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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo que nos acoge y a la vez ha tomado el último lugar quiere que aprendamos a ser como los últimos y que atendamos a quienes están en condición de rechazo y abandono.
Homilía i072005a, predicada en 20170221, con 5 min. y 22 seg. 
Transcripción:
El texto del Evangelio de hoy ha sido tomado del Capítulo Noveno de San Marcos. Parece ser una combinación de algunas frases, algunas enseñanzas de Cristo que impactaron profundamente el corazón de los discípulos. Por un lado está que Jesús nos dice El que quiera ser el primero, que sea el último. Por otro lado está que Jesús nos dice El que acoge a un niño como éstos, a mí me acoge. Observemos que hay una complementariedad entre estos dos modos de hablar. Al invitarnos a ser los últimos, tomar el último lugar, Cristo está claramente aludiendo a la situación que tenían personas como las mujeres, los extranjeros, los esclavos, los paganos, los leprosos o los niños. Todas estas personas que he mencionado eran gente que resultaba discriminada, despreciada y descartada. Mujeres, pobres, extranjeros, leprosos, niños paganos. Todas estas personas eran vistas como los últimos. Y Cristo dice que hay que ser como los últimos.
Y por otro lado nos dice El que acoge a un niño como éste me acoge a mí. O sea, que también nos está diciendo hay que acoger a los últimos, a los que son últimos y descartados en la sociedad. O sea, que la enseñanza completa del Evangelio de hoy va por ese lado. Por un lado, la transformación de nosotros y por otro lado, la manera como nosotros acogemos a los demás. Cristo quiere que nosotros aprendamos a ser de esos, que en aquella época eran los últimos. Pero Cristo también quiere que nosotros aprendamos a acoger a los que están en esa condición. Y es bien interesante la complementariedad que se da entre estas dos enseñanzas o estas dos propuestas o mandatos de Cristo. Por un lado, acoger a los últimos y por otro lado, ser de los últimos. ¿Te das cuenta de la diferencia? Hay diferencia, pero también hay complementación o complementariedad.
Acoger a los últimos significa acercarnos a aquellos que nosotros hemos descartado, como en aquel tiempo eran mirados, casi con desprecio y con fastidio los niños, porque eran una carga y eran tiempos de gran necesidad y por otros factores. Entonces Cristo dice mira, es que hay que acogerlos, pero en el acto de acogerlos y en el acto de solidarizarnos con ellos y en el acto de descubrir cómo se ve el mundo desde la perspectiva de ellos, también nosotros hemos de dar un paso más y ese paso más es aprender a ser como ellos. Es decir, que al principio quizás empezamos acogiéndolos y luego terminamos descubriendo que hay que ser como ellos.
En la Santa Iglesia, tenemos bastantes historias de grandes santos que han tomado esa posición. Francisco de Asís, al comienzo de su conversión, no se dedica en primer lugar a cantar por los bosques o a hacer poesías en las montañas. Lo primero que hizo Francisco de Asís fue ir a servir a los más despreciados de aquella época, los leprosos. Pero luego nos damos cuenta de qué clase de vida lleva el mismo Francisco, incluyendo ese sayal absolutamente repugnante. Sayal de mendigo que él lleva, que es el comienzo del hábito de los franciscanos. O sea, él empieza acogiendo a los leprosos y después toma un poco de ellos, se vuelve uno de ellos.
Si pensamos, por ejemplo, en el caso de un San Martín de Porres, nos damos cuenta que por un lado, él acoge a los más pobres, a los más despreciados, incluso más allá de la especie humana. Por eso recordamos a San Martín de Porres dando de comer a ratoncitos, gatitos, perritos a aquellos que eran vistos en su convento simplemente como una plaga, como un fastidio. Pero el mismo Martín toma esas actitudes de humildad. Y la gran victoria de Martín de Porres sobre el demonio es cuando el demonio intenta meterle en la cabeza que ya él tiene una gran estatura espiritual y que ya es un gran cristiano. Y Martín entonces se vuelve con fuerza contra el demonio, proclama la grandeza de la cruz y escoge para siempre la humildad. Pero es que, el que primero nos ha enseñado esto es el mismo Cristo. El Cristo que nos acoge y el Cristo que ha tomado el último lugar. El Cristo que nos ha amado hasta el extremo, yendo hasta el extremo para buscarnos a nosotros las ovejas perdidas. A Él sea la gloria, y que su ejemplo y su Espíritu hagan su obra en nosotros. Amén.

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