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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Todos los miembros de la Iglesia, sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos llegamos a la plenitud en Cristo amando y sirviendo.
Homilía i083004a, predicada en 20150527, con 5 min. y 27 seg. 
Transcripción:
Continuamos con nuestra lectura del Evangelio según San Marcos, en estos días posteriores a Pentecostés, que nos llevan al tiempo llamado ordinario. Y estamos todavía en el capítulo décimo, Pedro hizo una pregunta difícil, una pregunta de demasiada franqueza: Los que hemos entregado nuestra vida al Evangelio, ¿qué vamos a recibir? Él lo hizo en forma de pregunta. Pero luego, Santiago y Juan, que eran hermanos entre sí, hijos de un tal Zebedeo. Santiago y Juan, no van en tónica de pregunta, sino más bien en tónica de petición.
Y la petición que hacen es: Queremos sentarnos a la derecha y a la izquierda tuya, es decir, en los primeros puestos, queremos estar en los primeros puestos cuando tú llegues a tu gloria. Es evidente que, para estos apóstoles, en ese momento de su formación, la recompensa, el pago, es algo muy importante y ellos visualizan su recompensa en términos de primeros puestos, porque este no es el único pasaje del Evangelio en el que encontramos a los apóstoles discutiendo entre ellos o buscando ventaja, como es el caso de hoy, con tal de ganar los primeros puestos.
Antes de continuar la reflexión, yo quiero destacar que esa misma mala costumbre la seguimos encontrando muchas veces en la Iglesia, de muchas maneras, también en nosotros los sacerdotes, y por eso es necesario interceder por los sacerdotes. Cuando un obispo se encuentra con que el Padrecito que ha pasado por la parroquia humilde y ahora tiene una parroquia de mejor clase social o de mejor ingreso económico, ya no quiere volver a la parroquia humilde, porque ya quemó esa etapa, porque ya pasó por ese escalón, ahí estamos repitiendo lo mismo de los apóstoles, ahí estamos buscando los primeros puestos.
Ese fenómeno, que se da en muchos lugares, en muchos ambientes de la Iglesia, incluso tiene un nombre, un nombre que ha estado en las denuncias del Papa Francisco, se llama carrierismo, hacer carrera, que es más o menos la idea de que ya una vez que yo he pasado por algo, ya no puedo volver ahí, sino siempre tengo que ascender, estar en un mejor lugar, tener un mejor ingreso, tener más poder, subir, subir. Y resulta que, lo que Cristo está enseñando a sus apóstoles al principio del pasaje de hoy, es que el camino del Hijo del hombre es más bien bajar, bajar.
Nuestro corazón buscando trepar, y Cristo buscando descender. Nos inspira enormemente aquel texto de la carta a los Filipenses en el capítulo segundo, donde se dice que Cristo se abajó, se despojó de su rango, se anonadó. La entrega de Cristo, el despojo de Cristo, el descenso de Cristo tiene que ser siempre un cuestionamiento y, por qué no decirlo, una denuncia a nuestras pretensiones de orgullo y de vanidad. Por otra parte, no es solamente ésta una enfermedad de clérigos, de religiosos o de religiosas.
A veces me da la impresión de que hay algunos laicos que consideran que precisamente porque no son religiosos, precisamente porque no son sacerdotes, tienen una especie de derecho de pecar o tienen derecho a desentenderse de su vida espiritual. Es decir, como si fueran una especie de élite que puede vivir únicamente de las rentas de un pasado cristiano, ya se trate del pasado de la sociedad o ya se trate de lo que una vez fueron ellos mismos.
Pretender vivir uno, por ejemplo, con la catequesis de primera comunión que tuvo hace no sé cuántos años, es una terrible irresponsabilidad. Y pretender uno que uno pertenece a una élite, a un grupito privilegiado que tiene derecho de ser mediocre o que tiene el derecho, entre comillas, de no orar, es un modo realmente escandaloso, es un modo ofensivo de ser cristiano.
Por eso, yo creo que Cristo con su ejemplo y yo creo que un Evangelio como el de hoy, a todos nos está llamando a conversión. Lo que Cristo quiere de nosotros, lo que Cristo espera de nosotros, es muy distinto. Evidentemente se trata de que, independientemente de cuál sea nuestro lugar en la Iglesia, sigamos su camino, amar y servir. Y en ese camino encontremos nuestra plenitud, nuestra alegría, nuestra verdadera paz.

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