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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Qué iba a buscar Cristo cuando partió con presteza hacia Jerusalén?
Homilía i083001a, predicada en 19970528, con 8 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Los discípulos se extrañaban del paso que llevaba Jesús cuando iba subiendo hacia Jerusalén, notaron en él que, tal vez, un nuevo inusitado vigor, tal vez esa misma resolución de la que nos habla San Lucas al final del capítulo noveno de su Evangelio. Jesús, dice, tomó resueltamente camino hacia Jerusalén. Por estas palabras de los evangelistas, debemos suponer que hubo un momento en la vida de Cristo en que realmente y literalmente se resolvió a asumir Jerusalén, a emprender el camino hacia Jerusalén.
Y la decisión y la firmeza, la presteza de sus pasos impresionó a sus discípulos, eco de esa impresión ha quedado en los textos que han llegado hasta nosotros. Qué fue lo que impulsó a Cristo y de qué manera se manifestó ese impulso ante los discípulos, no lo sabemos bien. Jesús se les adelantaba, hasta ahora, si lo pensamos bien, Jesús había estado esperando a que la gente lo buscara. Los enfermos acudían a Él, le llevaban los endemoniados y paralíticos, incluso un pasaje anterior de este mismo evangelista Marcos nos ha dicho que Jesús no podía entrar abiertamente en las ciudades.
Había tanta gente que estaba buscándolo a Él que, por decirlo así, no le quedaba a Él ni ocasión ni tiempo de buscar a las personas. Y los discípulos habían visto cómo Él predicaba aquí y allá, sanaba aquí y allá, hacía esas obras maravillosas aquí y allá. Pero ahora, de pronto resulta que Jesús toma una ruta, Jesús toma un camino, un camino que, como lo muestra el desenlace del Evangelio, fue definitivo. Cuando Jesús emprende ese camino hacia Jerusalén, emprende el camino de su vida. Y de ese camino Jesús no se va a reponer, Jesús ya no dará marcha atrás.
Después de emprender este camino hacia Jerusalén, ya no retrocederá. Ya no retrocederá ni cuando tenga que llorar ante la ciudad, ya no retrocederá ni cuando lleguen los avisos de traición. Ya no retrocederá ni ante las espadas y palos, ni ante los azotes, las espinas, la cruz y la muerte, ya no retrocederá. Es la resolución de realizar juntas todas las sanaciones, este Jesús al que acudían los enfermos, sanaba a los enfermos que acudían. Pero ahora es Él, el que sale a buscar al enfermo. Pero no organiza para el efecto un plan de salud en toda Palestina, no ha sido una campaña de salud y sanación en toda Palestina.
Va a Jerusalén y va a Jerusalén como el médico que busca al enfermo, y va a Jerusalén porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén. Y va Jerusalén porque, si hasta ahora ha mostrado que puede quebrantar el poder de Satanás, su definitiva victoria sobre las tinieblas no sucederá sino en la cruz. En ese combate decisivo está también la completa victoria de Jesucristo sobre las tinieblas, sobre el pecado, sobre la enfermedad y sobre la muerte. Jesús va a Jerusalén a encontrarse con el ser humano herido, y será un encuentro tan estrecho y será un abrazo tan estrecho, que serán las heridas de la humanidad herida, las que queden en el cuerpo de Cristo.
Jesús incluso, llevando hasta su límite la ley, ha tocado a los leprosos. Jesús, llevando hasta su límite la ley, ha sanado en sábado, ahora se necesita algo más. Ya no le basta ya a su amor, no le basta con tocar al enfermo, Él quiere arropar al enfermo, untarse de enfermo, si se me permite, enfermarse el mismo. Y ese es Cristo en la cruz. Cristo en la Cruz es el resultado del abrazo estrecho entre Dios y el hombre. Si abrazo al enfermo, sus llagas y su sangre pueden manchar mi ropa, pero solo en la cruz mancharán ya no mi ropa, sino mi propia carne.
Y Jesús ya no le bastaba con bendecir y sanar a los enfermos, ya no le bastaba con abrazarlos o tocarlos, ahora quiere identificarse absoluta y completamente con ellos. Jesús va a Jerusalén al encuentro con el enfermo, y ese enfermo va a ser el mismo Cristo dolido, destrozado, torturado en su Pasión. ¿Qué era lo que estaba buscando Cristo en Jerusalén? ¿Cuál era el hombre que estaba buscando Cristo en Jerusalén, ese hombre que hoy contemplamos en la cruz? Él mismo tan abrazado, tan identificado a nuestra miseria, que Él es nuestra miseria, que Él es la imagen viva de nuestra miseria y así, se ha convertido en imagen viva de la misericordia de Dios.
¿Qué iba a buscar con esa presteza que asustó a los discípulos? ¿Qué era lo que él estaba buscando en Jerusalén? Estaba buscando vestirse de luto y de sangre, vestirse de dolor, de lágrimas, de sudor, vestirse de lo que nosotros somos, para vestirnos de lo que Él es. Beber ese cáliz que hoy vemos que rechazan los discípulos, para que luego los discípulos, que somos nosotros, pudiéramos beber del cáliz de su sangre, la salvación.
Él corre a Jerusalén, se apresura a Jerusalén para realizar ahí la plenitud de su obra, para tomar completamente nuestra historia y para que nosotros pudiéramos recibir de Él, completamente su eternidad. Quiere alimentarse completamente de nuestro dolor para que nosotros podamos comulgar completamente en su amor. Quiere recibir en sus ojos nuestra tiniebla, para bañar los nuestros de luz. Quiere finalmente, que la muerte agote su poder en Él, para que la resurrección pueda obrar en nosotros completamente, su fuerza, su gracia y su gloria.
Seguimos en la Eucaristía, el camino de Jerusalén. Inesperada y maravillosamente es el mismo Cristo el que nos sale al encuentro en las especies eucarísticas, en el trigo triturado y consagrado, en las uvas desangradas vertidas, ahí nos encontramos con lo que Cristo estaba buscando, con nuestra más profunda verdad y con la más completa y maravillosa verdad de Dios.

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