|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Descubrir que el Dios altísimo se pudiera dar y revelar en la sencillez de Jesús, el hijo del artesano, es algo que resultó imposible para los paisanos de Jesús... pero no tiene que ser así para nosotros.
Homilía i043011a, predicada en 20210203, con 16 min. y 1 seg. 
Transcripción:
Hermanos míos, las preguntas que hacía la gente allá en Nazaret, las preguntas que hacían con respecto a Cristo son muy bellas. Da pesar que esta gente no llegó a creer de corazón en Cristo, o por lo menos la mayoría no parece. Pero, las preguntas que hicieron son muy hermosas. Volvamos un momento a esas preguntas que acabamos de escuchar en el Evangelio. Ellos preguntaban: ¿De dónde saca todo eso? Se referían ¿a qué? A la predicación de Cristo, porque antes hemos leído: «Empezó a enseñar en la sinagoga y la gente preguntaba ¿de dónde saca todo eso?» Mira esta otra pregunta: «¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos?».
Ellos están preguntando por la fuente, de donde viene la sabiduría de Cristo, la fuente, de dónde viene su poder. Están preguntando de dónde es Cristo, están preguntando por el origen de su poder y de su sabiduría. Y la razón por la que digo que estas preguntas son muy bellas es porque esas preguntas apuntan directamente hacia el Padre Celestial. La respuesta a cada una de estas preguntas es Dios Padre, Dios Padre, Dios Padre. ¿De dónde saca todo eso? De Dios Padre. ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? La que le dio el Padre. Y ¿esos milagros de sus manos? Provienen del poder y de la bondad de Dios Padre.
O sea que las preguntas estaban bien hechas. Las preguntas apuntaban a la grandeza del misterio de Cristo, Las preguntas miraban a la fuente misma de todo el ser, de toda la verdad y de toda la bondad, que es Dios nuestro Padre. Pero ellos no conocían a Dios Padre y ellos miraban únicamente las condiciones humanas de ese Cristo, al que habían conocido. Lo conocían como el hijo del carpintero y ahí nos mencionan varios de sus parientes, a quienes, de un modo coloquial, en esas lenguas, se les llama también hermanos y hermanas. Esto no es raro en absoluto.
Nosotros vemos, por ejemplo, en el libro del Génesis que Abraham era el tío, el tío de Lot y, sin embargo, cuando tuvieron que resolver una disputa, ellos dijeron: Nosotros somos hermanos. No eran hermanos, eran tío y sobrino. Pero bueno, ese es un tema menor. Eso no es lo más importante, es solo por aclarar, porque no faltarán los que digan: Vea que Cristo sí tenía hermanos y hermanas, la Virgen tuvo otros hijos y esa clase de explicaciones.
Volvamos a nuestro tema principal. Aquella gente preguntaba ¿de dónde viene lo que Cristo tiene? Y la respuesta bella es, viene de Dios Padre. Dios Padre, el que es Creador de todo, el que es la fuente primera de toda bondad, de todo amor y de toda sabiduría. Pero ellos no podían encontrar a ese Dios majestuoso, alto, santo, potente, no lo podían encontrar, no lograban encontrarlo. En la humildad, la humildad de ese vecino suyo, la humildad de ese que seguramente había hecho trabajos de carpintería o de otro tipo de artesanía para sus casas.
Imagínate lo que es tener, estoy aquí, claro, imaginando ¿no? Imagínate lo que es tener una mesa que fue hecha por Jesús de Nazaret, por decir algo, una mesa, y ver que el que te hizo esa mesa un día resulta predicando con una sabiduría celestial, expulsando demonios y haciendo prodigios. Entonces, la gente se quedaba totalmente asombrada. No podían concebir que lo más alto, eso que brillaba en la predicación de Cristo, se manifestara a través de lo más humilde, a través de lo más bajo. Porque el oficio que tenía José y el oficio que realizó nuestro Señor Jesucristo era de lo más humilde en aquella época.
Y nosotros sabemos que José y María eran una familia sumamente humilde. ¿Por qué lo sabemos? Lo sabemos con claridad por una razón. Porque cuando fueron a presentar a Jesús al templo, lo que celebrábamos hace poco, cuando fueron a presentar a Jesús al templo, ¿qué pasó? Dieron la ofrenda mínima, dieron la ofrenda de los pobres. Entonces, date cuenta cuál es el fondo tan hermoso de este Evangelio, que el Dios más grande se manifiesta a través de lo más pequeño, que lo más sublime aparece en lo más humilde. Esa era la conexión que no lograban hacer los paisanos de Cristo, los de la tierra de Cristo, los de Nazaret no lograban conectar.
¿Cómo es que hay tanta bondad, tanta sabiduría en alguien tan humilde, tan pobre, tan pequeño, que hemos visto crecer entre nosotros? ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que esté sucediendo esto? Esa es la pregunta que ellos se hacían. Y aquí es donde entra la aplicación para nosotros. Descubrir lo más grande en lo más pequeño, descubrir lo más sublime en lo más humilde, descubrir las huellas del Dios Santo aún en una tierra marcada por el pecado. Esa es la tarea que nos deja este Evangelio. Pero tratemos de desglosar esa tarea en tres puntos muy concretos.
Primer punto, hagamos este ejercicio. Yo lo aprendí de mi mamá, que me lo comentó más de una vez refiriéndose a sí misma. Mi madre decía: Yo de todos aprendo. La sabiduría de mi madre estaba, ante todo, en eso, en saber aprender de todos. Aprender de todos ¿qué quiere decir? Que aún en la persona que me parece más sencilla, aún en la persona que me parece más ignorante, hay una lección también para mí. Ese es el antídoto para que no nos vaya a pasar a nosotros, lo mismo que le sucedió a esta gente de Nazaret, que no podían reconocer a Cristo, no lo podían reconocer, en eso tan humilde, en ese tan humilde, no lo podían reconocer.
Entonces, primera tarea concreta para nosotros, aprender de todos. Preguntémonos ¿qué podemos aprender de unos y de otros? Y voy a confesar aquí algo que me sucedió en mi propio convento. Nosotros tenemos algunos colaboradores humildes, que hacen trabajo manual. Usted sabe, en una casa cuántas cosas hay que hacer y esta casa es bien grande. Alguna vez tenía yo un pequeño problema, una cosa mínima en mi habitación, me parece que era algo con estas cortinas. Y entonces, fui a hablar con uno de ellos para que me ayudara, uno de estos colaboradores.
Y entonces le empiezo a hablar cordialmente, le empiezo a hablar aquí. No diré su nombre, vamos a decir Alejandro, por ejemplo. Alejandro, voy a necesitar tu ayuda para, digamos que fuera un problema de la cortina. Y me responde él mirándome con amabilidad: Buenos días Padre, con mucho gusto. Y solo en ese momento caí en cuenta que yo ni siquiera lo había saludado. Pecado mío, error mío. Me dio una lección ese hombre. Con qué sencillez, con qué naturalidad me saluda. Y después, me ayudó también en lo que había que hacer, aquella pequeña reparación. Entonces, primera tarea, necesito aprender de todos, aprender de todos.
Segunda tarea que surge de aquí. Miremos y valoremos especialmente a las personas que tenemos cerca, porque a veces la gente que vemos de lejos, la admiramos, otra cosa sería vivir con ellos, otra cosa sería. No caigamos en el error de menospreciar a las personas que tenemos cerca. Precisamente, preparando las palabras, Dios me ayude, para las exequias de mi padre que van a ser el día de mañana, si Dios permite. Preparando esas exequias y viendo los testimonios de tantas personas que le conocieron, yo me doy cuenta, realmente Dios nos regaló un gran hombre. Yo creo que nosotros lo quisimos y lo queremos y lo apreciamos en vida tanto como en muerte. Pero siempre me queda un poquito de duda.
Las personas que tenemos cerca ¿de verdad las valoramos, de verdad les hacemos saber lo importantes que son para nosotros, de verdad reconocemos y agradecemos los dones que tienen? Con mucha facilidad, un error que uno comete es dar por descontada a la gente cuando se van yendo, cuando se van muriendo, las cosas cambian. Cuando se van muriendo, nos damos cuenta que hemos tenido verdaderos tesoros muy cerca y tal vez nosotros cuando tenemos a la gente cerca, lo primero en lo que pensamos es en lo que no hacen bien, en lo que habría que corregirles, en lo que podrían hacer mejor o simple y llanamente lo que nos talla de ellos.
Pero no caigamos en ese error, no caigamos en esa ilusión óptica de dar por descontados a los que tenemos cerca. Este es el tiempo para valorar a los que ahora mismo viven con nosotros, este es el tiempo también para agradecerles todo lo que hacen, este es el tiempo para hacerles ver que reconocemos esos dones que Dios les ha dado, esa es tarea nuestra también. Piensa ahora mismo en las personas que tienes más cerca, para muchos de ustedes será el esposo o la esposa, los hijos, parientes, hermanos. Tú crees que estarán ahí para siempre, tú crees que tienes un tiempo indefinido para hacerles ver todo lo importantes que son para ti.
Entonces, la primera frase que la tomé de labios de mi madre es, de todos aprendo. La segunda frase, la segunda tarea es: En vida, hermano. Esta frase se ha repetido de muchas maneras, en vida. Hazle ver y sentir a las personas que tienes cerca, cuánto las quieres, lo importantes que son para ti. Y tercera tarea, aunque no le tuvieron mucha fe a Cristo, mira la manera tan hermosa como termina este Evangelio: «Recorría los pueblos de alrededor enseñando». Él no se detuvo, porque hubiera ingratitud no se detuvo, eso no lo frenó, porque no lo reconocieran, era el Hijo de Dios, el Hijo del Dios vivo, no lo reconocían, Él no se detuvo.
Si bien es cierto que tenemos que hacer ver a los demás lo importantes que son, entendamos que tal vez a ellos no les ha llegado todavía ese lenguaje nuestro y entendamos que, tal vez, ellos tardarán un tiempo, Dios sabe cuánto, en saber qué es lo que tienen cerca. No porque nosotros seamos la última maravilla, sino porque Dios también ha hecho obra en nosotros, eso tampoco lo vamos a negar. Pues bien, si no nos valoran, si no nos reconocen, como tal vez quisiéramos que nos reconocieran, que eso no detenga nuestro amor y que eso no detenga nuestro deseo de hacer el bien, es decir, no te detengas en el bien.
Esas tres frases nos quedan entonces de esta reflexión. De todos aprendo, muy importante. Segundo, en vida, hermano. Y tercero, seguir haciendo el bien o como dijeron de Cristo, siempre me impactó esa frase, capítulo décimo de Hechos de los Apóstoles: Pasar haciendo el bien. Así sea.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|