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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesús hace hablar la vida.
Homilía i043004a, predicada en 20030205, con 19 min. y 56 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, es muy buena la pregunta que hacen estos compatriotas, estos coterráneos de Jesús, ¿de dónde saca todo eso? Yo he llegado a la conclusión de que la mayor parte de las objeciones, críticas y burlas que le hicieron a nuestro Señor Jesucristo, si uno las lee de otra manera, resulta una alabanza. Por ejemplo, los soldados, cuando la escena de la Pasión, le decían: A ver, profetiza, lo decían en tono de burla. Pero resulta que en realidad el que estaba ahí, es el profeta de profetas, es el grande entre los profetas.
Pilatos se queda mirando a Cristo como si fuera un loco y le dice: Entonces tú eres rey. Y estaba diciendo algo que era cierto, porque ese es el Rey y es el Rey de reyes, es el grande entre los reyes. Y en otra ocasión dijo Anás: Mejor que muera él y que no muera el pueblo. Lo dijo con odio, lo dijo con rabia. Pero resulta que eso es cierto, fue mejor que muriera Cristo y así no murió el pueblo, así no morimos nosotros. La gente decía con odio, en el momento de la crucifixión: Que caiga su sangre sobre nosotros y nuestros hijos. Lo decían con rabia, pero en realidad si uno lo sabe entender, es hasta una petición bonita, que me bañe la sangre del Señor. Y hay una canción que dice eso: Lávame con tu sangre.
Algo parecido sucede aquí, la gente dice con extrañeza: ¿De dónde saca todo eso? Pero si lo miramos bien, esa pregunta sirve para admirar a Jesucristo. Qué bello, desde luego, ya no con desconfianza, ni con rabia ni con sorna, qué bello ponernos delante de Jesús y decirle: ¿De dónde sacas todo eso? ¿De dónde sacas? Yo les quiero contar que una vez estuve en un retiro con unos hermanos franciscanos, sacerdotes y no sacerdotes, un grupo como de unos 30 frailes franciscanos.
Me correspondió en esa ocasión dirigir esos retiros a estos frailes y, según mi costumbre, pues yo iba predicando, así como lo estoy haciendo ahora, pues sin ninguna guía, sin ningún papel, el Señor me ayuda realmente para dirigir la predicación así. Y al final uno de los frailes se me acerca y dice: Pero usted ¿cómo puede hablar una hora entera sin un papel, sin una guía, de dónde saca todo eso? Me hizo esta misma pregunta que le hicieron a Jesús. Desde luego que es un regalo del Señor poder predicar y que Él me conceda hacerlo bien.
Y por eso, yo entiendo lo profunda que es esa pregunta, porque me la han hecho varias personas. Pero ¿de dónde le salen tantas palabras? ¿De dónde saca todo eso? Si eso dicen de uno, que es imperfecto en tantas cosas, incoherentes en tantas cosas, qué podemos decir nosotros poniéndonos delante de Jesús y quedarnos mirándole y decir: ¿De dónde sacas tanto? Y Jesús nos respondería del corazón, del amor que les tengo. Realmente Jesús en otra ocasión dijo: «De lo que abunda el corazón habla la boca». Las palabras de Jesús salen del corazón de Jesús.
¿De dónde saca todo eso? Del corazón, de un corazón lleno de amor, amoroso de la gloria de Dios y preocupado por nuestra salvación, de ahí lo saca. Y esa respuesta es muy linda, porque quiere decir que cada vez que escucho a Jesús, conozco el corazón de Jesús. Pero hay otra cosa ahí, el Evangelio según San Juan nos dice hacia el final, casi del capítulo primero: «A Dios nadie le ha visto nunca. El Hijo, el Hijo, Cristo, el Hijo que está en el seno del Padre, que está adentro del Padre, nos lo ha dado a conocer. El Hijo que está adentro del Padre nos lo ha dado a conocer».
Si repetimos esta pregunta ¿de dónde sacas eso? Jesús nos podría responder también, del Padre. Nos lo ha dado a conocer. El Hijo nos regala el conocimiento del Padre. «Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, Felipe, y no me conoces. El que me conoce a mí conoce a mi Padre». ¿De dónde saca Cristo todo esto? Lo saca del Padre, lo saca del cielo. Cristo nos regala pedazos, tajadas jugosas de cielo cuando habla. Todavía hay otra tercera respuesta para esa pregunta. Jesús invitó muchas veces a la gente a mirar, aprender a mirar, mirar sobre todo el tiempo en el que se encuentran, mirar los signos de los tiempos, mirar.
Y desde luego que el primero que practicó esto fue el mismo Cristo. Por eso las palabras de Él están impregnadas de tanta sencillez y están llenos de ejemplos que todo el mundo entiende, porque la vida de Jesús fue una vida marcada por la sencillez, por la humildad. Dicen que la parte más bonita de Palestina es la parte norte, la parte de Galilea y es también la parte más campesina. Y es la parte donde se crió Jesús. Las labores del campo del pastoreo, de la agricultura, la lámpara que se enciende cuando cae la tarde y se dicen las oraciones, la mujer que mezcla levadura en la masa y se pone a luchar para amasar y hacer el pan.
Todas estas palabras que luego nos llegan como oro puro de los labios de Jesús, Jesús las encontró en la vida, en la vida. En la vida de cada día, en las cosas sencillas de la vida. Cuando uno dice, como dije yo ahorita, que Jesús nos regala retazos, tajadas de cielo, cada vez que habla, uno puede pensar: Y ¿quién podrá entenderle entonces? Pero lo más maravilloso de Jesús es que nos regala su corazón y nos regala esas tajadas de cielo en un lenguaje de una manera que podemos entender porque es la vida. ¿De dónde sacas eso? De la vida. Esta respuesta es bonita, pero es una respuesta exasperante también.
Es una respuesta bonita, porque cuando entendemos que Jesús saca todo de la vida, entendemos también por qué las parábolas de Él se le quedan a uno para siempre, es que es el maestro por excelencia. Usted piensa que Jesús a veces tenía que predicarle a tres mil o cuatro mil personas, no tenía Power Point, no tenía video-beam, no tenía fotocopias, no tenía. ¿Qué podía hacer para grabar algo? Entonces, él no utilizaba una pantalla de acrílico, sino utilizaba la pantalla de la imaginación humana. Algunos de los métodos que utilizó Cristo, los utilizaban otros maestros de la época. Pero sin duda, Jesús es el mejor entre los mejores, porque uno escucha una frase de Jesús y es difícil olvidarla.
Aquello de que los primeros serán los últimos, ¿quién podrá olvidarlo? Eso de que no he venido a buscar a los justos sino a los pecadores, son frases tan bellas que uno las oye, oye el comienzo y las puede terminar porque ya las tiene en la mente. ¿Por qué las palabras de Jesús se graban tanto? Porque es la vida, porque es la vida. La parábola del sembrador, cualquiera de nosotros podría repetir aquí la parábola del sembrador. El episodio de la mujer adúltera, cualquiera de nosotros lo podría recordar. Las palabras y las obras de Jesús quedan grabadas en nosotros, porque son palabras y obras de la vida. Por decirlo de otra manera, Jesús hace hablar, la vida le da palabras a la vida. Esto es increíble, le da palabras a la vida.
Gente como Eric Fromm, como Carl Jung, como Sigmund Freud y algunos otros han descubierto, y les parece el descubrimiento del siglo, que cuando una persona logra poner en palabras lo que está viviendo, empieza a sanarse. Pero el primero que le da palabras a la vida no es Carl Jung, ni Sigmund Freud, ni Erich Fromm. El primero que le da palabras a la vida es Jesús. Jesús le da palabras a la vida y cuando la vida se vuelve palabra, entonces la vida se vuelve luz. Es una cosa maravillosa porque ustedes recuerdan lo que nos dijo San Juan: «La Palabra se hizo carne». Ahora estamos diciendo la carne se hace palabra, es tan bello.
Jesús viene a nosotros, Jesús toma nuestra realidad, pero no para abajarse solamente, sino, como dice San Pablo en la carta a los Efesios, para levantarnos a todos con Él. El mismo que bajó es el mismo que subió, dice San Pablo, y al subir llevó consigo al universo cautivo. Nos lleva a todos detrás de Él, porque hace hablar a la vida. Y esta es la parte bonita, pero hay una parte dura y esa parte dura explica la incredulidad de la gente, la incredulidad de los paisanos de Jesús, que no le creían mucho. Y por eso hacen cuentas de los hermanos y las hermanas, entre paréntesis.
Siempre hay que explicar lo mismo. Lo que sucede es que en arameo y en hebreo no hay una palabra para indicar primos. Cuando en la Biblia oímos de hermanos, se refiere a parientes. Por ejemplo, Abraham le dice a Lot que era su sobrino, ustedes pueden buscar allá por el capítulo 12 del Génesis, Abraham y Lot eran tío y sobrino, y Abraham le dice a Lot: somos hermanos. Bueno, aclarado ese paréntesis que no viene con nuestro tema, sigamos en lo que estamos.
Los paisanos de Jesús no le creían y no le creían ¿qué? Se lo voy a describir de esta manera, si los dos estamos viviendo una misma historia, ¿cómo es que a usted si le salen palabras y a mí no? ¿Cómo es que usted puede encontrar tanto, tanta luz, cómo encuentra usted tanta luz ahí y nosotros no? Esa es la parte dura. El libro en el que había leído Jesús era el libro de la vida, pero los paisanos de Jesús habían tenido la misma vida que Él, se habían paseado por los mismos campos, habían visto mil veces la misma siembra, la misma cosecha, la misma levadura, las mismas ovejas.
Y no veían en esas ovejas sino trabajo, y no veían en ese pan sino una panzada y no veían en esa lámpara si no, toca comprar más aceite. La vida de ellos estaba pegada al comprar, vender, gastar y disfrutar. Jesús es libre, Jesús trae una lógica distinta, Jesús nos viene a decir que uno puede gastar la vida no solamente comprando, vendiendo, consumiendo, disfrutando, suspirando por lo que no tiene, hastiándose de lo que ya tiene. Hay otra manera de vivir, tú puedes convertir cada cosa en una palabra, cada cosa en un mensaje.
Si alguno de ustedes tiene interés o más que interés, tiene vocación de místico, aquí hay algo realmente místico, es como si Jesús, cada cosa que tocara la impregnara de su propio ser, Él es la Palabra. Y cuando Jesús toca las cosas, las palabrea, las apalabra, las convierte en algo que no es solamente comprar, vender, gastar y disfrutar. Hay otros verbos, como por ejemplo, hacer que el mundo hable. Si uno pudiera, que no puede ni debe, hablar de magia, es lo más parecido a la magia.
Convertir el mundo en un discurso, convertir las cosas en canciones, convertir las vidas en estrofas de un himno, convertir los corazones en melodías que proclaman la gloria del Padre. Esa es la obra de Jesús, el místico, el poeta, el maravilloso redentor de nuestras vidas. Y para seguir con esa misma palabra, que no se debería utilizar, solo Jesús tenía esa magia. Los demás solamente veían que hay que comprar, comprar, comprar. Gastar, se acabó, hay que comprarlo. Ahora hay que disfrutarlo, disfrutarlo, disfrutar, se agotó.
Nosotros no sabemos sino eso, disfrutar hasta hastiarnos, comprar hasta endeudarnos, buscar y buscar y buscar ¿qué? Siempre estamos buscando otra cosa, siempre necesitamos comprar otro modelo para ser por fin felices. Siempre necesitamos adquirir la chaqueta que nos va a dar el ser, ahora sí soy. Necesitamos encontrar los zapatos que nos van a dar la identidad. Estamos persiguiendo algo que nunca llega. Y resulta que Jesús toma el mundo y, como si fuera un arpista, con delicadeza, con estilo, acaricia las cosas y le saca la música. Yo quisiera ser místico para poder escuchar esa música.
Termino contándoles que en la antigua Grecia hubo unos señores, unos señores que buscaban a su manera la espiritualidad y la religión, los pitagóricos. Ellos fueron los que empezaron a descubrir la relación que tenía la matemática con el sonido. Por ejemplo, si una cuerda se toca, produce un sonido y si se toca exactamente a la mitad de la cuerda, produce el mismo sonido una octava más alto. Entonces, ellos empezaron a descubrir relaciones de lo que llamamos las quintas y las terceras y las octavas y todas esas cosas de la música y las relacionaban con los números.
Un día, uno de ellos, después de mucho observar el cielo y cómo se movían los planetas, vio que había relaciones entre las distancias de los planetas, los planetas van haciendo danzas en los cielos. Por ejemplo, si uno mira al planeta Marte, el planeta Marte no va haciendo un recorrido plano, soneto, aburrido como si fuera un OVNI. No todos los planetas van haciendo una especie de zigzag, se devuelven un poco, avanzan y los días que demoran en cada uno de esos recorridos han sido estudiados, incluso desde esas épocas. Hay números que acompañan el recorrido de los planetas.
Y decía este místico, vamos a llamarlo, de los pitagóricos, que debería haber alguna música ahí, que los planetas no se devolvían, porque si, tenía que haber una música de las esferas, tenía que sonar algo en los cielos. Y decían ellos que, si uno lograra callarse, si uno lograra verdaderamente hacer silencio, uno podría escuchar esa música que hacen los planetas mientras van danzando muy despacio en el firmamento. Pues podemos decir nosotros, claro que toda esa poesía se acabó cuando ya vino la teoría, que no es que están girando alrededor del sol. Entonces, desde el punto de vista que está la Tierra, entonces, ah, bueno, ya quedó explicado todo, perfecto.
Pero podemos tomar toda esa poesía de los antiguos pitagóricos y decir que el hombre del gran silencio, el hombre que sí pudo escuchar la música de las cosas y no solo de las estrellas, el hombre que pudo escuchar hasta la música de una moneda que se cae en la casa y se pierde, el hombre capaz de todo eso fue Jesús y a Él adoramos, a Él amamos y a Él queremos escuchar para que nos enseñe su música.

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