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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Distinguir lo que es el pecado de lo que es la posesión diabólica
Homilía i041002a, predicada en 19990201, con 7 min. y 58 seg. 
Transcripción:
Esta escena impresionante de un exorcismo tal vez produce en nosotros una sensación parecida a la que tuvieron aquellos habitantes. En ese encuentro entre Jesucristo y el poder del demonio. Tal vez uno queda como tan asustado, como tan impactado que retira su pensamiento de lo que se le propone, y entonces dice: Eso es imposible o es un problema mental, o si no obra como obraron ellos. Si Jesús va a hacer esas obras, que las haga en otra parte. Sin embargo, hay que entender que los exorcismos que realiza Jesucristo, lo mismo que sus predicaciones, lo mismo que sus sanaciones, lo mismo que el perdón de los pecados o la multiplicación de los panes. Todas las obras de Jesucristo nos muestran cada una, una faceta del amor de Dios. Así como estas imágenes que hermosamente embellecen esta capilla, cada color puesto en su sitio, los más brillantes y los más oscuros, finalmente constituyen una imagen armónica que presenta un mensaje, en este caso la vida de este santo. Algo así es el Evangelio. El Evangelio tiene también colores profundamente oscuros, como la traición de Judas, como los bramidos del demonio, como la gravedad de la traición, de la soledad o de la enfermedad. Pero es el conjunto, es el conjunto de esos colores, es el conjunto, es la presentación íntegra de ese mensaje, lo que nos hace entender que en Jesús está la victoria plena sobre todo género de maldad y que en Él está la puerta y el camino para todo bien. Hay que sacar un par de enseñanzas sobre este endemoniado. Indudablemente es una de las escenas más impactantes. Un hombre que se pasea entre sepulcros gritando, hiriéndose con piedras, que además tiene una fuerza descomunal. Eso es la exteriorización de la obra de Satanás o de muchos demonios, según parece, en esta persona. Pero hay que distinguir lo que es el pecado de lo que es la posesión diabólica. Leí hace un tiempo un libro sobre un exorcista autorizado por la Iglesia Católica. Nosotros casi siempre lo que sabemos de exorcismos lo sabemos por el enfoque sensacionalista de películas o de libros donde interesa el espectáculo. Pues mire usted que precisamente hace poco, hace semanas, en el Vaticano, se aprobó el ritual reformado para exorcismos. Es el último documento que faltaba por reformar. El último ritual que faltaba por reformar, desde el Vaticano segundo, más de treinta años después, todavía no se había cambiado el ritual de exorcismos. Entonces yo estuve mirando un poco cómo era lo del ritual de exorcismos. Y una de las prescripciones que tiene la Iglesia es la prohibición del uso de medios de comunicación social cuando se va a realizar el exorcismo en sí. Porque ha sido motivo de más bien de sensacionalismo o de amarillismo, como decimos. Dice el exorcista. Este que les cuento es un italiano autorizado desde luego por la Iglesia y que efectivamente realiza en el nombre de Jesucristo obras como las que hemos escuchado en este Evangelio. Dice este exorcista que en cierto sentido es más grave el pecado que la posesión, porque la posesión diabólica supone la acción de Satanás propiamente en el cuerpo o en las cosas de las personas De acuerdo con la enseñanza de la Iglesia, la posesión diabólica, en cierto sentido, quita responsabilidad a la persona en la medida en que su voluntad queda como atada o imposibilitada, mientras que el pecado envenena el alma de la persona. Esa es la terminología que él utiliza. Él dice miren: la posesión es el cuerpo el que resulta más afectado, como este hombre que se hiere con piedras, mientras que en el pecado, en la realidad del pecado, la que resulta afectada es el alma de la persona. Y dice: Ningún sacerdote debería tener miedo de hacer exorcismos, porque en el fondo, cuando se realiza la confesión, hay una obra más grande que cuando se realiza un exorcismo. En el exorcismo, el demonio se aleja propiamente del cuerpo de la persona. Pero la confesión es como un exorcismo del alma. Bueno, de esta comparación podemos aprender algo los religiosos que estamos aquí. Pero de esta comparación también se puede aprender que cada vez que la Biblia nos presente posesos de estas cosas que se dicen de los posesos, podemos entender lo grave que es el pecado y también la magnitud del poder y del amor de Jesús. Esto quiere decir que todo lo que se dice en la Biblia sobre lo que los posesos hacen con su cuerpo o en su cuerpo, eso es lo que está haciendo el pecado en los corazones. Eso es lo que está haciendo en las vidas. Este proceso se paseaba por los sepulcros. El que vive en pecado se pasea por la muerte. Él se iría con piedras. ¿Qué iría con piedras? Su cuerpo. A uno le produce rechazo en las entrañas pensar alguien que se despedaza con piedras. Pues bien, eso es lo que realiza el pecado en nuestra vida. Es como una especie de suicidio a pedazos. Él gritaba, alejaba y asustaba a la gente. Eso precisamente es lo que realiza el pecado en cada uno de nosotros. Qué contraste pacífico con la imagen final. El que había estado poseído está vestido. Está en su sano juicio. Puede hablar, puede pensar. Puede estar cerca de Jesús. La gente no entendió el mensaje y le dice a Jesucristo que se aleje. Jesús se da cuenta de que esa región está peor de lo que estaba el poseso y por eso tenía el problema en su cuerpo. Como dice el exorcista italiano. La región estaba en pecado. No detectaba la presencia de Jesús. Le fastidiaba la presencia de Jesús. Por eso no quiere que este, el que había estado enfermo, el que había estado poseso, no quiere que se vaya con él, sino lo deja ahí como una bendición permanente, como un testimonio permanente, como un exorcismo permanente, para que ahí se vaya abriendo la puerta a la Palabra de Dios. De aquí sacamos conclusiones para nosotros. Nada de miedo ante estos temas. Estando Jesús no hay por qué temer. No se trata de tener miedo, de llenarnos de miedo, pero sí se trata de comprender la seriedad de la vida. Nuestra religión, queridos amigos, es una religión seria, no amarga, pero sí sería. Y es una religión alegre, no frívola, pero sí alegre. El que sepa reunir la alegría sin frivolidad, con la seriedad, sin amargura, es entendido el mensaje de Jesucristo.

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