Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Eclesiástico nos enseña cuáles son los defectos más comunes en las ofrendas, y como nosotros mismos somos ofrenda, de él aprendemos qué es vivir para Dios.

Homilía i082005a, predicada en 20110301, con 8 min. y 26 seg.

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Transcripción:

Nosotros, hermanos, que pertenecemos al pueblo de la Nueva Alianza, quizás tenemos una especie de reflejo condicionado cuando aparecen textos que nos hablan de las prácticas judías, un poco instintivamente lo que uno tiende a pensar es ya eso quedó atrás, ya eso está superado. Y uno puede sentir eso incluso con un texto como el que hemos oído del capítulo treinta y cinco del libro eclesiástico que habla sobre las ofrendas. Teniendo nosotros un sacrificio mucho más perfecto, que es el sacrificio de Cristo en la cruz, pues eso es lo que sucede en la Eucaristía. Uno puede sentir que lo que aquí se diga de ofrendas, como está descrito en el Antiguo Testamento, tiene poco que enseñarnos. La verdad es que hay mucho que aprender de un texto como este.

Hay por lo menos cinco defectos de las ofrendas. Y esos cinco defectos sucedían en el pasado y seguramente están sucediendo en el presente. Por ejemplo, el primer defecto es ser mezquino, dar poco. El segundo defecto es dar de mala gana. El tercer defecto es dar queriendo sobornar a Dios. El cuarto defecto es dar injustamente, es decir, dar de lo injusto, de lo mal habido. Y el quinto defecto es dar sólo exteriormente, sin implicar el corazón, la voluntad, la obediencia. Si miramos esos cinco defectos, yo creo que los podemos aplicar fácilmente a nuestra vida.

Pensemos en el caso de un novicio, o de un religioso, o de un sacerdote. Se supone que nosotros somos consagrados. Entonces nosotros nos hemos convertido en ofrenda. Nuestra vida no es simplemente hacer unas cosas como cumplir con unos oficios, sino que, como bien lo explica el Derecho Canónico y la teología de la vida consagrada, nosotros nos hemos convertido en ofrenda. Entonces, apliquemos a nuestra vida este tema de los defectos en las ofrendas, por ejemplo. El primer defecto era dar mezquinamente, negarle a Dios muchas cosas. Inmediatamente uno puede preguntarse todo lo que uno le está negando a Dios. Pero como hoy tenemos la alegría de un buen número de seglares que nos acompañan en esta Eucaristía, esto no es solo para los religiosos, porque por el bautismo nosotros mismos somos ofrenda.

Nos dice San Pablo: que nuestro culto razonable es el ofrecimiento de nuestra propia vida. Y eso no se lo dijo a religiosos, dominicos o a sacerdotes, sino se lo dijo a todos los cristianos. Entonces, fíjate ese primer punto ¿será que estoy siendo mezquino con Dios en qué se nota eso? En una oración raquítica, apresurada, como por salir del paso. Sobre esto predicó hermosa y elocuentemente el cura de Ars. Cómo muchas veces nuestra manera de dirigirnos a Dios y el tiempo que le gastamos a Dios es un tiempo escaso y de pobre calidad. Entonces ya uno empieza a ver que esto del Antiguo Testamento no se quedó atrás, sino que vale para nosotros. Luego está el caso del dar de mala gana. Eso también lo podemos aplicar a nosotros.

Por ejemplo, Dios puede pedir ofrendas cuando nosotros tenemos que sacrificar algo. Y la vida consagrada. Pero también la vida matrimonial está llena de sacrificios. Porque, por ejemplo, los casados también tienen que ofrecer desde su bautismo una gran cantidad de ofrendas. Perdonar es de alguna manera morir. Uno tiene que morir a mucho orgullo y a mucho interés y a mucha arrogancia para perdonar de corazón. Y a veces en las familias la gente no se perdona. Entonces quiere decir que nos cuesta mucho trabajo dar ese óbolo, esa ofrenda de un perdón sincero y a veces como que sí perdonamos pero de mala gana. O a veces sí obedecemos, pero de mala gana. Eso nos puede pasar a los religiosos. ¿Qué calidad de respuesta tienes tú ante el Señor cuando se te niega algo que tú querías? Ahí es donde se ve una ofrenda. Cuando uno quiere algo y resulta que el superior o el capítulo o el que sea le dice: No, señor, usted no va a hacer esto, sino va a hacer esto otro. ¿Qué pasa con la cara suya? ¿Qué pasa con su corazón? Probablemente ahí está el caso del dar de mala gana del que nos habló el Eclesiástico.

A veces uno quiere hacer negocios con Dios, que es el tercer defecto. Incluso San Pedro en el Evangelio de hoy aparece en esa tónica. Le dice Pedro a Jesús: Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Y en otra recensión de esta misma escena, Pedro explícitamente le pregunta a Jesús: ¿qué va a pasar con nosotros? Ese sentía que estaba haciendo negocios. Entonces es un defecto que ya cometió el primer Papa y que seguramente hemos cometido muchas veces nosotros. Por ejemplo, cuando nos esforzamos haciendo un apostolado y la gente no es agradecida, entonces uno dice entonces ¿para qué trabajo? ¿Para qué me mandaron esto si ni siquiera la gente lo agradece? También hay ocasiones en que uno puede ofrecer cosas mal habidas y en este sentido, nuestros votos son supremamente exigentes, porque cuando pecando contra el voto de pobreza uno empieza a reservar cosas, pero uno dice no, es que esto es para yo utilizarlo como yo quiera, pues eso lícitamente no le pertenece a usted. Usted está haciendo una obra buena, pero la está haciendo mal.

Y dice San Vicente de Paúl: que no consiste la perfección cristiana en hacer el bien, sino en hacer bien el bien. Y finalmente tenemos el tema del corazón, del obedecer de corazón, del no reservarse ni siquiera los pensamientos más íntimos. Yo creo que uno puede tomar este texto del capítulo treinta y cinco del Eclesiástico y volverlo un manual de santidad. Ahí hay toda una teología de la vida sacerdotal, de la vida religiosa, de la vida matrimonial en general, de la vida cristiana. Observemos que cada vez que celebramos la Eucaristía. Nos estamos uniendo a la ofrenda de Cristo.

Entonces contemplemos a Cristo en la cruz, porque es el mismo sacrificio de la cruz el que sucede en el altar. Y ahí veremos lo que sí es una ofrenda perfectamente hecha, sin reservarse nada. Desde el corazón, con absoluta pureza de intención, con total obediencia. Ese sacrificio que tenemos todos los días sobre el altar, nos está recordando cómo tiene que ser nuestra vida. Decía San Agustín: que uno tenía que comulgar. Claro que comulgar santamente, no comulgar de cualquier manera. Y dice San Agustín: Come el precio de tu redención para que no te desprecies. Eso es una manera muy bella de decir lo que sucede en la Eucaristía. Si uno come la Eucaristía sabiendo que esa es la ofrenda perfecta. Yo pienso que Cristo vivo dentro de uno, empieza a volverlo a uno, una ofrenda mucho más agradable al Padre Celestial.

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