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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nuestro Señor Jesucristo limpia y purifica nuestro corazón para que vivamos en abundancia, pero no exterior; es la abundancia que experimenta el corazón cuando precisamente necesita menos de lo exterior.
Homilía i082012a, predicada en 20250304, con 6 min. y 9 seg. 
Transcripción:
En el Evangelio de hoy tenemos al apóstol Pedro, que siempre impetuoso. Algunos dicen siempre con reacción primaria. Le pregunta a Cristo. Nosotros que lo hemos dejado todo y te hemos seguido, ¿qué nos va a tocar? Y Cristo le responde. En un momento haremos un comentario sobre la respuesta de Cristo. Pero yo quiero que nos detengamos primero en la pregunta que hace Pedro. Yo le doy esto a Dios ¿qué voy a recibir? Esta manera de hablar indica claramente un pensamiento marcado por la transacción, marcado simplemente por el negocio.
Y lo primero que tenemos que entender es que nuestra relación con Dios no puede limitarse a ser un negocio. Y el que esté pensando que todo lo que invierte en su fe y lo que invierte en su formación religiosa tiene que reportarle grandes ganancias. Yo creo que está equivocado. Y la vida misma de los apóstoles muestra en qué sentido está equivocado. Pero es algo muy humano. Es algo muy humano pensar que si yo le invierto a Dios, que si yo le doy a Dios una parte de mi tiempo, Él me tiene que dar algo. Y si yo le doy a Dios, por ejemplo una donación porque hice una donación para la iglesia, Él me tiene que dar algo. Es un engaño pensar así. Y sobre todo es un engaño, porque Dios no necesita de nosotros. Es un engaño porque Dios no puede ser sobornado.
De hecho, ya en el Antiguo Testamento hay palabras muy claras de los profetas que nos muestran el peligro de ese engaño. El peligro de creer que uno puede, por así decirlo, comprar a Dios o sobornarlo. Mira que mucha gente. Esto lo muestra a Jeremías, lo muestra Amós y lo muestran otros profetas. Mucha gente en aquel tiempo pensaba, nosotros podemos vivir, hacer lo que se nos dé la gana y después ofrecemos sacrificios en el templo y ya está. Y también hemos conocido el caso de personas que han cometido graves crímenes, por ejemplo, crímenes de narcotráfico, y después pretenden lavar su fortuna sucia haciendo obras de caridad, entre comillas. Esos casos los hemos tenido en Colombia. Por ejemplo, tenemos el caso de un famoso narcotraficante, al cual algunas personas siguen defendiendo al día de hoy. ¿Y sabes por qué lo defienden? Pues porque esta persona, así como hacía un daño terrible, por ejemplo, asesinando inocentes, cometiendo actos de terrorismo, declarándose en guerra contra el Estado. Este hombre, que además estaba envenenando el cuerpo y la mente de incontables jóvenes. Con su dinero, que tenía muchisisisimo dinero, con su dinero organizó, por ejemplo, que se hiciera una urbanización y entonces una cantidad de vivienda para gente pobre. Eso es pensar que se puede compensar una cosa con la otra. Es decir, que por un lado yo soy un criminal, pero por otro lado yo hice esto bueno. O lo que también ha pasado aquí, gente que comete unos crímenes horribles y después dice yo dono este dinero para la iglesia.
Primero entendamos que la religión no es eso. Segundo, vamos con esa respuesta de Cristo. Cristo le dice: Vas a recibir cien veces más en esta tierra con persecuciones y después la vida eterna. Es una respuesta extraña de Cristo. Extraña por varias razones. Extraña porque Él dice Vas a recibir cien veces más. Pero si nosotros nos ponemos a mirar la vida de los apóstoles, uno dice por favor, ¿en qué momento recibieron cien veces más? Porque la vida de los apóstoles, después de que nuestro Señor murió y resucitó, pues no fue una vida de abundancia, más bien fue una vida marcada por escasez, eso sí que no faltó, marcada por persecuciones.
Entonces uno se pregunta ¿Dónde estuvo esa abundancia de la que hablaba Cristo? Y la respuesta no es tan fácil. La respuesta no tiene que ver con las cifras, por ejemplo, de una cuenta bancaria o con aquello que predican algunos pastores protestantes en términos de evangelio de la prosperidad. Como quien dice yo me entregué al Señor, y miren el helicóptero que tengo, miren el carrazo que tengo, miren la casona que tengo. Eso no es cierto. Entonces, ¿qué significa eso de cien veces más? Esa abundancia de la que Cristo habla, definitivamente no es una abundancia exterior y objetiva. Yo creo que aquí viene muy bien una frase que se ha atribuido algunas veces a San Francisco de Asis. Más rico es no el que más tiene, sino el que menos necesita. Yo sé que esta respuesta te puede parecer un poco extraña, pero es la mejor que he encontrado. ¿En qué sentido Cristo hace que nosotros tengamos cien veces más? En el sentido de que necesitamos cien veces menos. Y cuando tú necesitas mucho menos, lo que tienes, que objetivamente puedes ser igual o menos de lo que antes tenía, es más que suficiente.
San Pablo decía: He aprendido a vivir en pobreza o en abundancia. Y es muy importante que caigamos en cuenta que la presencia de Cristo, lo que va a hacer en nosotros no es tanto llenarnos y llenarnos de cosas y cosas y cosas. Que sería una manera de entender lo de las cien veces más. Sino lo que va a hacer Cristo es limpiar y purificar nuestro corazón de tal manera, que en realidad vivimos en una abundancia que no es una abundancia exterior. Y si quieres decirlo así. No es una abundancia objetiva, pero es una abundancia real. Y es la abundancia que experimenta tu corazón. Esa sorpresa nos tenía el Evangelio de hoy.

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