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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El lugar del culto a Dios es el mismo lugar del amor a nuestros hermanos.

Homilía i082001a, predicada en 19970527, con 7 min. y 37 seg.

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Transcripción:

La lectura del libro eclesiástico sitúa las ofrendas como acto de culto, como acto de religión en su relación con la justicia, particularmente con las relaciones que se tienen con los prójimos. La relación que se tiene con el hermano. Podemos decir que esta lectura nos enseña a evitar dos extremos primero, el culto vacío o hipócrita. Cuando se nos dice el que observa la ley. Enhorabuena. Ofrenda. El que hace favores, ofrendas, Flor de harina. El que da limosna ofrece sacrificio de alabanza. Se nos está diciendo que el lugar del culto a Dios es el mismo lugar del amor al hermano, y que estos actos de justicia y de amor para con nuestros hermanos.

Son también obras de alabanza, obras de culto, obras de reconciliación con el Señor. Es la misma idea que nos encontramos en otro lugar donde se dice: Rompe tus pecados con obras de justicia y también donde dice: La limosna perdona muchos pecados. Es bien interesante pensar que el lugar de la absolución no siempre o no, solo está para aplicarlo a nuestra Iglesia, no siempre, no solo está en el confesionario, digamos. que hay también un lugar de perdón allí donde se realizan obras de justicia y de amor por el hermano.

Ahora bien, desde luego que la enseñanza de la Iglesia, pues, es clara en el sentido de que para que esas obras de amor y de justicia tengan pleno valor ante Dios y sirvan realmente para reconciliación nuestra, pues eso no vale sin más para todos los pecados, particularmente si la vida de la gracia está muerta en el corazón, que es lo que sucede en el pecado mortal, pues la puerta a la que todos estamos llamados es indudablemente la confesión, el sacramento de la reconciliación, que aplica de nuevo en el corazón los frutos de la Pascua de Cristo. Pero este hecho, este hecho, no debe hacernos olvidar que hay un lugar de perdón, que hay un lugar de reconciliación.

Sobre todo porque para muchos de nosotros ese pecado que mata la vida de la gracia y que por eso se llama mortal, no es el único pecado y probablemente no es el pecado que está entorpeciendo fundamentalmente la obra de Dios en nuestros corazones. De manera que si uno se va a quedar aplicando a su vida solo lo que se dice del pecado mortal. Pues está muy descuidado, está miope con respecto a otras faltas que están haciendo mediocre la vida y que probablemente tendrían su mejor lugar de perdón ahí en la relación con los hermanos. Lo mismo sucede con respecto a la lectura de la Palabra de Dios. La lectura de la Biblia perdona pecados. Lo mismo la oración. Lo mismo el ayuno.

En fin, volviendo a nuestra lectura, aquí de lo que se trata es de contar que hay una relación estrechisima entre ese amor por el que abro el corazón a mi hermano y ese amor que abre el corazón de Dios para mí. Si abro el corazón a mi hermano en ese mismo acto, estoy abriendo el corazón de Dios para mí. Y eso es lo que se quiere con las ofrendas de propiciación, con las ofrendas litúrgicas, con los actos de culto. Pero ese es solo un aspecto de la enseñanza. El aspecto que nos enseña a evitar el extremo del culto vacío. Pero hay personas que entonces horizontalizan completamente su fe y entonces convierten todos sus actos de amor a Dios, como en equivalentes de actos de amor al prójimo, o como si bastara con amar al prójimo, porque en el prójimo ya está Dios. Tal vez no sea la tentación directamente de quienes nos encontramos aquí. O tal vez sí. Pero en todo caso, sí es una tentación que acecha a muchas personas.

Ver que su trabajo por la comunidad, que su trabajo por los pobres, que su trabajo por los necesitados, es ya todas sus religiones. Y resulta que esta lectura, así como nos invita a hacer del amor al prójimo el lugar del culto a Dios, así también nos invita a perfeccionar el amor al prójimo en la ofrenda litúrgica. Y por eso dice: Honra al Señor con generosidad y no seas mezquino en tus ofrendas. Cuando ofreces con buena cara y paga de buena gana los diezmos, va al Altísimo como Él te dio generosamente según tus posibilidades. Indudablemente ya ahí no se está refiriendo a ningún acto específico de amor al prójimo con el prójimo, sino se está refiriendo de actos propiamente religiosos y está invitando a que seamos perfectos en el amor al prójimo y también sin exclusión, seamos perfectos en el amor a Dios.

De manera que valga aquí lo que dijo Jesús en otro contexto lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Dios ha querido que el mismo amor santifique, unja, sane, eleve nuestra relación con nuestros hermanos y al mismo tiempo nos santifique, nos perdone y nos eleve en los actos de religión, de amor a Dios. ¿Por qué hemos de separarlos? ¿Por qué buscar vanamente, estérilmente, mentirosamente un amor a Dios si no amamos a los hermanos? Pero al mismo tiempo, por qué excluir del amor específicamente a Dios, nuestras relaciones con esos hermanos. Es profunda la enseñanza de amor a Dios y al prójimo que nos ha traído esta lectura. Que Cristo Jesús, presente y dador de su propia vida en este sacrificio eucarístico, nos conceda reunir, como lo reunió en su corazón, el perfecto amor a Dios y el perfecto amor a nuestro ser.

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