Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Al César lo que es del César

Homilía i092001a, predicada en 19970603, con 12 min. y 43 seg.

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Transcripción:

Queridos amigos, la lectura que nos presenta la Iglesia en este martes. Va en continuidad con la discusión que escuchábamos el día de ayer. ¿Qué es lo que está sucediendo? Ubiquémonos en el Evangelio de Marcos. Jesús se ha resuelto a ir hacia Jerusalén, no en una peregrinación más, sino en el desenlace mismo de su vida profética. Y emprende el camino, llega al templo y se encuentra con el mercado de ofrendas y compra y venta de animales y cambio de moneda. Y entra en polémica con estos vendedores del templo. Esa era la lectura que nos presentaba la Iglesia el sábado. Siguiente lectura en ese orden la de ayer lunes. Jesús discutiendo con los sumos sacerdotes, los letrados y los senadores. Ahí es donde el Señor les ha dicho esa parábola de los viñadores asesinos. Y estos, los letrados, los sumos sacerdotes, se han convencido de que toca eliminar a Cristo. Pero sienten miedo de la gente, sienten miedo del pueblo. De manera que esta ha sido la segunda escena Cristo discutiendo ahora con los letrados, con los senadores, con los sumos sacerdotes.

Llega la lectura de hoy del martes, los fariseos y los herodianos intentan agarrarlo con astucia, con una pregunta sumamente difícil. ¿Si hay que pagar o no impuestos al Imperio Romano? Si decía que sí, entonces quedaría como un traidor. Si decía que no, entonces era un enemigo de Herodes que estaba aliado con los romanos. De manera que cualquiera que hubiera sido su respuesta encontraban motivo para prenderlo, para condenarlo justamente. O sea que las lecturas de estos últimos días nos presentan a un Cristo discutiendo, en controversia, en polémica. La cosa no va a terminar hoy. Mañana miércoles vamos a escuchar otra lectura en donde está Cristo discutiendo con saduceos que niegan la resurrección. Y el jueves vamos a encontrar una conversación y que también tiene tono polémico con un letrado. Y el viernes otra discusión en torno a los letrados. Es decir, esta es la semana de la polémica de las discusiones. El Cristo que nos va a aparecer en esta semana aquí en la mesa, es un Cristo, es un Jesucristo que entra en discusión, que entra en controversia, es un Cristo que es signo de contradicción. Quizá esa no es la imagen que más nos gusta de Jesucristo.

Seguramente si nos preguntaran qué es lo que usted admira de Jesús, nosotros diríamos, por ejemplo, su mansedumbre, su sencillez, su bondad, su humildad, y resulta que esas cualidades son muy de Jesucristo, pero también son de Él Todas estas discusiones, todos estos alegatos, todas estas controversias, y lo que digo de Cristo se aplica también a la Iglesia. Si se lo dice a las personas, ¿usted a quién admira? ¿Qué personaje de la Iglesia usted admira? Seguramente usted diría después de Cristo y de la Virgen Admiro a San Francisco de Asís por su humildad. Admiro por su sencillez a San Martín de Porres y en la gente que está viva. Admiro a la Madre Teresa de Calcuta, una mujer que ha gastado su vida al servicio de los más pobres, una mujer que se ha preocupado precisamente de la gente de la que nadie se preocupa. Y eso, efectivamente, esa caridad heroica, pertenece al tesoro de la revelación y a la vida de la Iglesia. Pero esa no es toda la Iglesia.

Cuando la Iglesia va a hablar de otros temas, entonces ya no nos gusta. Ahí sí no nos gusta. Si la Iglesia dice, por ejemplo, no se puede cursar con justicia una ley de despenalización del aborto, es inicuo que se autorice matar inocentes. Ahí sí, pero la Iglesia. ¿Por qué se meterá en esas cosas? Cuánta falta hace que en esta semana, que es la novena Semana del Tiempo Ordinario. Cuánta falta hace que en esta semana venga muchísima gente a la misa. Ojalá se llenaran las iglesias y ojalá escucháramos con muchísima atención cómo habla Cristo. Porque el mismo Cristo que nos ha presentado Marcos sanando leprosos, dando vista a los ciegos, abrazando y bendiciendo a los niños y perdonando a los pecadores. Ese mismo Cristo, que es todo bondad en nombre de la misma bondad, tiene que sanar las tinieblas del entendimiento. Acaso Cristo es un brujo para que se dedique solo a sanar las enfermedades y a conseguir el empleo a la gente sin meterse en las terribles tinieblas, confusiones y oscuridades que tiene nuestra mente hoy. Sería acaso redención de Dios que Cristo se ocupara de la lepra del cuerpo y que dejara intactas las costumbres de la sociedad.

Podríamos considerarlo el Salvador del mundo si abriera los ojos de los ciegos y dejará en la noche, en la tenebrosa noche de la ignorancia y de la confusión, nuestra conciencia moral. Tenemos que bajarnos de esa nube. Tenemos que ponerle otros colores a Cristo y no solo el rosadito tierno. Cristo no es solo un pote de ternura para que nos echemos por la mañana como quien se echa el maquillaje. Cristo no es un talco rosado y perfumado para que le echemos a nuestra vida que a veces apesta. Es necesario primero curar la peste. Es necesario primero que se curen las heridas y las enfermedades y la pus que hay en tantas almas y que hay en tantas costumbres. Es necesario sanarse también de eso.

Hay enfermedades terribles, gangrenas, por ejemplo, o tipos de cáncer que de tal manera se ensañan en la piel y la carne de las personas que todavía están heridas las pudren y edores terribles salen de esos cuerpos desventurados. ¿Usted cree que sería gran caridad entrar a la pieza de un enfermo de gangrena para echarle un poquito de talco perfumado? No es necesario que se sane la herida. Es preciso que se cure la enfermedad.

Y por eso Cristo, sin renunciar a su caridad, a su dulzura y a su mansedumbre, tiene que hablar recio y tiene que hablar claro y tiene que hacer ver qué es lo bueno y qué es lo malo. Y esto no lo hace porque esté de mal genio, ni el Papa está de mal genio cuando habla en contra del aborto voluntario, ni la Iglesia está de mal genio cuando dice que la eutanasia es un crimen con guantes blancos. Pero es un crimen. El problema no es de la Biblia. El problema no es del genio bueno o malo que tengamos. Ese no es el problema. El problema es que el amor no puede ser una decoración ni un perfume. Un ambientador que se echa en la pieza del paciente gangrenado. ¡Cuánto quisiéramos que la Iglesia fuera así! Y aquí me permito yo decir una de las explicaciones de por qué hay tanto católico le resulta fácil pasarse a esos grupos que se llaman cristianos. Usurpan el nombre ciertamente autoridad no tienen para llamarse cristianos.

¿Acaso el nombre de Cristiano es para que cualquiera se lo cuelgue al cuello? ¿Pueden llamarse a ellos cristianos? Pregunto yo cuando mutilan la Sagrada Escritura, quitando, por ejemplo, el Santo sacrificio de la Eucaristía o el perdón de los pecados a través del sacramento de la confesión. Pueden llamarse cristianos si hacen eso con la Palabra de Dios que predican. Pero esa es otra polémica. Esa es otra discusión. Yo estaba diciendo que muchos católicos les resulta comodísimo pasarse a esos grupos porque ya van vida de amancebados, porque son unos adúlteros, porque llevan una vida inicua y precisamente por eso buscan un grupo donde simplemente se cante al Señor y se le bendiga. ¡Bendito sea Dios! ¡Alabado sea el Señor! ¿Alabado con qué? Qué bueno que levantes tus manos y tus costumbres ¿las has levantado? Qué bueno que levantes tu voz y cantes. Qué linda voz tienes. Pero tus obras cantan las maravillas de Dios.

Entonces es muy fácil ¿no? llevar una vida con tres adulterios a cuestas, meterme a un garage a cantar con unos que se llaman cristianos y decir que entonces ahora sí me encontré con el Señor. ¡Bonita vida! Puedo yo, pregunto después de escuchar a este Cristo y de creer en este Evangelio, ¿puedo yo, como sacerdote, quedarme callado y tranquilo mientras tales cosas suceden?

Hermanos, no nos hagamos ilusiones, no nos digamos mentiras. La salvación y el amor de Dios son algo mucho más serio. Cristo no estaba diciendo ningún chiste cuando se estaba muriendo en la cruz. Nosotros valemos precio de la sangre de Cristo, y eso no es ni amargado ni tieso, pero sí es serio. y con esa seriedad que es la seriedad del amor. Es preciso que nos resolvamos a acoger el Evangelio. Salgámonos de la ilusión de que la Iglesia tiene que darle gusto a las modas de cada época y salgamos de la ilusión de creer que la conciencia moral de este país la van a salvar los abogados o los señores de la Corte Constitucional, o los senadores o no sé quién. La salvará la Palabra de Dios predicada vivamente, así nos lo conceda el Señor allí donde se cree realmente en él, allí donde se acoge por completo su mensaje, sin mutilarlo, sin maquillarlo, sin esconderlo.

Que Dios, que ha mostrado tantísimo amor y que renueva ese amor en el sacrificio del altar, abra nuestros ojos, sane nuestra conciencia, cure nuestras costumbres y nos enseñe a ser verdaderamente suyos. Amén.

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