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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pidamos a Cristo que nos enseñe a vivir los momentos de crisis, dificultades y rechazo purificando nuestro amor, dando testimonio puro y creíble de la gracia recibida.
Homilía i043007a, predicada en 20170201, con 5 min. y 15 seg. 
Transcripción:
El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo sexto de San Marcos. Nos presenta un momento misionero difícil de Cristo. En efecto, si hay algo difícil para quien está haciendo una misión es enfrentarse al rechazo, enfrentarse a la indiferencia de aquellos a quienes quiere llevarles la buena noticia. Pienso que todos los que hemos tenido una responsabilidad pastoral o una responsabilidad de predicación conocemos ese amargo sabor, esa sensación de vacío con la que uno se encuentra frente al rechazo.
Y quizás puede sonar extraño, pero hay algo de consuelo en saber que también los grandes santos y primero que todos, Jesucristo, el Santo entre los santos, también experimentó decepción. Esta parte de mi reflexión quisiera dedicarla a mis hermanos misioneros, misioneras, especialmente a los sacerdotes, las religiosas. Cuando estás en tu labor misionera, seguramente has encontrado a veces esas murallas de indiferencia, has encontrado desiertos helados de rechazo. Yo quiero invitarte a que, por supuesto, revises tu manera de obrar, la coherencia de tu vida, la calidad de tu oración. Es un examen que siempre tenemos que hacer los sacerdotes, que siempre tiene que hacer el predicador, el misionero.
Pero ten presente que no todo es culpa tuya, ten presente que el Evangelio solo puede ser ofrecimiento, solo puede ser propuesta, no puede ser imposición. Como dijo hermosamente San Juan Pablo II, en su encíclica Redemptoris Missio, el cristiano tiene el derecho de proponer, lo que no tiene es el derecho de imponer. Y por eso nosotros no somos dueños de la voluntad de las otras personas, de modo que en algunas ocasiones vamos a tener que enfrentar rechazos. Los encontró Jesucristo, los encontró San Pablo.
Y no fue pequeño el dolor de este gran santo, porque él quería llevar la gran noticia del Mesías a sus hermanos de raza, quería llevar esta noticia a sus hermanos de la raza judía, del pueblo judío, y no pudo. Es decir, sí pudo llegar a algunos, pero con mucha frecuencia lo que encontró fue una muralla impenetrable, no querían, no querían recibir el Evangelio. Lo mismo podemos decir de otros grandes santos. A San Benito, por ejemplo, intentaron envenenarlo.
Si vemos a Santo Tomás de Aquino, pues algunos sacerdotes de la época miraban con tanto rechazo y desconfianza que los religiosos enseñaran en la Universidad, que en la época de Santo Tomás de Aquino se repartían folletos, panfletos entre la gente para indisponerlos contra los religiosos, en ese momento eran nuestros hermanos franciscanos y nosotros los dominicos. Y Tomás tuvo que afrontar esa situación, incluso el obispo de París en aquella oportunidad, también sacó una serie de documentos, una serie de tesis que eran rechazadas, decía él, por la Iglesia Católica. Y ahí había varias de las enseñanzas de Santo Tomás. O sea que también un obispo rechazó algunas de las palabras y algunas de las propuestas doctrinales de Tomás de Aquino.
Podríamos recordar así muchos otros santos, las humillaciones de un Martín de Porres, o, por ejemplo, los engaños y las calumnias a las que fue sometida Santa Catalina de Siena. Hay que saber que eso es parte del camino y hay que saber que a través de esas noches oscuras y a través de esos rechazos y a través de esas dificultades el amor se va purificando, el amor va mostrando su autenticidad. O sea que las dificultades y los rechazos también tienen un papel importante dentro de nuestra vida cristiana, porque hacia dentro sirven para que nosotros purifiquemos nuestra intención y aprendamos a obrar por Dios y solamente por Dios.
Hacia afuera, sirven para que los que nos rodean se den cuenta de cuáles son nuestros verdaderos propósitos. Y muchas veces esa es exactamente la preparación que se necesita para que un día, quizás cuando nosotros ya no lo veremos, un día, el Evangelio pueda ser recibido. Así que aprendamos de este momento difícil que vivió nuestro Señor Jesucristo y pidamos al mismo Cristo que nos enseñe a vivir nuestras propias crisis y dificultades, purificando nuestro amor y dando un testimonio cada vez más puro y creíble de la gracia que hemos recibido. Amén.

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