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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Hay en el ser humano una insatisfacción profunda que sólo puede ser llenada por Dios; pero hay el riesgo de hacer el pésimo negocio de poner otras cosas antes que Él.
Homilía i081007a, predicada en 20170227, con 35 min. y 15 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos. Acerquémonos a este pasaje del Evangelio de Marcos en el Capítulo Décimo. Creo que lo primero que podemos hacer, que debemos hacer es tratar de entender la pregunta que este hombre le hace a Jesús. ¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? ¿Qué es lo que está preguntando exactamente este señor, este hombre? Nos damos cuenta que su pregunta es algo muy serio para él. Ha buscado un instante con el Maestro. Ha tratado de tener a Jesús un momento para él solo. Porque se ve que es una pregunta que lleva muy adentro en su corazón. Vemos por el resto del texto que es una persona que tiene la vida resuelta. A Jesús se le acercaban muchos enfermos, pero este hombre de este pasaje no es un enfermo. Muchos posesos los llevaban donde Cristo, pero ese tampoco es el caso de esta persona. Algunos estaban en extrema necesidad, eran muy pobres. Tampoco es la situación de este señor, por el contrario, tenía muchos bienes. ¿Qué es exactamente lo que él pregunta? Es una persona que tiene la vida resuelta. Parece que todo está bien. Parece que todo funciona. Y sin embargo, por dentro lleva una inquietud. Esa inquietud se traduce en lo que él pide, vida eterna.
Hay dos maneras de entender esta expresión: vida eterna. El modo más usual de entenderlo es una vida que no acabe. En ese caso, la pregunta de este hombre que tiene todo resuelto sería algo así como ¿Qué tengo que hacer para que esta felicidad de la que gozo dure? ¿Que tengo que hacer para que no se me acabe todo esto bueno, que yo tengo? Esa podría ser la interpretación de la pregunta de él. Va y le pregunta a Jesús ¿Qué tengo que hacer para que no se me acabe toda esta felicidad, todo esto que funciona en mi vida? Pero hay otra interpretación que posiblemente es más correcta. Los evangelios, como sabemos, fueron escritos en la lengua griega. Y la palabra que se utiliza en griego para referirse a vida eterna significa algo así como una vida sin límite. Es decir, da la impresión de que esta persona está buscando una vida plena, porque todas las cosas de esta tierra finalmente nos dejan insatisfechos. Las alegrías que ciertamente encontramos en esta vida son alegrías por un tiempo. Pero como ya decían los antiguos, lo que ayer anhelábamos hoy que lo tenemos, ya no nos satisface tanto. Eso se nota en las cosas, en los trabajos, en los logros, incluso en el amor de pareja, se nota.
Entonces parece que la pregunta de este hombre según otro Evangelio, se trata de un joven, un hombre relativamente joven. Y eso es providencia de Dios, porque estamos en este encuentro de jóvenes. Este joven lo que está preguntando parece que es eso ¿Dónde está la vida plena? He conocido cosas agradables, deliciosas, ratos buenos, pero yo quiero más. Esto es muy propio del corazón humano. El corazón humano realmente busca el infinito. Por eso, si no nos cuidamos, podemos caer en las adicciones. La persona se vuelve adicta porque quiere más todavía. No quiero sentirme un poquito bien, quiero sentirme muy bien. Quiero sentirme requetebién, quiero sentirme súper. Y por tratar de buscar ese más, ese infinito, el ser humano cae en adicciones si no se cuida. Busca una felicidad total. Si la busca mal, termina en alguna adicción, como por ejemplo la droga. Por qué una persona que está bien casada, que tiene un hogar bonito ¿por qué se enreda con otra mujer? ¿por qué? Ah, pues porque todavía quiere más, porque todas las cosas de esta tierra nos dejan insatisfechos.
Hay un santo que ustedes conocen muy bien, San Agustín, que decía esta frase. Nos has hecho Señor, para ti, nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti. Puede decirse que el ser humano tiene como una necesidad, como un vacío, una insatisfacción, y por eso no es extraño encontrar personas que, como este personaje del Evangelio de hoy, tienen muchas cosas pero se sienten insatisfechos. Necesitan algo más y lo buscan. Lo buscan a veces en los placeres, lo buscan en el turismo, lo buscan en lugares exóticos, lo buscan en experiencias extremas. Lo de las experiencias extremas es una manera de buscar el infinito. Qué se siente si me amarró de una cuerda y me boto de un puente, a ver qué se siente caer por allá. Es buscar una experiencia extrema. La extrema velocidad y la máxima velocidad. La adrenalina. Hay gente que se vuelve adicta a la marihuana, a la cocaína. Otros se vuelven adictos a la adrenalina. La experiencia extrema.
Por ejemplo, hay personas que tienen una capacidad para trepar por las rocas, que parecen como lagartijas, se pegan allí en esas rocas y van subiendo, subiendo. Yo vi un video de uno de esos trepadores, escaladores con las solas manos. Es una cosa impresionante. Bueno, manos, pies. A veces se ayudan con las orejas todo lo que puedan. Son escaladores impresionantes. Yo vi un video de uno de esos subiendo una pared. Porque eso no tiene otro nombre. Es una roca que es como una pared de trescientos metros de altura y el hombre va subiendo y se agarra de unas grietas. Tiene esas falanges como si fueran garras de hierro. A veces se queda colgado así como si fuera un orangután. Luego extiende la otra mano y va subiendo, va subiendo. Por supuesto, con una fuerza en esos brazos, en esas piernas. Pero yo veía ese video y me entraba vértigo porque el tipo no tenía ninguna cuerda, ninguna protección, ninguna red. Es pura adrenalina. A subir, subir por esa pared allá. Imagínate el tipo, ya ochenta metros de altura, mira para abajo. ¿Y qué mira abajo? La muerte, claro, si el tipo se cae, ahí queda completamente desecho. Pero la gente se vuelve adicta a eso, la adrenalina.
Otros son expertos, en cambio, en lo que en francés y en otras lenguas llaman parkour, que es esto de hacer atletismo dentro de la ciudad. Y entonces saltan entre edificios. Tienen complejo de ardilla voladora. No sé qué es, pero saltan por allá de un edificio a otro. Y ve uno al tipo que corre, corre, corre, va avanzando, avanzando. Se apoya en el borde, salta tres metros con cincuenta, cae en la azotea del otro edificio. Da la vuelta, sigue. Se baja por una escalera. Sale por una ventana. Sube por el otro lado. Eso es adicción a la adrenalina. A otros les gustan las motocicletas. Máxima velocidad, doscientos veinte kilómetros por hora. Doscientos cuarenta kilómetros por hora. Un poste en contravía. Me cansa quitarlo. ¿Qué hay detrás de todas esas experiencias extremas? Ansia de infinito.
Otros, será con el tema sexual. Más placer, más, más, mucho más. Toman cosas, drogas, sustancias para más placer. Más todavía. Se vuelven adictos completamente. Ya lo dije el alcohol, la droga. El ser humano necesita el infinito. Nosotros estamos hechos para algo grande, cada uno de nosotros. Necesitamos algo a lo que valga la pena entregarle la vida. Queremos entregarle la vida a algo que valga la pena. Y parece que este muchacho del Evangelio de hoy eso es lo que está buscando en Jesús. Porque efectivamente la vida de Jesús es extrema y este hombre ha escuchado la palabra del Maestro, y este hombre se ha fascinado por la palabra de Cristo. Y este hombre siente que en Jesús está ese infinito que él está buscando. ¿Y sabes qué? No está equivocado. En Jesús está ese infinito.
Se acercó corriendo, se arrodilló ante Él y le preguntó Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Como bien lo explica el Papa Juan Pablo Segundo, al hacer la meditación sobre este texto. Jesús primero le hace una introducción, le dice Tú te das cuenta de que estás preguntando a la escala de Dios. El bueno es Dios. Jesús no está negando la divinidad suya. Jesús está situando la pregunta del interlocutor. Tu pregunta es de escala divina ¿Tienes conciencia de eso? Si estás preguntando por lo realmente bueno, estás preguntando al nivel de Dios. Y luego Jesús le recuerda los mandamientos. Porque los mandamientos son el camino de la bondad. Son el camino del crecimiento. Esto es muy importante, no debemos pasarlo por alto. Jesús empieza con los mandamientos. Es posible que alguna vez ustedes se encuentren algún padrecito por ahí, en alguna parte se pueden encontrar algún predicador que le diga no ya los mandamientos, eso está superado, eso es del Antiguo Testamento. No se dejen confundir. Aquí estamos en el Capítulo Décimo de San Marcos. Estamos en pleno Nuevo Testamento y aquí tenemos a Jesús diciendo Los mandamientos tienen toda su validez. Así que los mandamientos de la ley de Dios no son para quitarlos. Y ahí enuncia varios. No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio. Si luego aparece un padrecito o aparece un obispo, Dios nos libre, que nos mete a confusión con que si se puede adulterar. No, no se dejen confundir ustedes. La Biblia es clara, no cometerás adulterio. Eso está claro, ahí adulterio es adulterio y no se comete adulterio. Robo es robo y no es permitido por Dios. Mentira es mentira, no le gusta a Dios.
Esa es la primera parte de la respuesta de Cristo. Y es importante, repito, porque muestra que los mandamientos no son cosa que uno diga no, eso se quedó ahí en el pasado. No se dejen ustedes confundir. Mandamientos son válidos. El hombre responde, todo eso lo he cumplido desde muy joven. Aquí viene una parte muy hermosa. Jesús lo miró con amor. Por supuesto, siempre que se habla de la mirada de Cristo, los que estamos enamorados de Cristo inmediatamente sentimos que se nos acelera el corazón. La mirada de Jesús, y dice que lo miró con amor. Y a mí esto me emociona no solo porque se trata del amor de Cristo, sino porque es el amor por persona como ustedes. Y yo pienso que hoy está aquí Jesús con nosotros. Y yo pienso que hoy Jesús está derramando su mirada de amor sobre los que estamos aquí presentes. Lo miro con amor. En esta Eucaristía Jesús nos está mirando con amor. Desde las páginas de la Biblia, nos está mirando con amor. Desde su cruz, nos está mirando con amor. Desde la Hostia consagrada, en este momento de la Eucaristía y luego, en la Hora Santa, Jesús nos está mirando con amor.
Y le dijo Solo una cosa te falta, ve, vende lo que tienes y da el dinero a los pobres. Usted quería una experiencia extrema. Usted lo que quiere es una experiencia extrema. Una cosa que sea más extrema que treparse por una pared como una lagartija pegado. ¿Usted quiere algo que sea más extremo que todas esas porquerías que la gente toma para aumentar la potencia sexual? ¿Usted quiere algo que sea más extremo que toda esa droga con que la gente acaba con su pobre cerebro? Ya nacieron mal de cerebro y se meten todas esas sustancias. ¿Usted quiere algo de verdad extremo? ¿De verdad quiere algo extremo? ¿Y qué es lo que le dice Jesús? Apueste todo. A ver, apueste todo. ¿Y qué es apostar todo? Si de verdad usted cree que yo soy el bueno. Si de verdad usted cree que en mí y a través de mí, y desde el fondo de mí le está hablando Dios. Apuéstele a Dios. Eso es lo extremo. A ver, apuéstele solo a Dios. Es una invitación impresionante. Apuéstele a Dios. Junte todo y en una sola apuesta diga va por Dios. Guau, eso es serio. Esa es la experiencia extrema. Esa es la manera como Cristo trata los anhelos más profundos del corazón. Apuéstelo todo, por Dios. Todo. Suelte todo y venga conmigo. Deje todo. Deje todo, hermano, y venga.
Al oír estas palabras, el hombre se entristeció. Se fue apesadumbrado porque tenía muchos bienes. Corrijo. Se fue apesadumbrado porque los muchos bienes lo tenían a él. Esto es lo que trae Jesús. Lo que trae Jesús es eso. ¿Tú tienes muchas cosas o las cosas te atraparon a ti? ¿Tú eres dueño de las cosas, o las cosas se adueñaron de tu corazón y de tu vida? Se fue entristecido. ¿Por qué él se fue triste? porque en el fondo de su corazón sabía que estaba haciendo un mal negocio. Como era una persona rica, seguramente conocía de negocios. Y el que es rico y conoce de negocios se pone contento cuando hace un buen negocio. Compré una tierra por un millón y medio. Seis meses después, la vendí por tres millones de dólares. Gran negocio. El que es negociante, el que es rico, el que sabe de negocios se pone contento cuando hace un buen negocio. El que es rico, el que sabe de negocios se pone triste cuando hace un mal negocio. O sea, que este hombre se fue triste porque sentía que estaba haciendo un mal negocio. ¿Cuál era el mal negocio que estaba haciendo? Se estaba quedando con todos sus bienes, todas sus tierras. Cristo no se las quitó por la fuerza. Se estaba quedando con todos sus bienes. Se estaba quedando con todas sus tierras. Se estaba quedando con toda su vida pasada. ¿Y qué era lo que estaba perdiendo? Estaba perdiendo la cercanía, la amistad, la enseñanza, la compañía de Jesucristo. Eso es lo que estaba perdiendo. Se estaba quedando sin Cristo.
Y óyeme bien, hermano. Perder a Jesucristo siempre será el peor negocio. Si por ganar un gran contrato tienes que perder a Jesucristo. Hiciste un mal negocio. Si por ganar un placer exótico tienes que perder a Jesucristo, hiciste un mal negocio. Es un mal negocio perder a Jesucristo. Y eso fue lo que este hombre sintió. Muy pronto el corazón le gritó, te equivocaste. Así como cuando una persona acaba de firmar el papel del contrato y se da cuenta, me robaron. ¡Ay, caramba! Mal negocio hice. En ese momento ya el corazón le gritaba te equivocaste. Y este hombre apenas le dio la espalda a Jesucristo. El corazón le gritó, te equivocaste. Tú que sabes de tantos negocios, te equivocaste. Acabas de hacer el peor negocio de tu vida. Este hubiera podido ser uno de los grandes discípulos, quizá incluso un apóstol de Jesucristo. Se frustró, se frustró esa historia. Esto es lo que se llama mis hermanos, un aborto espiritual. Porque Dios quiere que cada uno de nosotros, como dice el Capítulo Cuarto de la Carta a los Efesios, llegue a la estatura del hombre perfecto en Cristo. Dios quiere que cada uno de nosotros llegue a su plenitud, a su altura, a su estatura. Dios quiere eso de ti. Pero cuando le decimos no a Dios, es como si quisiéramos sacar al niño antes de que termine de gestarse. Y si se saca al niño antes de que termine de gestarse, no tienes un bebé, tienes un aborto. Y un aborto espiritual es eso, no permitirle a Dios que me lleve a ese nivel, que me lleve a esa estatura, que me lleve a esa plenitud a la que Él quiere llevarme. Y por supuesto, la persona que se auto aborta, la persona que interrumpe su proceso porque le da la espalda a Cristo, esa persona se llena de amargura.
No puede ser casualidad que en la literatura de Occidente, a medida que los escritores, los novelistas, los poetas, le han dado la espalda a Dios, se han llenado de melancolía, de amargura, de odio, de tristeza. Para los interesados en la literatura, abran ustedes las obras. Eso sí, con una buena mascarilla, tápense muy bien la nariz. Abran ustedes las obras de Charles Baudelaire, por ejemplo. Y se van a encontrar con eso, tristeza, amargura. ¿Qué tal el título que le pone a una de sus obras? Las flores del mal. Flores pútridas. El que le da la espalda a Dios se convierte en un aborto. Abramos las obras, por ejemplo, de un filósofo como Schopenhauer. Arthur Schopenhauer. Abrimos las obras. Un hombre traumatizado por una pésima relación. Una relación de odio permanente con la mamá. Schopenhauer fue un temperamento atormentado. Una herida que nunca sanó. Una herida enconada y purulenta que luego empapa las páginas de sus obras de filosofía como el mundo, como voluntad y representación que es una de esas obras. Lee a Schopenhauer, ponte una buena mascarilla, tápate bien la nariz. Lee a Schopenhauer ¿qué hay ahí? Un talento inmenso. Yo no estoy diciendo que le faltara inteligencia, inteligente sí era, claro que sí. Pero una persona envenenada. Ah, vamos a otro envenenado. Federico Nietzsche. Muy famoso, muy ponderado en las universidades. Friedrich Federico Nietzsche. Abrimos las obras de Nietzsche. Así hablaba Zaratustra. El anticristo, tiene una obra que se llama así, el Anticristo y abre uno las hojas de esos libros, por supuesto protegiéndose bien la nariz. Hay que proteger la pituitaria. Lees las obras de Nietzsche, odio y odio contra la filosofía y odio contra la Iglesia y odio contra Cristo y odio contra los cristianos. Platónicos mediocres son los cristianos para Federico Nietzsche. Llenos de odio. Claro, hay gente que le da la espalda a Dios. ¿Y cómo acaban? Acaban en la tristeza, en la amargura, en el suicidio.
Yo ya perdí la cuenta de la cantidad de actores, pero sobre todo de cantantes que se han suicidado, enloquecidos de desesperación. No encuentran un propósito en su vida. Grandes voces. Voces que yo mismo admiro porque yo tengo gusto por la música. Ah, uno tiene por supuesto que admirar la voz de Whitney Houston y de este tipo de personas. La cantidad de gente que se ha suicidado, gente sin Dios. ¿Le faltaba talento a Houston? Claro que no. ¡Uy, qué mujer tan brillante, qué voz, qué chorro de voz, qué regalo de Dios! La voz que esa mujer tenía, pero incapaz, incapaz de encontrar el infinito de Dios, desesperada. Amy Winehouse, ¿cómo acaba? suicidándose también ¿le faltaba talento? No para mí, para mi gusto, una de las voces hermosas que ha habido, hermosas. El señor este del grupo Nirvana, él no me acuerdo, Kurt Cobain o una cosa de esas se llama ¿en qué acabó? a los veintinueve años o veintisiete, lo que sea, suicidándose. Ese es el final.
Eso es lo que nos está diciendo el Evangelio de hoy. Dice aquí, se entristeció, se fue apesadumbrado. ¿Cómo acaba Judas Iscariote? Judas Iscariote recibió también el grito de su conciencia, el grito de su corazón. Judas Iscariote ¿qué hizo? Vendió a nuestro Señor Jesucristo por treinta monedas de plata. ¿Cuánto eran treinta monedas de plata? Leí una explicación que decía que equivale más o menos a seis meses del salario de una persona de clase media, en nuestra sociedad. Medio año de trabajo. Eso es plata. Bueno, pues ese fue el precio que Judas Iscariote aceptó por vender a su Señor a Jesucristo. Pero ¿qué sintió después Judas? Me equivoqué. Me equivoqué. He entregado a la muerte a un inocente. Y fue donde los sumos sacerdotes, con su bolsita, con su bolsita de dinero. Fue, mire, mire, ese es inocente. Yo entregué a la muerte a un inocente. ¿Y qué le responden esos egoístas, que solo esperaban una ocasión para destruir al profeta de Nazaret? A nosotros qué. Qué me equivoqué. A nosotros qué nos importa. Tristemente ¿qué le pasó a Judas? Que sintió que había hecho un mal negocio. El peor negocio. ¿Qué le pasó a Judas? Se entristeció. Se fue apesadumbrado. Se suicidó. Entonces uno tiene que entender eso. Que el mejor negocio, el mejor negocio en la vida. La perla preciosa del Evangelio. La alegría del que adquirió el campo. El gozo de la moneda recuperada. Esa alegría, hermanos, esa alegría la tiene el que se encuentra con Jesucristo, el que se encuentra con Cristo. El que pierde a Cristo, ha hecho el peor negocio y por eso la tristeza de este hombre.
Encuentro de Preparación para el Tiempo de Cuaresma. EPTC ¿Para qué estamos aquí? Para hacer el mejor negocio, el mejor negocio de la vida, para encontrarse con Jesús. Algunos de ustedes, van a sentir en su corazón, yo soy de los extremos, lo voy a apostar todo. Yo conocí en Lima, Perú a una muchacha que estudiaba en Oxford, Inglaterra. Cuando yo la conocí hablaba poquito español. Llevaba poco tiempo. ¿Sabe a qué se dedicó? Religiosa de las Misioneras de la Caridad. Las de la Madre Teresa de Calcuta. ¡Ah ella se volvió extrema! ¡Extrema, extrema! ¿Y qué opina del obispo italiano Daniel Comboni? Daniel Comboni conoció las necesidades en África y ese también se volvió extremo. El lema de Comboni era África o muerte. Todo, todo, todo por Cristo. ¿Y qué dices de los mártires? ¿Qué dices, por ejemplo, de los mártires de Uganda? Carlos Luanga y sus compañeros. Vivieron en tiempos en que había un rey que era un pervertido sexual, que tenía obsesiones de homosexualidad. Un tipo absolutamente deformado y degenerado. Y entonces él sabía, que los cristianos tenemos una moral muy clara de respeto a la persona homosexual, pero de rechazo al pecado de homosexualidad. Y el rey entonces quería divertirse con estos que eran hombres, con Carlos Luanga y esos, y quería ponerlos a hacer aberraciones. Y estos dijeron no, nosotros no nos prestamos para eso. No somos juguetes sexuales y ante todo somos de Cristo. Los torturó y los mató porque no permitieron ser juguetes de la homosexualidad. Carlos Luanga. Carlos Luanga y sus compañeros, mártires en Uganda por un pervertido homosexual. Y entonces ¿por qué Luanga llega a eso? ¿Por qué Tomás Moro se deja decapitar? ¿Por qué? ¿Por qué Santa Inés, en el siglo tercero, una niña de doce años dice que me maten, pero yo no suelto a Cristo? Que me maten, oye a una niña de doce años. Y le pusieron la cabecita así, sobre un palo de esos o una piedra de esas, de un solo hachazo le volaron la cabeza. A esta muchachita, doce años. Esa es la gente extrema. Esos son los extremos. Por Cristo, todo sin Cristo, nada.
Y yo siento que cuando uno es joven, ese es el lenguaje que uno necesita. Y toda esa gente que está buscando. ¿Te acuerdas, lo que decíamos de los que se hacen los tatuajes de escama de cocodrilo? Yo digo ¡Ay, Dios mío, si un día encontrarán a Cristo! Estos tipos jugando a ser extremos, a mutilarse, a matar inocentes, a violar. Qué fácil es el pecado. Pero llega el poder de Cristo. Una vida de esas. Esos se hacen matar por Dios. Así que ese es el lenguaje, mis hermanos. Ese es el mensaje de este Evangelio. ¿A qué viniste al EPTC? ¿A qué viniste? Viniste simplemente a pasarla bien, a dormir incómodo, un poquito de frío en la madrugada. ¿A qué viniste? ¿A qué viniste EPTC? Qué bueno que tú puedas decir cuando vuelvas a tu casa. Miércoles de Ceniza. Qué bueno que tú puedas decir cuando vuelvas a tu casa. Te pregunta tu papá, tu mamá, bueno hija. ¿Cómo le fue? Mamá, acabo de hacer el mejor negocio en mi vida. Con Cristo, todo. Sin Cristo, nada. ¿Ya se lo aprendió? Con Cristo, todo. Sin Cristo, nada. Ese es el Evangelio de hoy. Y el que no juega ese juego, el que rechaza esa propuesta en el fondo de su corazón siente un grito. Fue lo que sintió este hombre. Me equivoqué, me equivoqué, me equivoqué. Hubiera podido ser un apóstol. Hubiera podido ser algo maravilloso. Algunos preguntarán ¿pero cómo iba a ser apóstol si ya había doce apóstoles? Acuérdese que cuando Judas desapareció tuvieron que elegir un reemplazo y quién sabe si el reemplazo hubiera podido ser este hombre. Si hubiera estado ahí.
Entonces no te vuelvas, muchacho, muchachita, chicos, chicas, no sean ustedes abortos espirituales por favor. No sean abortos espirituales. Hoy vamos a decirle al Señor que sí, que lo aceptamos, que lo amamos, que queremos ser suyos y que con Él tenemos el mejor negocio de la vida. A ver, la última vez, que esto se está grabando, que quede bien grabado. Con Cristo, todo. Sin Cristo, nada. Quedó mal grabado. Con Cristo, todo. Sin Cristo, nada.

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