esa misericordia lo que indica es que no le cree nada al mensaje de la violencia. Pero esa mansedumbre, esa humildad y esa misericordia son las avanzadas del amor de Dios que llega para derribar cuanto ídolo aparezca en el corazón humano. Y el corazón humano se aferra a sus ídolos, se apega, ciega y obstinadamente a sus ídolos, porque obtiene de ellos algunos beneficios. Entonces los beneficios pueden cambiar. En un caso será dinero, será placer, será prestigio, será poder. Los beneficios cambian, pero el hecho de que el corazón se aferra a sus ídolos, eso no cambia y por eso se amotinan las naciones. Por eso se unen los reyes de la tierra.
Por eso, en las más diversas latitudes, cuando se trata de burlarse de la Iglesia, cuando se trata de silenciar el Evangelio, salen las alianzas más extrañas. Porque hay algo que les unifica y es el culto a sus respectivos ídolos. Y por eso también cuando llega Cristo, pues los cambios que van a pasar en el corazón humano van a implicar no solamente que se pierda ese lucro, prestigio o placer que se tenía, sino también que se abrace lo que el mismo Cristo anuncia, es decir, el misterio de la cruz. De modo que al aceptar a Jesucristo se acoge su reinado de amor y de gracia. Pero también caen los ídolos y también se levanta el misterio hermoso pero también doloroso de la cruz. Y ahí también encuentra resistencia el corazón humano.
¿Qué queda para nosotros de este texto y de esta realidad? Pues que tenemos que pensar, tenemos que buscar con la ayuda de la misma luz de Dios, cuáles son aquellos ídolos que tal vez subsisten o que quizás quieren de nuevo levantar cabeza dentro de nuestra propia historia. Pero para eso hay que hacerse otra pregunta, y es ¿Cuál es la ventaja que traen estos ídolos?. En general, los ídolos lo que ofrecen son caminos más cortos. Así se presentan como si fueran caminos más cortos a un beneficio, a una alegría, a un tipo de ventaja. Recordemos el primer ejemplo que nos ofrece la Escritura, de ese preferir las criaturas al Creador, es decir, lo que está en el Capítulo Tercero del Génesis. Cuando se describe la caída de nuestros primeros padres. Ahí se dice de Eva que vio que el fruto era agradable y que daba sabiduría. Algo así como aquí tengo un atajo, aquí tengo un camino corto para tener, para obtener, ya lo que mi corazón quiere.
Esa es la misma estructura que van a conservar las demás idolatrías. Se presentan como si fueran atajos, como si fueran caminos cortos, en vez de recorrer el largo camino hacia la bienaventuranza. Aquí tengo un atajo hacia el placer. En vez de esperar largamente una recompensa. Aquí tengo un atajo para encontrar ya el lucro o la riqueza que yo quería. Se ve muy bien con todos los negocios ilícitos, los robos y narcotráficos y todas esas cosas. Aquí ya tengo. Esa inmediatez, esa promesa de inmediatez, esa oferta de un atajo para lograr lo que el corazón humano quiere. Eso es lo propio de los ídolos. Y por eso, al examinar, al escrutar el propio corazón, uno tiene que mirar muy bien si está buscando esa clase de atajos. Ahí donde uno se considera demasiado listo, demasiado inteligente, demasiado rápido. Ahí seguramente hay algún ídolo que está instalado. El verdadero camino es el que muestra el mismo Cristo con la perseverancia, con la obediencia, con la humildad, con la mansedumbre, con la caridad. Lo que vaya con ese lenguaje, lo que esté sellado por esas virtudes, seguramente viene de Dios. Lo que en cambio, se presente como atajo y como que esto me quita esfuerzo y como que con esto salgo ganando y qué listillo soy. Eso hay que tener desconfianza.
Que ese discernimiento nos ayude a encontrar cuáles pueden ser nuestras resistencias al mensaje del Evangelio. De modo que en todo y en todos Reine únicamente Cristo, el Señor.

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