Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La codicia no tiene freno por sí misma por ello hay que aprender a manejar la soberbia, el concentrarse solo en lo terrenal, el egoísmo y la vanidad.

Homilía i081011a, predicada en 20250303, con 11 min. y 30 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos, hoy vamos a hablar de los peligros de la riqueza. Difícilmente encontraremos una persona que no quiera mejorar su situación económica. El que está realmente pasando hambre, pasando gran necesidad por supuesto que quiere salir de esa condición. El que tiene un sueldo bajo, pues quisiera ganar más. El que está en una situación que solemos llamar de clase media, pues quisiera tener algún dinero para darse lo que la gente llama unos gusticos. El que ya está ganando bastante se pregunta ¿por qué no puede ganar más? Y el que tiene muchísimo, empieza a competir con otros que también tienen muchísimo, para ver cómo puede ser el primero, cómo puede ser el campeón, cómo puede ser el más poderoso, el más adinerado. Es decir, que de alguna manera todos o casi todos quieren o queremos mejorar nuestra situación económica. Eso en sí mismo no es malo.

Pero hay dos observaciones que hay que hacer. La primera es que, date cuenta que prácticamente no hay un freno para eso. Muchas personas que ya tienen muchísimo, pues quieren seguir acumulando. Yo recuerdo el caso de un terrible narcotraficante que tuvimos en este país en Colombia, y este hombre acumulaba rollos de billetes, rollos de dólares en barriles. O sea, imagínate cuantos billetes se necesitan para llenar un barril. Pero a pesar de que tenía todo ese dinero, todavía quería más dinero y quería ser el único. Y quería ser el rey, por así decirlo, hasta el punto de entrar en una lucha frontal con otros narcotraficantes para quedarse él con todo el mercado. A pesar de que ya tenía, te repito, barriles repletos de dinero. O sea, que ahí vemos una realidad. Y es que la codicia no tiene freno por sí mismo. Gracias a Dios hay muchas personas que porque han tenido una buena conversión o porque han tenido experiencias fuertes en la vida, llegan a la conclusión de que no tiene sentido entregar toda la salud y entregar muchas cosas bellas, que también tiene la existencia solamente a producir y producir más dinero. Pero la verdad que he dicho, yo creo que se sostiene. La codicia no tiene un freno en sí misma. Esto debemos tomarlo en serio. Y ese es el primer punto.

El segundo punto, que es el corazón de esta pequeña reflexión. Es que la riqueza también tiene muchos peligros y vamos a anunciar unos cuatro o cinco peligros que tiene la riqueza, sobre todo para evitar la idolatría de la riqueza o para evitar esa idea de que si me ha ido regular o me ha ido mal económicamente, entonces no he hecho nada en la vida. Mira, la riqueza tiene varios peligros. Tal vez el primero de ellos que lo señala a San León Magno es la Soberbia. Efectivamente, la persona que tiene mucho dinero, pues sabe que ese dinero se traduce en recursos, se traduce en amistades, se traduce en contactos. Se traduce en oportunidades y por eso la persona que tiene mucho dinero suele acostumbrarse a solucionarlo todo por sí mismo y a su manera. Y esta autosuficiencia, pues, es difícil que no produzca orgullo. Por supuesto, cada uno de estos peligros puede ser conjurado. Puede ser vencido si la persona tiene buenos principios. Si la persona reconoce el señorío de Dios. Si la persona es caritativa, etcétera. Pero no dejemos de señalar los peligros, no dejemos de señalarlos, porque repito que hay mucha gente que está poniendo todo su corazón en acumular mucho dinero. Así que el primer problema, el que señala San León Magno, es el problema de la Soberbia.

El segundo problema que tiene la riqueza que también aparece en la revelación bíblica, es que la persona que acumula mucho dinero fácilmente concentra todo su interés en esta tierra. Hay un nombre técnico para ese amor demasiado a lo terrenal, que significa también un desinterés por lo celestial, por lo trascendente, por lo eterno. El nombre que tiene ese daño es Inmanentismo. El primer daño es la soberbia. El segundo daño es el inmanentismo. Inmanentismo quiere decir concentrarse únicamente en lo que es terrenal, en lo que es corporal y con el daño de que la persona se desinteresa. Se desinteresa de lo espiritual, se desinteresa de lo trascendente, se desinteresa de lo celestial. Es muy fácil que a la persona se le olvide que esta vida es breve, que esta vida se acaba y que nos aguarda una eternidad, y que en esa eternidad no son las riquezas materiales lo que más importa. Si vas a hablar de algo que importa, pues tendrías que hablar de los bienes espirituales. Por algo Cristo dijo Acumulen tesoros en el cielo. Pues ese mandato de Cristo es muy fácil de olvidar cuando la persona está nadando en la abundancia de los bienes de esta tierra, es muy fácil que pierda todo interés por los bienes del cielo, sí está prácticamente nadando en los bienes de la tierra. Eso se llama Inmanentismo.

El tercer daño que también aparece en los Evangelios es el daño del Egoísmo. Es decir, la dureza para compartir los bienes, la dureza, no solamente para dar dinero, para hacer donaciones. La dureza para crear oportunidades. Hoy sabemos que una de las principales formas de caridad no es incluso la de dar dinero, que también se necesita. Pero no es incluso lo de dar dinero, sino que tal vez de las formas de caridad que más son necesarias hoy es que la persona cree oportunidades para que otros crezcan. Crear oportunidades es mejorar las condiciones de salud, las condiciones de educación, las condiciones de trabajo de otros. Y resulta que la persona que está solo obsesionada en mejorar su dinero y su ganancia, se le olvida que su mismo talento podría servirle para crear oportunidades para otros, para que otros también puedan surgir. Muy difícilmente le interesará eso. Muy difícilmente, ¿por qué? Porque la persona está tan ocupada en sí misma que no tiene ojos para los demás. Acuérdate de esa parábola donde Cristo nos habla de un ricachón que comía espléndidamente todos los días y se vestía con telas finísimas y no tenía ojos para darse cuenta de que había un mendigo que estaba a la puerta misma de su casa. Eso se llama egoísmo. Llevamos tres: Soberbia, Inmanentismo, Egoísmo.

Cuarto, hay un peligro muy grande y es que las riquezas ayudan a que la persona pueda, lo que ya dijimos darse algunos gustos. Pero así como es difícil ponerle un límite al deseo del dinero, también es difícil ponerle un límite al deseo de placer. Y como más dinero suele ir unido a más placer, entonces la persona fácilmente empieza a refinar sus gustos y empieza a querer cosas muy exquisitas y cosas muy exóticas y placeres muy, muy especiales. Y es muy fácil que la Sensualidad entre por ese camino. Y no es casualidad que muchas personas que han tenido y que tienen muchísimo pero muchísimo dinero, estén metidas en todo tipo de adicciones. Y por eso oímos esas noticias de grandes celebridades, de esas que tienen millones y millones y millones de dólares, que están cada cierto tiempo en tratamientos de rehabilitación por consumo de sustancias o cosas parecidas. Es uno de los problemas. Como tienes tanto dinero y como te puedes dar casi cualquier gusto, entonces es muy probable que empieces a subir tu escala, tu necesidad de placer, ya se trate de placer de sensaciones, placer sexual, placer de cualquier clase. Entonces ese es otro peligro. El peligro de la Sensualidad exacerbada.

Y el quinto peligro es la superficialidad, es la Vanidad. De nuevo, como tienes tantísimo dinero y como te puedes dar tantos gustos, entonces gastas dinero en cualquier cosa. Por ejemplo, conocí el caso. No, no una persona cercana a mí. Pero conocí el caso de una persona que tiene dos o tres perritos mascotas y bueno, tener una mascota por supuesto que no es pecado. Pero entonces el dinero que esta persona gasta en cada una de esas mascotas, daría para alimentar a toda una familia, daría para sostener a toda una familia ¿por qué? Porque cada semana le está comprando cosas a ese perrito. Que ahora salió este vestidito y por supuesto es un vestidito carísimo, que ahora salió este spa para perros y entonces tiene que ser, que ahora hay este tratamiento, esta manicura o pedicura para los perritos. Y eso vale cantidad de dinero. Y eso tiene que ser todas las semanas y tiene que ser para todos los perritos. Y hay que cuidar que el perro no tenga mal aliento y hay que cuidar que el perro esté saludable. Y la dieta del perro es una dieta carísima y la persona siente que como dice yo trabajo duro y como es dinero mío yo veré que hago con mi dinero. Y no es solo dinero en mascotas, es dinero en cualquier cosa.

Me decía una persona que trabaja en esto que se llama diseño de interiores, me decía que muchos de sus clientes eran personas que cada tres o cuatro años le estaban llamando para que cambiara completamente la decoración de la casa y cambiar toda la decoración era cambiar cortinas que estaban enteras, que estaban prácticamente nuevas porque ya me aburrí de ellas. Entonces ahora quiero otras cortinas, ahora quiero otro tapizado. Ahora quiero otros tapetes. ¿Y qué se hace con lo que hay? Pues no sé, lo regalas, lo vendes, lo que tú quieras. Pero yo quiero otra cosa. Eso se llama Vanidad. Y la vanidad va muy unida a lo que hemos dicho antes del egoísmo y de la sensualidad. O sea, que no vamos a satanizar aquí el dinero. No vamos a decir que el dinero es algo por sí mismo perverso. Claro que no. Pero sí hay un peligro. Y me parece muy importante que nos demos cuenta de eso.

Todo esto lo comento claro, porque el Evangelio nos habla de un joven rico que finalmente no quiso seguir a Cristo. Y no quiso seguir a Cristo, porque como ya decía un gran predicador, no es que este hombre tuviera muchas riquezas, sino que las riquezas lo tenían atrapado a él, y por eso tenemos que hablar y tenemos que predicar de los peligros de la riqueza, no para demonizar la riqueza, sino para aprender a obrar con sabiduría. Aprender a compartir con generosidad y aprender a hacer de un talento un auténtico don. En el nombre del Señor. Que Dios te bendiga.

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