Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los primeros mensajes de Cristo-Lógos en la creación

Homilía i051008a, predicada en 20190211, con 27 min. y 33 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada del comienzo de la Biblia. Dios Creador. Tengamos en cuenta que la creación es una revelación de Dios. Por eso algunos santos escritores dijeron que nosotros podemos conocer a Dios leyendo dos libros. Un libro, por supuesto, es la Sagrada Escritura. Pero el otro libro, es el libro de la Creación. A través de la creación, Dios nos envía su primer mensaje, que es un mensaje de amor. La misma Escritura nos invita a leer el Libro de la Creación. Porque tenemos esas expresiones, todo fue creado por Él y para Él. Eso está en la carta a los Colosenses. Y tenemos otra expresión en el Capítulo Primero del Evangelio de Juan. Por Él fueron hechas todas las cosas, y sin Él, sin Cristo, no se hizo nada de lo que se ha hecho. Es decir, que el mismo Cristo que un día contemplaremos en el pesebre, el mismo Cristo que luego veremos en el regazo de la Virgen, el mismo Cristo que acampó entre nosotros, según la expresión del Evangelio de Juan, es el Cristo por el que fueron hechas todas las cosas. Es la Palabra, es el Verbo, es el Logos de Dios. Así que, ya sea que leamos el libro de la Biblia o que leamos el libro de la creación, es Cristo el que nos está hablando.

¿Y qué nos dice, por ejemplo, en un pasaje como el de hoy? ¿Qué podemos encontrar como palabra suya en este pasaje de hoy? Si vemos con atención lo que nos ha contado el Génesis, hay tres palabras que se destacan en la creación. La más obvia es la Novedad. Cada cosa que Dios crea es algo nuevo. El relato del Génesis nos presenta una sucesión, un progreso en la novedad. Desde lo más elemental, que es la tierra firme, hasta lo más sublime y complejo que es el ser humano. Novedad.

Segunda palabra Orden. Dios crea y Dios da un lugar, da un orden. Separó las aguas superiores de las aguas inferiores. Separó la tierra del mar. Además, al crear los seres vivos, las plantas y los animales, hemos oído varias veces esta expresión. Según su especie. De modo que yo espero, del árbol de naranjas, espero naranjas. Hay un orden. El mundo tiene una racionalidad. Es susceptible de ser comprendido. La vida, la historia, la naturaleza no son una explosión de acontecimientos desconectados o de sensaciones desconectadas. Hay un orden, hay un logos, hay una racionalidad. La segunda palabra, entonces, es orden. La primera palabra es novedad. La segunda palabra es orden.

Y la tercera palabra es la palabra Bondad. Después de cada día, en esa marcha de la creación, aparece esta frase Vio Dios y era bueno. Lo que Dios ha hecho es bueno. Vio Dios que era bueno, la bondad. Entonces, nos quedamos con esas tres palabras que son los tres primeros mensajes de la Biblia y que son los tres primeros mensajes de la Creación. Si nosotros afinamos nuestros oídos y si despejamos nuestra mirada, podemos redescubrir esas palabras en una rosa, en una estrella, en el canto de un pájaro, en el rostro de una persona. Novedad, orden y bondad. Eso es lo primero que el Logos regala. Hasta el punto de que todo cuanto existe lleva como impregnado ese triple perfume de novedad, orden y bondad. De aquí vamos a sacar dos enseñanzas. La primera, sobre qué es el pecado, desde este ángulo, desde esta perspectiva. Y la segunda, sobre qué hace Cristo cuando llega a nuestra vida.

Vamos con la primera enseñanza. Si las palabras fundamentales del Logos en la naturaleza son Novedad, Orden y Bondad, el pecado que es guerra contra Dios y contra su creación, por consiguiente, se va a caracterizar por atacar la novedad, por atacar el orden y por atacar la bondad. Entonces, el pecado es repetición, repetición estéril. El pecado se repite una y otra vez. El pecado quiere devolvernos, encarcelarnos en lo que hemos sido. Si uno mira la estructura del pecado, uno se da cuenta que las estrategias del demonio, como están descritas en el mismo libro del Génesis, son las mismas estrategias que el demonio utiliza hoy, porque el pecado es estrategia repetitiva. Lo máximo que hace el demonio es cambiarse de disfraz, pero sigue siendo el mismo demonio. El pecado es repetición. Por el contrario, la Biblia, cuando va a cantar las obras de Dios, siempre dice Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas. El amor es creativo. El amor se renueva, el amor asombra y sorprende. El pecado encierra, agota, deprime, asfixia. Para llevar a la desesperación a una persona, el pecado le repite aquí en el oído; no vas a poder salir de esto, no vas a salir de esto, nada va a cambiar, estás perdiendo tu tiempo, no lo vas a lograr. El pecado quiere hundirnos en el lenguaje de la repetición, quiere encarcelarnos en una especie de realidad congelada, imposible de cambiar.

Por ejemplo, usted quiere cambiar de vida, pero ya está aquí el demonio diciéndole usted no va a poder, no va a poder, usted ya se quedó así. Mentirosa la conocí, mentirosa sigue siendo. Orgullosa la conocí y orgullosa sigue siendo. Usted no va a poder cambiar. Usted ya se quedó así. El pecado trata de atraparnos, encadenarnos, encerrarnos, impedir ese cambio al cual nos está llamando Dios. Dios está llamando a este monasterio a una renovación. Pero de inmediato el pecado está diciéndole al oído de las religiosas; esto no va a cambiar, esto ya se queda así. No va poder ser, están perdiendo su tiempo. Porque el pecado quiere atraparnos en la repetición. Esto ya se queda así. Siempre fue así. Siempre va a ser así. No van a poder cambiar. El amor es creativo. El amor invita a dar un salto de generosidad, un salto de confianza. Y el pecado es a que uno no dé ese salto. Basta con que le recuerde aquel pasaje del Capítulo Diecinueve de San Mateo. El joven rico. El joven rico se acerca a Cristo y Cristo le propone una novedad. Oye, qué pasa si regalas todo eso que tienes, se lo das a los pobres y vienes. Es la novedad del amor. Tristemente, en esa historia el pecado ganó, por lo menos en ese momento. Ojalá no haya sido para siempre. Este hombre recibió la invitación a dar un paso. Un paso maravilloso, un paso de santidad, un paso de generosidad. Pero el pecado lo agarró y él prefirió seguir con su dinero, seguir con su vida pasada. Dios siempre nos está llamando desde la novedad de la gracia, la novedad de la santidad, la novedad de la conversión.

¿Qué es la conversión? ¿Qué pasaría si hoy le diera un sí resuelto a Jesucristo, pase lo que pase? Entre tantas religiosas que Dios me ha concedido conocer, siempre recuerdo una que en mi estimación puede ser santa, una religiosa de otra comunidad. No digo que aquí no haya santas. Una religiosa de otra comunidad, tuve ocasión de hablar con ella durante varios años, en distintos momentos, y la opinión que me quedó es que esa mujer puede ser santa, ya murió. Cuando ella describe el ingreso a la vida religiosa, ella quería dar ese paso pero una voz, vamos a decir la voz del demonio, le decía no, usted no va a poder con eso, no va a poder. Eso otras, usted no puede, usted no logra. Usted es muy inconstante y usted es muy bruta y usted no, usted no logra. Y esa voz le repetía y la desanimaba. Y cada vez el demonio le planteaba la vida religiosa. Se la planteaba como una cuesta tan empinada, tan ardua, tan penosa, que ella no iba a poder. Porque eso es lo del demonio, que uno siga metido, repitiendo, repitiendo siempre lo mismo. Esta chica, ella era una jovencita en ese momento, entró en una cantidad de dudas y ya finalmente estaba desistiendo, claro, el demonio le hacía la guerra y ella estaba ya desistiendo. Ya no sigo, ya mejor no sigo. Pero gracias a Dios ella nunca dejó la oración y vino del Espíritu Santo una fuerza tan grande en su corazón que un día, levantándose de la oración, dijo estas palabras, que fueron lo mejor que ha podido decir, y esas palabras muchos años después, ella me las recordaba. Ella se dio cuenta del jueguito que le estaba haciendo el demonio. El jueguito consistía en eso, en estarle diciendo no vas a poder, nada va a cambiar, estás perdiendo tu tiempo. Ya tú eres así. Entonces, ella se levantó de su oración y movida por el Espíritu Santo, dijo estas palabras Váyame bien o váyame mal con Cristo me quedo. El día que ella dijo esas palabras, fue como si hubiera pronunciado un exorcismo. Huyó el demonio. Se acabaron las dudas. Porque claro, lo que hacía el demonio era amontonar miedos sobre miedos para que con el agobio de todo ese miedo, ella no diera el paso. Pero cuando ella dijo me quedo con Cristo, así me vaya bien o me vaya mal, ese día dio el paso. O sea, que ahí nos damos cuenta que el pecado quiere destruir la novedad para que uno siga siendo siempre el mismo.

Dios trae orden. El pecado es desorden. El pecado es desorden. La característica que tiene el desorden es que toma cosas buenas, pero las usa mal. Por ejemplo, considere usted un criminal, un capo, un jefe del narcotráfico. Esos tipos son increíblemente inteligentes. Si usted le hiciera una medición de cociente intelectual a uno de esos jefes de la mafia, a mí no me extrañaría que clasificaran en el rango de los genios. Pero toda esa inteligencia mal utilizada. Ese es el deleite de satanás. Que los grandes dones se pongan al servicio del pecado, de tal modo que haya desorden. Ese mismo narcotraficante jefe mafioso, hubiera podido hacer tantas cosas buenas por la humanidad. Pero hubo desorden y en vez de aplicar su inteligencia a lo que hubiera sido servicio, la utilizó solamente para su provecho, su ganancia, sus pasiones desordenadas. Desorden. Piense usted en el caso de una persona bella. La belleza física es algo que siempre tiene impacto y ahí se ve el poder del pecado. Cuántas personas bonitas, cuántas personas de una voz hermosa cantando contra Cristo, predicando la muerte. Por ejemplo, muchas de las bandas de rock. Personas que tienen una voz magnífica pero utilizan toda la belleza de su voz para blasfemar, para atacar a Cristo. Eso es lo propio del pecado. Piense usted en cuántas mujeres de cuerpo hermoso utilizan su cuerpo para despertar la más asquerosa lujuria en otros. Sus cuerpos bellos están al servicio del pecado. Sus rostros hermosos están al servicio del pecado. Ese es el desorden. Por eso nosotros, en compensación, hemos de pensar cómo podemos poner al servicio de Dios todo lo que Él nos ha dado en nuestro cuerpo. Si tenemos belleza física, si tenemos una voz agradable, si tenemos talentos artísticos, si tenemos buena salud. Y luego hay que pensar también en los dones que Él nos ha dado en nuestra alma; la inteligencia, la voluntad, la sabiduría, el conocimiento. Porque lo que quiere el pecado es tomar las cosas buenas para usarlas mal. Entonces, uno tiene que pedirle perdón a Dios por lo que no ha utilizado bien. Incluso si no lo haya utilizado mal, porque dejar dormir los talentos también es falta. Entonces, date cuenta cómo el bien de Dios siempre trae orden. Nuestro Dios es un Dios de orden. Pero el pecado siempre es a desordenar, siempre a desordenar.

¿Cuál es la tercera característica de Cristo, el Logos del Padre en la creación? La primera es novedad. La segunda es orden. La tercera es bondad. Y es la más fácil de entender, el pecado lo que quiere es maldad, pero es una maldad inteligente. Lo vamos a escuchar pronto dentro de los relatos del Génesis. Es una maldad inteligente porque no parece que sea maldad. ¿Cómo logra la maldad disfrazarse para no parecer maldad? Se disfraza bajo el pretexto de un cierto bien. El mejor ejemplo que se me ocurre en este momento proviene del acto de desobediencia del rey Saúl. Cuando a través del profeta Samuel, Dios le ordenó al rey Saúl en obediencia, usted debe ofrecer en holocausto todo lo del ejército enemigo, todo. La orden era muy clara, pero Saúl cometió pecado. Pecado de desobediencia. Sin embargo, cuando Samuel reconviene al rey Saúl y le dice ¿usted por qué desobedece? Entonces, Saúl dice no, yo no he desobedecido. Y Samuel, ya disgustado, le dice ¿cómo que no ha desobedecido? Si estoy oyendo balidos de ovejas, como dice que no ha desobedecido. Ah, sí, ya, ya, ya entiendo. No, lo que pasa es que la gente del ejército guardó unas ovejitas para luego ofrecerlas al Señor. Fíjate cómo le quiso dar un revestimiento religioso y un revestimiento piadoso a su desobediencia. El mal, si se presenta con su propia cara, difícilmente tiene poder en nosotros. Por eso los hebreos asociaban el mal con la manera de portarse la serpiente, que es silenciosa, sinuosa, sabe esconderse hasta el momento de morder. Si el demonio se presenta con su propia cara, llenos de asco y de miedo, corremos a refugiarnos en Cristo. Por eso el demonio no se presenta con su cara, por eso se esconde como si fuera algo bueno.

Por ejemplo, toma una amistad. Ay, que cosa más bonita que la amistad. Pero toma la amistad y con la dulzura de la amistad va echándole veneno. Por ejemplo, tú y yo vamos a ser amigas, pero como somos tan amigas te cuento, pero solo porque eres mi amiga. Te cuento este chisme muy fresco porque somos muy amigas. Fíjate, se está tomando la amistad, pero con veneno, se le echó veneno. La amistad no es para el chisme, la amistad no es para el amor carnal, la amistad no es para la envidia. La amistad no es para lograr poder. Como tú eres mi amiga, se supone que tú vas a votar por mí, porque somos amigas, cierto que somos amigas. Entonces, estoy utilizando algo bueno, pero con un motivo malo. Eso está unido al desorden, claro. Y la maldad siempre es así. Siempre toma algo que sería bueno, pero lo disfraza. En realidad, esa bondad es un disfraz. Y detrás de esa bondad hay un engaño. Hay una trampa.

¿Qué hemos visto en esta reflexión? Hemos visto que en cada rincón de la creación se escucha la voz de Jesucristo y la voz de Jesucristo nos habla de la novedad de un Dios que es creador y que siempre tiene promesas nuevas de amor. Y la voz de Jesucristo nos está diciendo que en cada rincón de la creación Dios quiere traer su orden, el orden nuevo que solo Él puede traer. Y la voz de Cristo en cada rincón de la creación nos está diciendo que hay bondad. Y el pecado está en guerra contra esas tres: la Novedad, el Orden y la Bondad. ¿Y qué queda para nosotros? Pues ahora que ya sabemos esto, tenemos que apegarnos a la novedad de Cristo. ¿Cómo se apega uno a la novedad de Cristo? Preguntando junto con el profeta Samuel. ¿Qué quieres de mí? Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Si uno de nosotros se pone delante de Dios y le dice aquí estoy para hacer tu voluntad, o si uno repite con la Virgen María, aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Uno se está abriendo a la novedad de Dios. Si uno quiere abrirse al orden querido por Dios, que es la segunda palabra ¿qué tiene que hacer? educar su conciencia y no decirse mentiras, lo que es pecado es pecado, así me guste a mí. Lo que es pecado es pecado, así le guste a mi amiga. Lo que es pecado es pecado, así lo practique todo el mundo. Claridad en la conciencia para tener orden. De esa manera seguimos el orden de Dios. Y tercero, bondad. Decía San Juan Veintitrés: La bondad ha hecho serena mi vida.

La pregunta que más puede traerle bondad al corazón es esta ¿Cuál es el bien que yo le estoy haciendo a esta persona? En vez de hacernos tantas preguntas que muchas veces son estériles. ¿Me cae bien, me cae mal? ¿Me ayudó, no me ayudó? ¿Me gusta, no me gusta? Todas esas preguntas son preguntas que están en la lógica de la carne. Y San Pablo dice El que siembra en la carne de la carne, cosechará corrupción. Todas esas preguntas de si me gusta, si hay simpatía, si es de los míos, si es de mi grupo. Todas esas preguntas son pura carnalidad. La única pregunta útil es ¿Cuál es el bien que yo le estoy haciendo a esta persona? sea laico, seglar, familiar, amigo, no amigo, no importa eso. La pregunta que tengo que hacerme es ¿Cuál es el bien que yo le estoy haciendo a esta persona? Y si uno se acostumbra a hacerse esa pregunta, uno empieza a mejorar la calidad, la calidad de la amistad, la calidad del servicio. Si un día me llaman a ser Superior, Prior, Abad o como se llamen, es responsabilidad mía preguntarme a menudo ¿Yo qué bien le estoy haciendo a este hermano, a esta hermana? Si uno se pregunta eso con frecuencia, uno empieza a superar toda esa carnalidad y empieza a llevar una vida distinta, que es la que el apóstol San Pablo llama una vida en el Espíritu. Tres palabras nos trajo el libro del Génesis. Novedad, Orden y Bondad. Y esas tres palabras son los tres primeros cantos. Son los tres primeros susurros. Son los tres primeros mensajes de Jesucristo y han de acompañar toda nuestra vida.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM