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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Sirven de algo las pruebas por las que uno tiene que pasar?
Homilía i072007a, predicada en 20170221, con 16 min. y 18 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, la primera lectura fue tomada del Libro Eclesiástico. Trae una advertencia muy fuerte. Se sintetiza en esta frase. Cuando te acerques al temor de Dios, prepárate para las pruebas. Esta frase nos puede tomar un poco por sorpresa. Dios es la fuente de todo bien y sin embargo, nos dice Prepárate para las pruebas. No hay nadie ni más grande ni más poderoso que Él. Y sin embargo dice: Prepárate para las pruebas. Él conoce todas las estrategias de los enemigos y sin embargo, dice: Prepárate para las pruebas. Es evidente que Dios podría, así en un hipotético absoluto, Dios podría quitar esas pruebas de nosotros por las razones que he dicho, porque Dios es poderoso, porque Dios es sabio y porque Dios es bueno. O sea, que si Dios no quita esas pruebas de nuestro camino, es porque algo bueno y algo muy bueno debe salir de ahí.
La lectura que hemos oído nos invita a tomar ese camino, es decir, reconocer cuáles son los bienes que salen de los males. Porque las pruebas no son cosas agradables. Pero debe haber algo bueno que Dios está pensando. Y eso bueno, va a salir de en medio de la dificultad de en medio del combate. Y atrevámonos a decir: de lo malo, dice aquí, mantén el corazón firme. Sé valiente. No te asustes. Pégate a Él. No lo abandones, al final serás enaltecido. La recomendación es muy clara. Uno tiene que tener la mirada puesta, no en la prueba sino en el desenlace, lo que va a venir después. Eso se parece mucho a lo que le sucede a una persona que está recibiendo un tratamiento médico pesado, difícil, doloroso.
Ustedes y yo conocemos, por ejemplo, personas a las que han tenido que hacerles una operación y la recuperación es larga, pero la persona pone su mirada en el momento en el que ya todo esto haya pasado y de ahí saca fuerzas, saca fuerzas del futuro para vivir el presente. Otro ejemplo también de la medicina son estos tratamientos como las quimioterapias. A veces en el tratamiento del cáncer, los médicos que son expertos nos dicen necesitas una quimioterapia. Pero la quimioterapia es algo muy fuerte. Una vez me lo explicaban, es como meter un veneno al cuerpo, pero un veneno que mata principalmente, no únicamente, principalmente mata a aquellas células dañinas. Pero en el proceso de matar esas células dañinas también causa bastante deterioro en la persona. Entonces la persona sufre anímicamente, sufre, se siente sin fuerzas, adolorido, desganado y sin embargo sabe que todo eso tiene un propósito. Así, debemos abordar las pruebas como una quimioterapia, como un tratamiento difícil. Sabiendo esto tiene un propósito, esto tiene un fruto. Hay que ver más allá del momento, hay que llegar al fruto, hay que llegar hasta allá. Por eso dice esta lectura apégate al Señor, no lo abandones, al final serás enaltecido.
Bueno, ¿y cuáles son los bienes que nos van a traer esas pruebas? Podemos sintetizarlos en unos cinco bienes que traen las pruebas. En primer lugar. Las dificultades, sobre todo las dificultades arduas o largas, prolongadas, nos ayudan en términos de la humildad. Muchos de nosotros tenemos tendencia a la soberbia. El soberbio cree que todo lo puede, pero en un momento de dificultad, llámese una enfermedad, llámese pobreza, llámese traición, la persona tiene que detenerse, tiene que bajar un poco la cabeza. Tiene que entender, no lo logró todo. No puedo todo. Muchas veces necesita ayuda. Eso sucede mucho en el terreno de las enfermedades. Una persona que ha sido muy independiente pero está en una situación de tremenda enfermedad. Tienen que lavarlo, limpiarlo, bañarlo. Una persona que ha sido totalmente independiente y a veces, repito, uno tiene esa tendencia a la cierta arrogancia. Entonces, cuando se pasa por una prueba de esas que tienen incluso que bañarlo a uno y todas esas cosas. Eso ayuda en la humildad. Ese es un primer punto.
Segundo. Las pruebas nos obligan a hacer una pausa y en las pausas uno reflexiona, porque a veces vamos por la vida como un tren a toda máquina. Yo ahora voy a hacer esto y luego hago esto y luego hago esto otro y ya casi que no pensamos en la ruta, sino solamente en acelerar. Pero a veces la ruta no está bien. Fíjese lo que le pasó a San Ignacio de Loyola. Es un ejemplo muy conocido. Él tenía su ruta. Voy a hacer un soldado estrella, voy a ser un gran militar, voy a ser un tremendo general. Su ruta era la milicia. Pero por una herida que tuvo precisamente en batalla, le tocó hacer una pausa. En esa pausa pudo reflexionar y de la reflexión sacó una conclusión. Mi camino no es ese. Quiere decir que si no le hubiera pasado eso, él seguía acelerando, acelerando en la ruta que él creía. A veces es bueno una pausa. Entonces, lo primero que trae la prueba es humildad. No puedo todo. Lo segundo que trae reflexión. Eso también es muy importante.
Tercera cosa. Cuando uno ha pasado por dificultades, uno aprende usualmente, aprende a ser más agradecido. Piense usted en una persona que ha estado enferma y por fin recupera la salud. Hay una gran cantidad de cosas que uno da por descontadas. Uno cuenta con que ya eso existe, con que ya eso está. Usted se despierta por la mañana y yo también, usted no hace grandes reflexiones sobre el hecho de que es una maravilla poder caminar. Pero si usted ha tenido un accidente y le han tenido que hacer meses de terapia, hasta que después pudo volver a caminar. Cuando usted puede volver a caminar, agradece el poder caminar. Entonces las pruebas nos hacen mucho más agradecidos y mucho más atentos a los bienes que tenemos. Porque ya uno no los da por parte del inventario de la vida, ya no es una cosa que está por descontado, sino que ya es algo que uno agradece, el poder avanzar.
Yo estos pensamientos los tengo demasiado frescos en mi mente porque es que estamos viviendo en mi familia una situación un poco fuerte con mi padre. Mi padre es una persona mayor, tiene sus ochenta y seis años y está en este momento empezando a superar una crisis bastante fuerte por una deficiencia renal crónica, que él ha venido llevando hace años y realmente lo hemos visto muy mal, pero parece que con la Misericordia de Dios, ahí va saliendo poco a poco. Entonces todo esto que les estoy diciendo, esto no es letra aprendida, esto es que lo estoy viendo, una parte que me ha pasado a mí y otra parte que lo veo en una persona tan cercana como mi padre. Lo que siente él de poder comer. Resulta que pasó no sé cuántos días, diez días o no sé cuánto, que no podía ingerir nada por la boca, todo era intravenoso. Entonces, el día que el hombre puede volver a comer el saborcito del alimento. Una cosa que para usted y para mí son perfectamente naturales, normales. Pero el día que usted lo pierde y luego lo recupera, usted aprende a agradecer. Humildad, reflexión, gratitud.
Cuarto punto. La prueba usualmente nos hace más misericordiosos, más solidarios. El que ha pasado por una gran dificultad, usualmente hay algunas personas, quizás en su terquedad no aprenden, parece que de ninguna manera. Pero la mayor parte de nosotros, los seres humanos, aprendemos cuando nos tocan las cosas. Entonces la persona que ha pasado por una dificultad, muchas veces tiene una mirada más comprensiva, una mirada más solidaria, una mirada más amorosa incluso. Me acuerdo en un grupo de oración, una misión que estuve en Estados Unidos. Estábamos reunidos ahí, un número de hombres y mujeres. Uno de ellos bastante, bastante deprimido, es que se le notaba el decaimiento. Pobre hombre. Y bueno, pues de alguna manera surge la situación, ¿qué le está pasando? Lo que le está pasando es que está en una quiebra espantosa. Su negocio se fue al piso, está endeudado, las cosas van a remate en el banco, en fin, una situación bien complicada. Realmente los que estábamos ahí no sabíamos mucho qué decirle, más allá de, voy a hacer una oración por ti o alguna cosa así.
Pero un señor mayor que estaba ahí se le queda mirando con esa mirada de cariño, de solidaridad y le dice le voy a contar algo. Yo he tenido tres, no una, ni dos, tres grandes quiebras en mi vida y le voy a contar mi historia. Y el hombre se pone a contar un poco de sus dolores, de sus fracasos financieros y también como con la ayuda de Dios y con la ayuda de otras personas, ha ido saliendo. En el momento en el que este hombre mayor hablaba, su situación económica era buena, era muy estable, pero había pasado por tres quiebras. Entonces, claro, la palabra de ese hombre que ya ha sufrido eso, es una palabra que tiene mucha fuerza. Te repito, ninguno de los que estábamos ahí podíamos decir mayor cosa, pero el que sí ha pasado por eso tiene una mirada compasiva. Tiene una mirada de amor y tiene una palabra sabia. Eso lo da la prueba.
Y por último, ¿la prueba que nos da? Y esto sí es muy propio de nosotros los creyentes, porque todo lo que he dicho antes, como que vale para todo ser humano, independientemente de su fe. A ver si soy capaz de repetirlo en orden. Humildad, dijimos que era lo primero. Además, nos ayuda a reflexionar. Además, nos hace más agradecidos. Además, nos hace más solidarios. Eso puede pasar en cualquier parte. Pero es que nosotros los cristianos tenemos un motivo muy especial que no tienen otros. Un motivo para mirar la prueba de otra manera. Y ese motivo, ¿cuál es? Cristo crucificado. Entonces, grandes penitentes como Nicolás de Tolentino, precisamente. Grandes penitentes han encontrado en la prueba una manera de abrazar con amor la vida de Cristo, el ser de Cristo, la cruz de Cristo, no solamente como un acto de solidaridad mío con Cristo, de Cristo conmigo, sino una especie de certeza. Yo me uno al Crucificado y así me uno al Resucitado. Porque es que la historia de Cristo no termina en la cruz. La historia de Cristo llega hasta la resurrección.
Entonces, fíjese que sí hay grandes bienes que pueden venir con las pruebas. A todos nos cuesta trabajo, a todos nos duele. Pasamos por momentos de perplejidad, pero la verdad es que Dios es grande y por eso, ese Dios poderoso, sabio y bueno de todas maneras nos dosifica. Dios nos dosifica, Dios sabe cuántas gotitas hay que echarle a la vida humana, hay que echarle unas gotitas. Es como las personas que saben mucho de comida y de alimento. Esto hay que echarle una puntita de jengibre, el jengibre es fuerte, comer mucho jengibre te produce un impacto en el paladar, pero ciertos platos, ciertos jugos, un poquito de jengibre. Dios es el verdadero chef. En este país, Dios mío, que tiene tanto talento para las comidas. Dios es el verdadero chef. Y sabe cuántas gotitas hay que echarle. A este señor le hace falta ocho gotas de limón. Ahí le cae su limón. A esta señora hay que echarle no tanto limón, para ella tanto de esto. Y así Dios va preparando el cóctel, Dios va preparando el plato para cada uno de nosotros, porque nos ama.
Dios sabe, a este señor hay que llevarlo por este lado, esta señorita por aquí, este niño que va a tener breve vida va por acá, este señor bastante mayor ahora le toca esto. Y nos va dosificando lo que San Ignacio llamaba la consolación y la desolación. No todo puede ser consolación, aunque uno esté celebrando la Novena de Nuestra Señora de la Consolación. No todo puede ser consolación. También un momento de desolación se necesita. Pero es Dios el que va preparando, va uniendo, va llevando y así nos va formando para que podamos responder dentro de ese camino precioso, dentro de nuestra historia personal de salvación.

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