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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Corrección, perfección y comunión: tres enseñanzas del final de la Carta a los Hebreos.
Homilía i043006a, predicada en 20150204, con 5 min. y 12 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy está tomada del final, casi del capítulo final de la Carta a los Hebreos, lo de hoy es del capítulo 12. Y hay tres palabras que creo que podemos subrayar en el pasaje de hoy, la palabra corrección, la palabra perfección y la palabra comunión. Corrección, Dios nos corrige.
No hace mucho hubo una polémica, podemos decir, entre varios de los autores católicos que hacen mayor presencia en Internet y hubo bastante polémica sobre el tema de si Dios castiga o no castiga. Me parece que es una discusión que, de muchas maneras, fue mal llevada, por lo menos por algunos de los interlocutores. Cuando nosotros hablamos de que Dios castiga, no queremos decir que Dios busca nuestro daño, ni que Dios busca desquitarse, ni que hay un sentimiento de destrucción o de humillación de Dios hacia nosotros. En ningún caso nos estamos refiriendo a eso.
Queremos hablar, cuando decimos que Dios castiga, de dos cosas. Primero, que los actos malos traen consecuencias malas. Y segundo, que Dios, como indica precisamente la Carta a los Hebreos, nos corrige porque nos ama. Y muchas de las cosas que aparentemente son contradicciones y son experiencias duras, frustrantes en nuestra vida, esa clase de cosas que hacen que digamos ¿dónde estaba Dios, por qué Dios no me ayudó, qué pasó con Dios en este momento de mi vida?
Muchas de esas cosas, en realidad, son oportunidades de conversión que el Señor nos está dando y en ese sentido debemos clasificarlas mucho más como correcciones que nos ofrece su amor y no como actos de rabia o como actos de desquite, que a veces es la impresión que algunas personas tienen. Así que Dios nos corrige, ciertamente nos corrige y nos corrige, dice la Carta a los Hebreos, porque nos ama.
La segunda palabra es perfección. Una de las grandes tentaciones del cristiano es la mediocridad, muy fácilmente uno se contenta con no ser malo. Y uno dice: Yo no le hago mal a nadie. Pero, es que nosotros no fuimos puestos en esta tierra para no hacerle mal a nadie. Fuimos puestos en esta tierra para hacerle bien a muchos. Y la pregunta que uno tiene que hacerse no es si yo le estoy haciendo mal a alguien, sino a cuántos les estoy haciendo un verdadero bien y a cuántos les estoy dando ese bien que permanece, ese bien que dura hasta la vida eterna, ese bien que puede y quiere consolidarnos en el Señor.
Por eso, hay que preguntarse también si nosotros estamos evangelizando. Es un escándalo, un verdadero escándalo que muchos católicos, si piensan en el último año de su vida, no podrían responder a esta pregunta: ¿A cuántos has acercado a la amistad con Cristo? No, yo no le hago mal a nadie. Esa es una medida muy triste, esa es una gran mediocridad, lo que se espera de ti es mucho más. Y en ese sentido, la segunda palabra: perfección.
La tercera palabra es comunión. No en el sentido, esta vez de comunión eucarística, tan bello, tan profundo, sino en el sentido de la comunión que debemos tener con nuestros hermanos, es decir, el sentido de que somos Iglesia, el sentido de que somos comunidad. Y en este sentido, tenemos que preguntarnos seriamente qué es lo que estamos haciendo. Porque la perfección de que nos habla la Biblia en general, la perfección de la que nos habla esta carta a los hebreos en particular, no es un encerrarse en la altura de lo que yo soy. No, es mucho más que eso.
La perfección que se espera de nosotros, la perfección que nosotros queremos, a la que estamos llamados, es la perfección junto con otros. No se trata de salidas en solitario, como quien dice, yo me despegué del lote, como se dice a veces en las carreras de ciclismo. Fulano de Tal se despegó del lote. No, ese no es el gran ideal cristiano. El gran ideal cristiano es hizo crecer, hizo avanzar, mejoró, en clave de Cristo, mejoró la vida de sus hermanos. Corrección, perfección y comunión.

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