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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Una mirada sabia a la vida humana descubre una necesidad permanente de recurrir al Creador. Pero hay que dejarle las manos libres porque su respuesta puede ser paradójica, como en la Cruz de Cristo.
Homilía i083002a, predicada en 20110302, con 4 min. y 23 seg. 
Transcripción:
Lo propio de la semana número 7 y la semana número 8 del Tiempo Ordinario es la literatura sapiencial. Sapiencial, sabiduría, saber vivir y también encontrar el sabor de Dios en nuestra vida. La sabiduría, como hemos dicho en otra ocasión, quiere ayudarnos a encontrar la presencia, la acción del Señor también en las cosas cotidianas. Otras partes de la Biblia nos muestran las grandes acciones de Dios, pero la vida humana no solo tiene grandes cosas, se ha dicho muchas veces y es la verdad que los detalles hacen la vida.
Y dentro de esos detalles está indudablemente la oración, la súplica. Por los caminos humildes de nuestra vida más de una vez descubrimos que solo Dios puede hacer una diferencia. Y cuando encontramos nuestra necesidad de Dios, encontramos también la puerta privilegiada para la oración. La oración no es un pasatiempo, la oración no es simple relajación mental, la oración es puerta que abrimos desde nuestra necesidad hacia la abundancia del amor de Dios.
Algo precioso en la oración es que le deja libres las manos a Dios para que Él obre a su tamaño, como Él quiere, porque muchas veces nuestra vida está oprimida por tantas cosas, empezando por nuestros egoísmos, nuestras soberbias, nuestras codicias y las de las demás personas. Pero por encima de esas opresiones, hay un Dios que libera y salva. Y la oración abre nuestra vida a ese misterio del Dios Salvador, el que más manda, el que tiene todo el poder, el que ha sido llamado Rey de reyes.
Por eso el libro Eclesiástico, recorriendo los caminos de la sabiduría, llega a los caminos de la oración y llega a pedirle al Señor que se manifieste. Pero es muy importante lo de dejarle las manos libres a Dios. La oración no es para imponerle a Dios lo que nosotros queremos, sino para recibir lo que Él quiere darnos. Y así, mis hermanos, encontramos que muchas veces las respuestas de Dios son inesperadas, son extrañas, respuestas paradójicas. Cristo, por ejemplo, es la gran respuesta a todos los ruegos del Antiguo Testamento.
Si en este capítulo 36 del Eclesiástico está esa oración pidiéndole a Dios que muestre su poder ante todas las naciones, seguramente quienes hacían esas oraciones esperaban algo espectacular. Y el único espectáculo que encontraron fue la humildad de este Cristo que no vino a ser servido, sino a servir. Este Cristo que da su vida y que la entrega en las condiciones más sorprendentes y también las más espantosas en la cruz. Los discípulos no entendían esto, los discípulos seguían funcionando con la lógica de los primeros puestos, eso es lo que vemos en el Evangelio de hoy, capítulo décimo de San Marcos.
Es decir, los discípulos no le dejaban las manos libres a Dios. Ellos querían un cambio en su vida y en la vida de Israel, pero un cambio a su manera, según su mente. La respuesta de Dios es siempre más allá de lo que esperamos. Dios tiene demasiadas sorpresas para darnos. Y entre esas sorpresas, la sorpresa de un amor que no tiene límites, la sorpresa de una salvación como no la esperábamos, pero sí la necesitábamos. Estuvo contigo Fray Nelson Medina, de la Orden de Predicadores.

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