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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La dignidad del ser humano y la voluntad de Dios
Homilía i052001a, predicada en 19970211, con 5 min. y 47 seg. 
Transcripción:
Los pueblos vecinos a Israel, buscaban la imagen de Dios en el esplendor de los cielos, en la potencia de los vientos, en la belleza del sol, en la fiereza, valor o fuerza de algunos animales como la serpiente o como el león. Los egipcios, por ejemplo, adoraban al sol y adoraban también a la serpiente. Buscaban la imagen de Dios en las cosas de la naturaleza. El relato del Génesis que hemos escuchado ayer y hoy cambia la perspectiva. La imagen de Dios no se encuentra en esa altura de los cielos, ni se encuentra en la profundidad de los mares. La imagen de Dios no hay que irla a buscar en la profundo de las selvas, de las llanuras, de los montes. La imagen de Dios no está en lo microscópico ni en lo más alejado del cosmos, sino que esa imagen hay que buscarla en su criatura el hombre. Es el hombre como un universo completo, ya se ha dicho muchas veces. Y en ese universo que es la criatura humana, ahí es posible palpar de alguna manera los infinitos del corazón de Dios y los hechos de su pensamiento, de su entendimiento. De esta manera, el relato del Génesis desmitologiza las cosas de la naturaleza. En cierto modo las seculariza. No permite que sean consideradas sagradas como queriendo que toda este esfuerzo, de todo ese interés por sacralizar, se centre en la persona humana. Si uno mira este relato del Génesis, lo único sagrado es el ser humano. Las demás cosas están al servicio del ser humano. Pero lo único realmente sagrado. Lo único que merece nuestra veneración es el ser humano. Ese esa primacía del ser humano como imagen de Dios, es la misma que encontramos en el Evangelio. No se trata de. No se trata de desprecio a la tradición, pero sí desprecio a las tradiciones con que los fariseos pretenden oprimir, hundir al ser humano. Sobrecargarle. El mensaje de Cristo devuelve su belleza, devuelve su santidad, devuelve su esplendor a esa imagen que ha estado deteriorada, ensuciada por el pecado, ensuciada por las heridas personales y comunitarias. Y por eso el mensaje de Cristo tiene que ponerse a esos otros mensajes que pretenden hundir, que pretenden sobrecargar al ser humano ya recargado por el pecado. Esta perspectiva bíblica que seculariza el universo como para consagrar al ser humano. No es, sin embargo, una idolatría del hombre, porque toda su grandeza, a su vez está en su semejanza con Dios. Más que una idolatría, es como un ordenamiento de todo lo creado que hace que nosotros no seamos esclavos de nadie, de nadie distinto de nuestro Creador, de nuestro Redentor. Podríamos sintetizar diciendo que no haya en el hombre más esclavitud que la esclavitud del amor, que sólo el amor tenga poder en el corazón humano. Sólo el amor del Creador y sólo el amor del Redentor. Y cuando esto sucede, tenemos la santidad. Y cuando esto sucede, tenemos al mismo tiempo la plena realización del ser humano. Y cuando esto sucede, tenemos al mismo tiempo el verdadero vicario o administrador o regente de la creación. San León Magno decía en algún sermón tal vez de Navidad. Reconoce, oh hombre, tú su dignidad. Cree que la misión evangelizadora tiene que tener ese carácter también. Hay que decirle a la persona caída, lastimada, desesperanzada. Reconoce tu dignidad. Hay que predicar a hombres y mujeres. ¡Cuán preciosos son ante los ojos de Dios! Porque muchas veces, por sus propios errores, por su condición social, por su ignorancia, las personas se desprecian a sí mismas y no saben que llevan en sí el tesoro de representar al Creador de todas las cosas. En nuestra evangelización llena de amor, nuestra evangelización llena de sabiduría, puede infundir en cada hombre y cada mujer la certeza de que lleva eso que es irrepetible en la historia de la humanidad. Pero al mismo tiempo que esa dignidad no está al servicio de sí mismo o de sí misma, sino que esa dignidad crece más cuanto mayor es la obediencia, la amorosa obediencia a la voluntad del Creador.

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