|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Cuáles son las cuatro grandes ofrendas que podemos darle a Dios?
Homilía i082003a, predicada en 20030304, con 30 min. y 45 seg. 
Transcripción:
Hermanos míos, si vamos a la realidad de las cosas, descubrimos que uno siempre se acerca a Dios a través de necesidades, a través de problemas, a través de enfermedades, contradicciones, fracasos. Nos acercamos a Dios casi siempre en estos momentos de dificultad y lo primero que le pedimos es que nos ayude, porque entendemos que si alguien nos puede ayudar es él. El tema de las lecturas de hoy en este sentido es un poco extraño porque se refiere a las ofrendas, se refiere a lo que uno le da a Dios. Casi siempre uno está pensando por aquello de los problemas. Uno está pensando en lo que Dios le da a uno. Y las lecturas, estas nos hablan de lo que uno le da a Dios. El libro eclesiástico habla de los sacrificios rituales, de los holocaustos, de las ofrendas. Y el Evangelio nos habla de la pregunta que hizo el apóstol Pedro: ¿Nosotros lo hemos dejado todo a nosotros qué nos va a tocar? Es decir, Pedro ahí habla como de un sacrificio, como de una ofrenda, como de una renuncia que ha realizado. Y por eso vamos a detenernos a pensar un poco en lo que significa eso. Darle algo a Dios. ¿Qué pasa cuando uno le da algo a Dios y qué se le puede dar a Dios? Porque uno piensa mucho en lo que Dios le puede dar a uno, que me dé salud, porque qué pereza estar enfermo. Que me dé dinero, porque qué humillación ser pobre y que me dé amor, porque sin amor no voy a ser feliz. Salud, dinero y amor. Ahí están las tres peticiones. Eso es lo que nosotros esperamos que Dios nos dé a nosotros. Pero yo no le puedo dar salud a Dios. Dios no necesita de mi dinero. Tal vez lo del amor se podría pensar ¿Qué le puedo dar a Dios? ¿Qué le ha dado la gente a Dios? ¿Cómo recibe Dios eso? ¿Y qué le pasa a la gente que hace verdaderamente una ofrenda? Ese es el tema al que nos llevan las lecturas de hoy. Ofrecerle algo a Dios. Dios no necesita nuestras cosas. En algún lugar el Señor se queja a través de un profeta y dice: Mire, yo no necesito sus sacrificios. Todo lo que hay en los campos es mío. Todas las fieras, todos los ganados son míos. No es tanto nuestras cosas lo que Dios quiere, pero Dios sí quiere algo de nosotros. El santo cura de Ars decía lo siguiente: Dios creó a las aves para que cantaran y cantan. Y son los arroyos para que corrieran y corren por la montaña. Hizo el hombre para que le conociera y lo amara. Y no le conoce y no le ama. ¿Qué quiere Dios de nosotros? ¿Qué es lo que Dios puede recibir de mí que ya no tenga? Hay varias cosas. Vamos a hacer una lista de las cosas que Dios no tiene y que sí si quiere. Y luego vamos a descubrir de la mano de estas lecturas qué le pasa a la gente que le da esto a Dios. Es verdad que Dios hizo los arroyos, pero el agua no puede negarse. El agua está movida por una ley natural. Hizo los pájaros, pero los pájaros siguen sus instintos. Hizo los árboles, pero los árboles siguen las leyes de la biología o de la botánica. Ninguna de estas criaturas puede decirle que no a Dios. Solo nosotros. Solo los seres humanos tenemos el atrevimiento de decir no o tenemos la grandeza de decir sí. Por eso lo que busca Dios en nosotros, sobre todo es nuestra voluntad. El gran sacrificio nuestro es el sacrificio de nuestra voluntad, que tiene un nombre, un nombre un poco antipático, pero un nombre muy importante para todo el que quiera buscar la felicidad. Ese nombre es obediencia. Y por boca del profeta Samuel, Dios le dijo al rey Saúl. Le dijo: Mira, vale más obedecer que ofrecer sacrificios, porque Dios le había mandado al profeta, al rey Saúl. Dios le había mandado que hiciera un sacrificio con un botín de guerra y que quemara todo y que nada tenía que quedar. Y entonces Saúl decidió que no, que esas reses estaban muy bonitas, que la tropa tenía hambre y que se podían ofrecer sacrificios, no de aquellos en que se quemaba todo, sino sacrificios en los que se ofrece algo a Dios, pero también se reserva algo para el que está ofreciendo. Y Saúl no cumplió con lo que Dios le había dicho. Y entonces el profeta Samuel le dice a Saúl: Mira, es que tú no obedeciste. Y él dijo: No, yo sigo, obedecí. Lo que pasa es que yo reservé lo mejor del ganado para ofrecerlo después, lo mejor para ofrecerlo después. Y le dijo Samuel No, señor. La obediencia vale más que los sacrificios. Hay algo que Dios no tiene de ti que sí quiere y es tu voluntad. Cuando tú le dices sí a Dios, este sí es precioso, porque ese sí no se lo puede decir ni la piedra, ni el arroyo, ni el ave. No se lo pueden decir los peces ni las galaxias más grandes. Hay en nosotros algo maravilloso la capacidad de decir sí o de decir no, eso está en nosotros. Dios quiere mi si, Dios quiere mi aceptación, Dios quiere mi obediencia. Hay otra cosa que Dios quiere y que no tiene y que se parece y se desprende de esto que acabamos de decir. Dios quiere también mi tiempo. Dios quiere algo de mi tiempo. Es impresionante cuando uno se hace la pregunta ¿Cuánto tiempo le dedico a Dios? ¿Cuánto tiempo? Hay mucha gente que tiene salud, que tiene vida, que tiene trabajo, que tiene dinero y tiene un millón de cosas en qué pensar. Y puede pasar días y días sin un solo pensamiento para Dios, sin uno solo. Conocí a una joven que tenía diecinueve años. En ese momento padecía una enfermedad que parecía terminal, un problema gravísimo en los riñones. No sé qué enfermedad le dio una cosa terrible en los riñones. Era una persona normal y ella contaba su conversión y era un asunto impresionante porque ella decía Todo mi tiempo era para mí y no me alcanzaba, para mí, para sentirme viva, para sentirme bonita, para sentirme amada, para sentirme feliz, para lograr lo que yo quería, para buscar lo que yo quería, dice: Pasaban meses sin que yo tuviera media hora para dársela a Dios. Y si me decían una misa, yo buscaba la misa más cortica, donde habrá un cura que diga misas de trece minutos, de once minutos, si hay uno de siete minutos mejor, porque no tenía tiempo para Dios. De pronto, pues al parecer Dios, digamos, le cambió por completo su calendario, le cambió su agenda. Su agenda era yo ahora voy a la universidad porque me estoy preparando para ser una gran profesional, para ganar mucho dinero que luego invertir en mí, en mi casa, en mis hijos, en mi hogar. Ella giraba en torno a sí misma, pero una enfermedad la tiró a una cama y tirada en una cama. Entonces ya no podía ir a la universidad. Claro, los amigos fueron a visitarla una vez. Luego volvieron a visitarla dos veces. Algunos amigos aparecieron tres veces. Todavía quedaban algunos amigos que iban cinco veces. Pero es tan aburrido visitar a una persona enferma que no puede sostener bien una conversación, que no sabe decir cosas emocionantes, que no sabe los temas de moda, que lo único que sabe es de hospitales, enfermeras, diálisis, aparatos, dolores. Porque claro, la conversación de esta muchacha era pues figúrate que ahora parece que me van a cambiar de la droga. Sí, sí. Bueno, trata de recuperarte. Tenemos un paseo. Tenemos. Tenemos tu sobras. Tú no cabes en nuestros planes. Y ella empezó a sentir que la gente no tenía tiempo para ella. Es un testimonio impresionante porque ella tenía muchísimo tiempo para sus amigos. Pero cuando los amigos vieron que ella se volvía aburrida, que ya no tenía nada que hablar y que en cambio empezaban a aparecer otra serie de preguntas. Claro, porque hubo un momento en el que un médico le dijo: Señorita, tengo que decirle algo muy serio y usted tiene que ser la primera en saberlo. El desenlace de esta enfermedad puede ser fatal. Ella nunca había pensado que alguien pudiera morir antes de cumplir veinte años. El desenlace de esta enfermedad puede ser fatal. ¿Eso qué quiere decir, doctor, que me voy a morir? Que hay una posibilidad de no sé cuántas de que usted muera. Y claro, cuando uno piensa: A ver, estamos en marzo y tal vez no voy a llegar a diciembre. Entonces uno dice: Un momento, cómo estoy viviendo, cómo estoy viviendo, cómo trato a mi papá, cómo trato a mi mamá? Claro, como ella era la reina coronada de su mundo, de su imperio, ella sentía que se lo merecía todo. La mamá estaba ahí, a los pies. Es la que tiene que hacerme las cosas. ¿Mamá por qué no está esta ropa? ¿Papá por qué no me diste la plata? Papá, yo te he dicho muchas veces que necesito esa plata. Ella sentía todos los derechos. De pronto, cuando le dicen: Tú tal vez no terminas el año, entonces ella empieza a pensar cómo ha tratado al papá. Ella empieza a pensar cómo está utilizando su tiempo tirada en esa cama. Vive un proceso de conversión porque el reloj le cambió completamente. Los amigos le cambiaron completamente. Ustedes vieran las lloradas que se pegaba esta niña diciendo: Pero ¿por qué nadie me llama? Ahí sentía ella ¿Por qué nadie me llama? Hasta que un día. Hasta que un día como que el Señor Jesús le hizo entender. Mira, ellos tienen todo el tiempo del mundo, pero están ocupados en otras cosas. Y ella como que sentía muy dentro de su conciencia. Yo también tuve todo el tiempo del mundo y jamás levanté el teléfono para llamar a Dios. El teléfono para llamar a Dios se llama la oración. Y yo no tenía tres minutos para decir una oración. Nunca tuve tiempo para Jesús. Entonces ella vivió su conversión en esa cama. Y para mí era impresionante las veces que pude visitarla. Era impresionante ver a una joven que no tenía veinte años y la manera como hablaba porque porque hablaba con una seriedad, pues con sus términos y con su sencillez, pero hablaba con una seriedad, con una profundidad de lo que significa la muerte, lo que significa la vida, lo que significan los amigos. Y ella decía, pero decía con una humildad: ¿Y si el Señor me permite salir de esta? Yo le digo Padre, yo voy a vivir de otra manera, yo voy a organizar mi tiempo de otra manera. Ahí entendió ella lo que significaba el tiempo, darle el tiempo a Dios. Entonces, fíjate, hemos descubierto dos cosas que podemos darle a Dios la voluntad, es decir, la obediencia. La obediencia es muy importante la obediencia, porque el que no obedece a Dios un día tiene que preguntarse ¿a quién ha obedecido? Eso es muy fácil de responder si usted habla con un sacerdote. Si usted habla con un sacerdote y le pregunta ¿Oiga, el que no obedece a Dios, a quién ha obedecido y qué le pasa? El sacerdote seguramente tiene montañas, libros enteros de historias de lo que le pasa a la gente que no quiere tener a Dios como su Dios. Y eso también lo sabemos seguramente nosotros. ¿Qué le pasa a una persona cuando no quiere tener a Dios como su Dios? Más tarde o más temprano se da cuenta detrás de qué le toca arrastrarse, humillarse y esos otros ídolos, llámense un hombre, llámense una mujer, llámense un puesto, llámense una plata, esos otros ídolos son crueles, mientras que el Dios vivo, cuando yo me arrodillo, me abraza. Los dioses muertos, los ídolos satánicos. Cuando yo me arrodillo, me aplasta, me pisa, me destruye. No más, No más. Hermanos, para el apóstol San Pablo, por ejemplo, es muy claro eso. Todo el mundo se arrodillará un día frente a alguien, todo el mundo se arrodillará. Y el que dice a mí no me manda nadie. Luego lo ve uno llorando por la calle y lo ve uno llorando por la por la casa, mendigando un poquito de alegría, pidiendo un poquito de amor, reclamando un poquito de felicidad. Como el que tiene un vicio. Todo lo que le toca sufrir a una persona, todas las humillaciones que tiene que pasar por tratar de conseguir un poquito de dinero para sostener su vicio. ¿No es eso arrastrarse delante de un ídolo? Y cuántas infidelidades y cuántos adulterios por buscar unos momentos de pasión. ¿No es eso arrastrarse? Me acuerdo de un hombre que me decía en proceso de conversión él había asistido a un retiro con la Renovación Carismática y el hombre estaba roto por dentro y me decía: Padre, usted no sabe lo que se siente ni se lo deseo a nadie. El día que voy saliendo de mi casa y me dice mi niña menor, mi bebita hermosa, se me queda mirando y me dice: ¿Papi, no me puedes comprar los cuadernos? Y yo le tenía que decir no, no mi hijita, miremos a ver para la otra semana o el otro mes, porque esa plata me la había bebido y me la había rumbeado con una amante que no se la merecía. Me había tragado la plata, me había bebido la plata de los cuadernos de mi hija y tener que mirar a mi hija y decirle: No, mijita. Usted no sabe cómo me sentí. Yo me sentía, me sentía como una lombriz arrastrándome y decía: ¿Cómo diablos es que no puedo yo salir de esto? ¿Por qué no puedo desprenderme de esa maldita vieja? ¿Por qué no puedo dejar eso? Eso es arrodillarte. Eso es arrastrarse delante de un Dios muerto. Por eso uno tiene que buscar la obediencia al Dios vivo, porque si yo me arrodillo delante del Dios vivo, Él me abraza y me levanta. Si no me arrodillo delante del Dios vivo, un día estoy postrado, estoy arrastrándome delante de un Dios muerto, delante de un ídolo que me pisa y que me destruye. Por eso entendemos una cosa que es lo que nos muestra Jesús en el Evangelio. Cuando Dios nos pide que le obedezcamos, no es porque nos necesite y porque si nosotros no pueda vivir. Cuando Dios nos pide que le demos tiempo, no es porque nos necesite y porque si nosotros no pueda vivir. Dios nos pide que le ofrezcamos nuestra obediencia y que le ofrezcamos nuestro tiempo. ¿Saben por qué? Porque nos ama. Porque nos ama, porque Él sabe que el que no lo obedece a Él un día estará arrastrándose y revolcándose delante de un ídolo muerto, y los ídolos muertos trituran la cabeza, destruyen el alma. Él sabe que si nosotros no le damos el tiempo a él, un día nos van a hacer lo que le hicieron los amigos a esta muchacha. ¿Y por qué no me llaman? ¿Y por qué se olvidaron de mí? Porque yo ya no soy plan para sus fiestas. Porque yo ya no soy compañía para sus paseos. Porque yo ya no puedo aportar nada. Porque ya no es agradable abrazarme. Porque ya no es agradable besarme. Claro, la piel se le iba poniendo cetrina. Es una piel cercana a la muerte. Ya no es agradable abrazarme ni besarme. Y entonces ahí viene la verdad de la vida. Entonces, ¿cuál es la verdad de la vida? Si Dios nos pide ofrendas sobre toda la ofrenda de la obediencia y la ofrenda del tiempo, si Dios nos pide esas ofrendas es porque nos ama, es porque quiere lo mejor para nosotros. Eso es lo que Dios quiere. Pero hay otra cosa que Dios quiere, y hay algunos que dicen que la quiere más que nuestra obediencia y más que nuestro tiempo, incluso. Hay una carga que cada uno de nosotros lleva y esa carga es la carga de los pecados. Dios quiere que tú le entregues tus pecados. Y hay otra carga que también Dios quiere que tú le entregues. Según nos enseña el apóstol San Pedro en una de sus cartas dice San Pedro: Arrojad en él todas vuestras preocupaciones. Dios quiere que tú le entregues tus pecados, y después quiere que tú le entregues todas tus angustias, todas tus cargas. Dios quiere que tú entregues todo eso, y Dios es feliz de que tú entregues eso. Esa es la maravilla de lo que sucede en el sacramento de la Confesión. Precisamente este tiempo de Cuaresma y este tiempo después de Pascua, pues son tiempos precisamente para eso, para vivir la conversión. El gran regalo que tú le puedes dar a Dios es bueno tu obediencia, tu tiempo. Pero ¿por qué no le entregas de una vez el saco de tus pecados? ¿Por qué no le entregas ese costal pesado? Él quiere eso. Él quiere eso. Miremos cómo obró Él en el Evangelio. Y lo que él quería era eso. ¿Qué le quitó a la samaritana? Los pecados. ¿Qué le quitó a Zaqueo? los pecados. ¿Qué le quitó a Mateo? Los pecados. Cristo, movido por una misericordia infinita, se acerca a nosotros y busca de nosotros eso la carga de nuestros pecados. Y esto se da sobre todo en el sacramento maravilloso de la confesión. Cristo nos animó tanto a entregar nuestros pecados que incluso nos dijo una vez: Hay fiesta en el cielo por cada pecador que se convierta y dijo: que había más fiesta en el cielo por un solo pecador que por noventa y nueve justos que no necesitaran convertirse. Dios quiere hacer fiesta contigo, quiere hacer fiesta en el cielo y lo único que pide es la carga de tus pecados. Pero también quiere que entreguemos la carga de nuestras angustias porque nos enseñó en el Sermón de la Montaña que no debíamos andar angustiados y desesperados por el mañana. Ya vuestro Padre sabe de qué tenéis necesidad. Entregarle a Dios nuestras angustias es darle la oportunidad a Dios de mostrar su estilo, los casos más difíciles, los casos que parecen imposibles. Haz la prueba de entregarlos a Dios. Es un experimento que todos tenemos que hacer. Haz la prueba de entregar los casos imposibles a Dios. Es una cosa fantástica. No todo funciona. Yo no les voy a decir aquí palabras almibaradas solo para convencerlos. No todo funciona. Hay cosas que le he pedido a Dios con muchísimo amor. A todos nos ha pasado y no nos las ha concedido. Él sabrá por qué. Yo no estoy diciendo que es una fórmula mágica. Ni Dios es un brujo, ni la oración es magia. Pero cuando tú descubres que ciertas cosas que parecían imposibles llegan, cuando tú descubres la paz que se encuentra al entregar las angustias chicas o grandes. Entonces empiezas a descubrir que se puede sonreír, que se puede, que se puede cantar y que se puede dar amor. Porque una de las estrategias preferidas del demonio es llenarnos de angustia. Cuando el demonio nos llena de angustia, logra dos cosas. Y con esta reflexión terminamos estas palabras. A través de la angustia, el demonio logra dos cosas en nosotros. Lo primero que logra y que tal vez es como lo más importante, es que nosotros nos volvamos mendigos de la alegría. Una frase que repito en más de una predicación. Al demonio le gustan las almas tristes porque son su juguete. Un alma triste, un alma amargada es un juguete para el demonio. ¿Por qué? Porque cuando una persona está triste, como el ser humano, necesita siempre de algún aliciente, fácilmente se le puede tentar por un lado y por otro. Nada más fácil que tentar a una persona triste. Una persona triste empieza a ver que la botella de aguardiente llanero le palpita, le palpita. Claro, ahí está mi respuesta. Una persona triste, una persona amargada, siente que de pronto le sonríen. Hay esa sonrisa, esa voz, esa mirada, ese cuerpo, ahí está la solución de toda mi tristeza le palpita. Eso le sale resaltador. Pues a ese señor o a esa señora. Qué atractivo, qué atractiva resulta, porque estoy triste. El que está triste todo lo encuentra atractivo. El que está triste encuentra la droga. El que está triste, encuentra todo tipo de relaciones. Miren, he descubierto. No es ningún gran descubrimiento que muchísima gente se ha metido en unas relaciones tan enfermizas, morbosas contra la naturaleza. Por ejemplo, muchísimos casos de homosexualismo surgen así. Surgen así. Hace unos pocos días estaba atendiendo una persona involucrada en una relación lesbiana y era exactamente eso, exactamente eso. En los momentos peores de mi vida, en una depresión espantosa, solo hubo alguien que me brindó un poco de cariño. Y así empezó una amistad. ¿Pero yo qué iba a saber qué era lo que quería esa mujer? Y así empieza. Así empieza la relación. O sea que un alma triste es un alma con la que el demonio puede jugar a las escondidas. Las almas tristes son un juguete. Por eso tenemos que pedirle a Dios que nos dé alegría. Alegría no es solamente sentirse uno de buen ánimo. Todo en orden. No hay problemas. No, La alegría no es una ilusión. La alegría es la conciencia del bien que Dios nos ha dado. Nos enseña Santo Tomás de Aquino. El que vive en la alegría es muy difícil de tentar. Piense usted, por ejemplo, si se encuentra un señor que es casado, pero que es feliz, inmensamente feliz, con su esposa, con sus hijos. No hay a la hora de llegar a su casa. Quiere mirar cómo están esos niños. Es muy difícil para una mujer tratar de volverse amante de ese señor. En cambio, si hay otro que es amargado, si hay otro que está triste, si hay otro que lo piensa cuatro veces, se rasca la cabeza y ahora me toca ir donde la patico Pantera, Tigresa y Cobra. No Ay, ahora me toca ir donde la patico. Ahh, claro, un hombre así, amargado, triste es plato fácil. Plato fácil. Ya está hecho. El problema ya está hecha la ocasión. Lo mismo sucede con un sacerdote. Un sacerdote que anda triste, un religioso que anda amargado, muy peligroso. Que le empiecen a tentar tantas cosas. Y ahí vienen los problemas. Entonces fíjate, cuando no entregamos las angustias, nos llenamos de tristeza y la tristeza hace que seamos muy fáciles de tentar. Pero lo otro que consigue el demonio cuando nos colma de tristeza, cuando nos llena de angustias y preocupaciones. Se acuerda cuando en los dibujos animados aparecen unos muñecos que tienen aquí una nube negra que los acompaña a todas partes y para donde va, va con una nube negra, ¿con esa nube negra que logra el demonio? logra que nosotros nos concentremos en nosotros mismos y eso cierra la misericordia y cierra la caridad para con el prójimo. Una persona amargada es una persona que está pensando sólo en sí misma. ¿Qué hago para quitarme esto? Yo creo que ya me enfermé. Como decía por allá una señora una vez. Padre, yo siempre fui hipocondriaca. Así como que se llaman las personas que siempre se sienten enfermas de una cosa y de otra. Y me enfermé y todo me duele y estoy enferma. Y bueno, padre, yo siempre fui hipocondriaca, pero lo de ahora sí es peor, Padre. Encerrada, no metida en sí misma. Por eso el ejercicio de entregarle nuestras angustias. ¿Que hay problemas? Sí. Y el tiempo en el que vivió Jesús era un tiempo sin problemas. ¿Que hay problemas? Muchísimos. Hay que. Hay una degeneración. Pero mire cómo están esos jóvenes. Pero mire esos matrimonios. Pero mire esas familias, mire cómo está el mundo. Y ese fue el mundo que conoció San Pablo. Ese fue el mundo que conoció Jesucristo. Ese fue el mundo en el que María la Inmaculada vivió y murió. Ese es el mismo mundo. Desde que el mundo es mundo, es opuesto a Dios. Punto. Jesús mismo lo dijo: El mundo los va a odiar, porque si ustedes fueran del mundo, el mundo estaría feliz con ustedes, pero el mundo los va a odiar. Desde que el mundo es mundo va a haber problemas que hoy se llama terrorismo y que no había terrorismo en otras épocas, pues había otros tipos de terrorismo, que hay crueldad, que hay desaparecidos. El otro día estaba leyendo una historia de cómo era la vida de la gente en la antigüedad, por allá en el imperio griego, Imperio macedonio, en el Imperio Romano, unos extremos de crueldad que uno no. Mejor dicho, es una lectura repugnante a veces. ¿Cómo era el trabajo de las minas? ¿Qué le hacían a los prisioneros de guerra? Es decir, los torturadores de las Farc o de los paramilitares no tienen nada que envidiarle a esos sádicos que vivían en esa época. Miren. Sadismo, morbosidad, crueldad, familias fracturadas, terrorismo, todo eso. Mire el menú. Lo que cambia es que a veces dan tomate chonto y a veces dan tomate y tomate rojo tomate, pero siempre tomate. Eso siempre es lo mismo. Siempre el mundo lo que ha dado es eso. El cristiano sabe que siempre y en todas partes le toca vivir en contravía. ¿Cuál es el problema? Nosotros, por virtud de nuestra cabeza que se llama Jesucristo, estamos adaptados para vivir en contravía. Y si usted se va para Roma y se entra al Vaticano, qué encuentra una cantidad de problemas allá en todo ese poco de curas y obispos y cardenales también tienen su poco de problemas. Eso no hay lugares. Y si usted se va por un monasterio que encuentra otro poco de problemas de manera, hermanos, que nosotros no nos dejemos engañar. Hay cuatro cosas que le podemos dar a Dios, cuatro grandes ofrendas y ojalá empecemos a dárselas pronto. La ofrenda de nuestra voluntad que se llama obediencia, la ofrenda de nuestro tiempo, que significa vivir en su presencia, la ofrenda de nuestros pecados, que significa conversión y arrepentimiento, y la ofrenda de nuestras angustias, que significa aprender a confiar en Él y no dejarnos engañar del cachudo. No nos vamos a dejar engañar del diablo, no nos vamos a dejar engañar. Ah, bonita la cosa, Me voy a dejar entristecer. Sí, sí, claro. Y después que me propongan cualquier pendejada y estar yo allá atrás, atrás de cualquier tontería pecando. Ya conozco la estrategia. ¿Cómo me voy a dejar de eso a que me llenen de amargura para empezar a volverme egoísta y dejar de amar a mis hermanos? No, eso no, eso no va a ser conmigo. Cuatro ofrendas importantes, cuatro grandes sacrificios. Y bueno, nos quedó la mitad de la homilía sin decir eso tocará en otra ocasión, porque nos faltó decir ahora qué le pasa a la gente que hace esta ofrenda, queriendo Dios en unos dos o tres años, dos o cuatro años, cuando vuelvan a aparecer estas lecturas, tenemos que predicar sobre eso. ¿Qué le pasa a las personas que hacen estas ofrendas a Dios? ¿Qué maravillas hace Dios? Pero que nos sirva de pista lo que dijo el Eclesiástico. El Señor te dará siete veces más. Y Jesús mejoró la cifra cien veces más. Sigamos nuestra celebración. Ya sabemos qué le podemos y qué le queremos dar a Dios, porque Él nos ha creado y es nuestro Rey.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|