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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios no solo nos corrige con firmeza sino que nos atrae con exquisita suavidad.
Homilía i073004a, predicada en 20110223, con 21 min. y 21 seg. 
Transcripción:
El descubrimiento de la sabiduría de Dios y la distinción entre los sabios y los necios es una de las más apasionantes historias del camino de la revelación divina en el Antiguo Testamento, porque a lo largo de esa progresiva revelación de la sabiduría se empiezan a dibujar temas profundos, que luego se aplicarían al Espíritu Santo o a la persona de Jesucristo. Dicho de otra manera, a medida que se va dando esta revelación progresiva de la sabiduría, se va sugiriendo finalmente, el misterio de la Trinidad.
Cada vez más en ese lenguaje sobre la sabiduría, ella se convierte como en una persona o en un personaje, es clarísimo en el texto de hoy del capítulo cuarto del libro Eclesiástico. Cuando ya se dicen cosas como: «Disimulada caminaré con él, comenzaré probándolo con tentaciones. Cuando su corazón se entregue a mí, volveré a Él para guiarlo y revelaré mis secretos». Al mismo tiempo, se ve que es distinta del Creador, pero se ve que es divina, en el sentido propio del término, no como cuando la gente dice que un peinado quedó divino.
Aquí es el sentido propio de la palabra: «Disimulada caminaré con él, comenzaré probándolo con tentaciones». Sobre todo, esa segunda parte es bien interesante porque uno no sabe, no queda completamente claro a qué se refiere con la palabra tentaciones. Podría ser lo que dice el mismo libro Eclesiástico en el capítulo segundo, texto que este año no oímos porque correspondió a la fiesta de la cátedra de San Pedro. Pero, es un texto muy conocido: Cuando te acerques al temor de Dios, es el capítulo segundo del Eclesiástico, prepárate para las pruebas. Mantén el corazón firme, sé valiente, no te asustes, pégate a él, no lo abandones.
Una serie de recomendaciones que parecen indicar la prueba, en el sentido que mucha gente le da esa palabra, es decir, uno intenta ser bueno, pero le llegan dificultades. Y entonces, uno está tentado de abandonar a Dios, ese puede ser un significado. Pero volvamos al texto de hoy del capítulo cuarto. «Disimulada caminaré con él, comenzaré probándolo con tentaciones». Pero también existe la otra posibilidad, que relacionaría este texto con el estilo que encontramos en Jeremías, cuando este otro profeta dice: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir». Es decir, que estas pruebas, estas tentaciones, podrían corresponder a las seducciones de Dios.
Yo personalmente creo, por el estilo del pasaje, creo que va más por este lado, porque esa expresión: «Disimulada caminaré con él». Es muy propia del lenguaje del amor, la persona que está pero que al mismo tiempo se esconde. Esta presencia oculta o este ocultarse mientras se está presente, es muy propio del cortejo, es muy propio del amor. Sobre todo, es muy propio de la seducción femenina. Por eso, aquel refrán que dice: El noviazgo consiste en que un hombre persigue a una mujer hasta que la mujer lo atrapa.
Donde se sugiere que existe también una búsqueda y persecución de la mujer hacia el hombre, pero distinta. Es como falto de elegancia, falto de altura, para la mujer ser demasiado explícita. Ella más bien tiene que mostrar suficiente interés para que el otro no se desanime, pero esconderse lo suficiente para que siga buscando y para que él muestre primero su interés. Ese es un poco el lenguaje que está aquí. Y esta veta, que podríamos llamar, es la versión femenina de la sabiduría, ha tenido sus propios seguidores, ha tenido sus propios cultivadores a lo largo de la historia.
Así, por ejemplo, encontramos en la Orden Dominicana a un gran místico, Enrique Seuze, o a veces traducido como Susón, el cual hace de la sabiduría su esposa. Cosa que siempre ha sido un tema, diríamos, por lo menos, curioso en la historia de la mística. Porque cuando se habla del amor esponsal es obvio que Cristo es el esposo y entonces el alma es la esposa. Y esto vale para el alma humana, sea de hombres o de mujeres. Entonces, San Juan de la Cruz, siendo hombre y muy claro en su opción, diríamos hoy, sin embargo, cuando habla del amor a Cristo en su poesía, necesariamente toma el lugar que la esposa tiene en el Cantar de los Cantares.
En ese sentido, el amor esponsal hace que todos seamos femeninos frente a Dios. Pero si la sabiduría tiene esta acción seductora, si la sabiduría camina así disimuladamente, entonces es posible que haya también un rasgo femenino. Y esto aparece no solamente aquí, en el capítulo cuarto del Eclesiástico, sino en los capítulos 7, 8 y 9 del Libro de la Sabiduría. En ese caso se trata de la persona de Salomón, se presenta a Salomón como un apasionado enamorado. Pero ya Salomón no es la parte femenina, Salomón se enamora de la doncella sabiduría y la pretende: «La busqué más que los tronos y los cetros».
Entonces, podríamos decir que aquí hay como una revelación de un aspecto femenino y por eso también hay como una relación esponsal que personas, como el autor del Libro de la Sabiduría, le aplican a Salomón. Aquí también se habla de un hombre, dice: «Quien me escucha, juzgará rectamente. Disimulada caminaré con él, comenzaré probándolo con tentaciones. Cuando su corazón se entregue a mí, volveré a él para guiarlo». También ese lenguaje es plenamente de amor.
Y cuando se habla del corazón que se entrega y es una personificación claramente femenina, pues eso como que confirma lo que venimos diciendo, que se trata de lo mismo que describe Jeremías, pero esta vez la parte masculina aparece en persona del que busca la sabiduría. Bueno, ese es un elemento apasionante, porque se da como un complemento con la otra versión de esponsalidad. Cuando se presenta al ser humano, sea hombre o mujer, como femenino ante Dios, ahí de lo que se trata es de despertar nuestros oídos para escuchar los llamados de su amor y para apreciar todo lo que ha hecho por nosotros y para dejar que nuestro corazón se derrita dulcemente por sus palabras, por sus regalos, por lo que ha hecho.
En esta otra versión de esponsalidad, cuando se presenta la sabiduría como aquella que dulcemente y con esa inteligencia, casi picardía, quiere seducirnos, entonces hay otro aspecto y es que hay que conquistarla, hay que buscarla, hay que hacerse digno de ella. Además, y aquí volvemos a ese versículo que es el que más llama la atención por el momento, probablemente esa frase: probándolo con tentaciones, no aluda únicamente a las famosas pruebas, los problemas que uno encuentra, los obstáculos que se levantan cuando uno trata de ser bueno. Quizás estas tentaciones se refieren, en sentido positivo, a ese juego de amor, a esas seducciones.
Cambiemos la palabra tentación por seducción, cambio que no es ilícito en estas lenguas bíblicas y lo que obtenemos es: Comenzaré presentándole mis seducciones, poniendo en su camino mi seducción. Y esto es bellísimo, porque entonces indicaría que no es solamente el mal el que trata de atraparnos, enlazarnos, seducirnos, sino que también el bien quiere seducirte. Y esto a mí personalmente me parece muy hermoso, sobre todo, cuando miramos el lugar central que tiene la belleza en sus diversos aspectos.
La belleza de una canción, por ejemplo, hay algunos cantos que son lindísimos, la belleza de una canción que se te queda ahí, como en la mente, probablemente es seducción de Dios. Cuando Dios se inventa un color nuevo en el atardecer, un color que ni siquiera tiene nombre, y de repente tú ves ese color y te preguntas por qué nadie le ha puesto nombre. Y pasa por tu cabeza que, quizás, ese es el mensaje que Dios quiere darte hoy, que ese color lo inventó Dios para ti hoy. Pues sí, muy romántico eso, pero probablemente dentro de ese romanticismo también hay una verdad profunda, porque finalmente la teología nos asegura que el amor de Dios es personal.
Entonces, el romanticismo no es una ilusión vana si finalmente lo que estamos descubriendo es la providencia personalizada del Señor, que quiere así atraernos. Entonces, hemos hablado de una canción o de un color, a veces de una pequeña coincidencia. Me comentaba un amigo muy interesado en cosas de oración, con un temperamento así medio místico, que duró un cierto tiempo de su vida explorando este tema del amor esponsal de Dios. Y cuando estaba como en lo más fino de ese descubrimiento, este es un laico, este señor, resulta que llevaron a la casa, donde él vive con sus papás, llevaron a la casa una cantidad de nardos por una circunstancia que no viene al caso.
Y entonces, él estaba en su reflexión sobre el amor de Dios esponsal y todo aquello, y leyendo sobre estos temas, y mientras él abre su libro para reflexionar sobre el amor de Dios, un delicioso perfume de nardos inunda su habitación. Pues esto es otra tontería romántica, pues sí, llegaron los nardos por lo que fuera, fue una coincidencia. Así, el escéptico solo ve coincidencias, el enamorado ve el lenguaje, lenguaje de su amado, seducción de Dios. Entonces, quizás Dios está así, mandándonos cartas y mensajes. Nuestro Dios no solamente es el Dios que aturde con los truenos del Sinaí, es el Dios que fascina con la música de Sión.
Os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, a miles de ángeles en fiesta, dice la Carta a los Hebreos. Qué hermoso reconocer ese paso de Dios, esa seducción divina, sobre todo porque esto viene a ser como el complemento de otro aspecto del actuar de Dios, que también aparece en el capítulo cuarto del Eclesiástico. Si se desvía, lo rechazaré, lo encerraré en la prisión, lo arrojaré, lo entregaré a la ruina. Y uno está casi más acostumbrado a esta parte, es decir, a aprender a golpes y con sangre que es feo pecar. Pero, la lectura hermosamente nos presenta el contraste y contrapeso.
Dios no es solamente el Dios que te aturde a regaños si te apartas de Él, es el Dios que te deja cartas de amor, que esparce perfume de nardo, que espera pacientemente como una niña que está muy enamorada, pero que sabe que tiene que ser discreta para no arruinar, no arruinar una posible relación. Disimulada caminaré, entonces quizás Dios, como esa pequeña doncella, camina disimuladamente dejando una carta aquí, una florecita allá, un mensaje, una sonrisa, a ver si al fin le entendemos que sí, que nos ama, que es verdad.
Es decir, Dios no quiere revelarse solamente a golpes y con sangre, Dios también quiere con la suavidad, con la discreción, con los detalles, despertarnos. Un tema hermosísimo del Cantar de los Cantares, el dormir y el despertar. Dormir, como acoger plenamente el cansancio del camino. Despertar, despertar para el amor, despertar para el beso, despertar para el encuentro. Este es nuestro Dios, el que por una parte tiene que regañarnos y de vez en cuando echarnos a la prisión, arrojarnos de su presencia, ponernos a comer bellotas con los cerdos para que uno sepa, esto huele a cerdo, luego yo soy un marrano.
Pero en otros momentos, también sabe cambiar el aroma, no todo el tiempo nos tiene con aroma de cerdo. Existe también el aroma de nardo para el que quiera entender, para el que quiera recibírselo. Así que, hasta cierto punto, hoy somos invitados a recibir la dulzura de su invitación para no recibir la dureza de su reproche. Dejarnos seducir sabiendo que así se esconde, dejarnos seducir sabiendo que sí que ha caminado con nosotros, pero disimulado. Y uno siempre se queja ¿dónde estás, por qué me dejaste, por qué me has abandonado? Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Y ahí está disimulado, o en el lenguaje de hoy, disimulada, caminando con nosotros.

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