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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Las distracciones, la superficialidad y la mundanidad amenazan con arruinar nuestra vida cristiana pero hay remedios que podemos poner en práctica.
Homilía i033007a, predicada en 20210127, con 27 min. y 1 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, es difícil cambiar un mal terreno para que sea útil para la agricultura, se ha logrado, se puede lograr, pero no es fácil. En este sentido, recordamos las maravillas que ha logrado el gobierno de Israel en el desierto, literalmente haciendo florecer el desierto, pero repito, no es fácil. Lo que, en todo caso, es imposible es que un terreno se cambie él solo. En cambio, nosotros, que somos ese terreno a donde quiere Dios sembrar su palabra para que dé fruto, nosotros sí podemos hacer algo para hacer mejor tierra. Vamos a enfocarnos unos minutos en esta preciosa idea. Sí hay algo que podemos hacer para ser mejor terreno.
Cristo nos da como tres advertencias o tal vez tres grupos de advertencias cuando nos habla de terrenos malos. Uno es el terreno malo, el del borde del camino. Tiene el problema de que la semilla se la llevan muy pronto los pájaros. Otro terreno malo es el que es muy superficial, terreno pedregoso. Quizás la semilla logra entrar, pero no hunde su raíz profundamente, cualquier problema y le da la espalda a Dios. Tercer terreno malo, el que recibe bien la semilla, pero luego esa semilla queda ahogada entre zarzas. Cómo podemos traducir estas dificultades o estas resistencias a la palabra, cómo las podemos, cómo las podemos traducir a nuestra realidad.
Por ejemplo, nos damos cuenta que si una persona tiene una actitud superficial o distraída, se parece mucho al primer terreno, como que oye, pero no oye, está pero no está. Entonces, podemos asignarle una palabra, un rótulo de peligro, a ese primer terreno, vamos a ponerle el rótulo distracción, quizás no salen otras advertencias, pero por ahora pongamos esa palabrita: distracción. La persona distraída, que es también la persona dividida, que es también la persona que no escucha, no escucha. Entonces, pongamos esa primera advertencia, la palabra distracción.
A ver, vamos con el segundo terreno. ¿Cuál podría ser una palabra que describiera a ese segundo terreno? Nos damos cuenta lo que dice el Señor, mire la descripción: «Acogen con alegría la palabra, pero no tienen raíces». Entonces, podríamos poner, por ejemplo, la palabra superficialidad. De nuevo, es posible que salgan otras, pero por lo pronto es esa superficialidad. Entonces, Cristo nos está advirtiendo, cuidado con la distracción, cuidado con la superficialidad. El tercer terreno tiene varios problemas, dice aquí: «Reciben la simiente entre zarzas». Mire, los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás. O sea que aquí están muchas personas que están agobiadas por las preocupaciones o seducidas por los bienes de este mundo.
Pensemos en una persona que se concentra, por ejemplo, en que tiene que sacar adelante su estudio y eso está muy bien, claro que uno tiene que sacar adelante el estudio. Pero se concentra en que tiene que sacar el estudio y el estudio y entonces, descuida completamente su vida de oración, descuida completamente los sacramentos, nunca tiene tiempo para una obra de caridad, porque tengo que sacar adelante mi carrera y así meses y meses. Esa persona no está haciendo algo perverso, pero al utilizar esas prioridades, al dejar casi en último lugar la fe y el crecimiento espiritual, se pone en un peligro muy grande.
Entonces, hay personas que están, por una parte, muy agobiadas y, por otra parte, muy atraídas, muy seducidas. ¿Qué nombre le damos a esa mezcla de seducción de las cosas de este mundo y de agobio por las preocupaciones de este mundo? Tal vez el nombre que le podemos dar y que es el que le da el Papa Francisco, es precisamente mundanidad. Entonces, tenemos tres grandes advertencias en esta pequeña meditación: Cuidado con la distracción. Cuidado con la superficialidad. Y cuidado con la mundanidad.
Están bien las advertencias, pero todavía es mejor dar algunas recomendaciones prácticas. ¿Qué tipo de recomendación podemos dar? Bueno, podemos recomendar, por ejemplo, que en contra de la distracción qué nos va a servir, cada persona, trate de respondérselo ¿qué cosas nos pueden ayudar a superar nuestras distracciones? Yo me acuerdo de una historia que contaba un padre viejito hablando de una señora viejita, esto sucedió en un pueblo.
Y entonces la señora decía alguna vez como quejándose, decía que ella, como estaba ya un poco malita del oído, se perdía casi toda la misa, esa era la descripción que ella daba de su problema. Y el Padre, según lo cuenta el Padre, habría que oír la versión de la viejita para tener siempre las dos versiones. El Padre decía, le decía a ella: Y ¿usted dónde se sienta? Porque nosotros cambiamos el sonido en la Iglesia, eso nos costó muchos millones. ¿Usted dónde se sienta? Y entonces decía la señora: Es que yo desde chiquita me acostumbré a sentarme. Ella tenía ahí su puestecito, su banquita, donde le gustaba sentarse. Y resulta que esa banca quedaba bastante separada de los parlantes. Mire que es una historia muy sencilla, muy tierna.
Y entonces, el Padre le dijo: Pues su problema tiene solución, siéntese más cerca del sonido. Yo sé que usted está acostumbrada a sentarse porque dicen que el hombre es un animal de costumbres, entonces esta señora estaba acostumbrada, llegaba a la iglesia y como por control remoto se sentaba ahí en su mismo sitio, pero ese sitio no tenía buena acústica y ella mala del oído, pues no podía. Yo sé que te estoy contando una historia muy ingenua, muy inocente, pero es que muchas veces la escucha de la Palabra pasa por eso. Cuando vayas a recibir el mensaje, ponle un pare a todo lo demás y procura que tu oído esté dispuesto de la mejor manera.
Mire que la Iglesia nos enseña esto, cuando empieza la misa lo primero que se hace no es lectura de tal o cual libro, no. Cuando empieza la misa, ¿qué es lo primero que se hace? Primero se saluda, primero se hace el acto de contrición, reconocemos que somos pecadores. Luego hacemos una oración que se llama la oración colecta. ¿Para qué están todos esos ritos introductorios? Para que usted, fíjese lo pedagoga que es la Iglesia, para que usted haga el buen ejercicio de desconectarse, desconectarse de muchas cositas y llegar a una mejor, a un mejor recogimiento. Entonces, uno puede luchar contra las distracciones.
Por ejemplo, ¿quiénes son los amigos de las distracciones y, por lo tanto, enemigos nuestros? Mire, un amigo de las distracciones es el afán. La persona que está corriendo, que está, que a última hora llega, a todos nos ha pasado, a mí también. Pero uno debe tratar de vencer eso, cuando uno empieza a preparar su celebración un poco antes, pues eso es mejor. Entonces, fíjate que son consejos muy sencillos para vencer las distracciones. Abre bien tu oído. Prepárate con tiempo. Una cosa que mucha gente está haciendo y que me gusta muchísimo, tienen un lugar especial de oración en la casa. Muchas personas llaman a eso un altarcito, tienen un lugar de oración.
Mire, el ser humano es cuerpo y alma. Entonces, mi cuerpo también necesita una especie de claves para entrar en sintonía. Haga usted el experimento a cualquier hora del día que no sea hora de comida, siéntese usted en el comedor con un plato vacío y unos cubiertos y verá que empieza a darle hambre, es decir, uno tiene esas asociaciones. El lugar del comedor es el lugar del comedor. Hace poco leí a un psicólogo que decía: Si usted quiere mejorar la calidad de su sueño, no haga en la cama otras cosas, como por ejemplo trabajar, comer, discutir.
Si, por ejemplo, usted es casado, está acostado ahí con su esposa y van a empezar a discutir, lo que deben hacer es levantarse, quitarse la pijama, ponerse la ropa de calle, irse para la sala, encender las luces y ahí sí discuten. Cuando ya termine la discusión, se devuelven otra vez a la cama, ese es un consejo que le doy gratis, ningún costo. ¿Por qué? Porque si usted discute en la cama, entonces la cama se le vuelve el lugar donde usted come, el lugar donde usted discute, el lugar donde usted planea, el lugar donde usted trabaja. ¿Qué pasa? Que usted no le está ayudando a su cuerpo.
La cama está para el descanso, por supuesto, en el caso de la pareja, ese descanso también incluye el descanso de amarse. Por eso digo que, en serio, no utilicen la cama para pelear porque es el mismo lugar, es el mismo contrincante, es la misma hora. Entonces, para pasar de la pelea al amor, eso está un poco difícil, no. Hagan el ejercicio, levántense si es posible, se bañan, se dan un duchazo frío, se visten, se van a la sala.
¿Qué estoy diciendo con todo esto? Hombre, que el ser humano tiene sus rutinas. Entonces, lo mismo que decimos de la cama o del comedor, es muy bonito que usted tenga un lugar de oración en su casa y que usted haga siempre su oración en ese sitio. Mi casa, este convento donde yo vivo, tiene la bendición de que tiene sus oratorios. Yo cuando voy a orar, gusto mucho de ir a esa capilla grande que muchos de ustedes conocen, el templo del convento de Santo Domingo me encanta, ya lo he dicho otras veces, camino, hablo, canto, escucho. Entonces yo entro ahí y ya el corazón se pone en disposición de.
O sea, usted sí puede luchar contra las distracciones, para que esa bandeja de comida, que es la Palabra de Dios, de comida espiritual, esa bandeja le llegue completa. Porque cuando usted está distraído es como si la bandeja de comida le llegara, pero asaltada, le asaltaron la bandeja, entonces le llega incompleta y lo importante es que le llegue completa su bandeja de comida espiritual. Aplique ese tipo de consejos, ponga un pare a lo demás, deje los afanes, recójase, tenga un lugar especial, disponga su corazón, pida el Espíritu Santo. Usted puede luchar contra las distracciones.
¿Qué hacemos con la superficialidad? Todos estos consejos que yo trato de dar no son míos. Ustedes ven que siempre estoy citando cosas que escuché, lecturas que hice. Entonces, por ejemplo, uno de los grandes apóstoles del examen de conciencia fue San Ignacio de Loyola, también San Alfonso María de Ligorio. Son santos que tenemos que querer mucho. Entonces, ¿qué decía, por ejemplo, San Alfonso María de Ligorio? Que cuando usted hace su examen de conciencia, usted está profundizando. Y ¿cuál es el segundo problema que estábamos denunciando? La ¿qué? La superficialidad. Entonces, el antídoto contra la superficialidad es la profundización.
De hecho, le voy a dar dos remedios. Uno es esto de profundizar, que se logra mucho en el examen de conciencia. Tenga presente, según nos enseña Santa Catalina de Siena, que el buen examen de conciencia no es solo para buscar pecados. Cuando uno pasa por situaciones difíciles, como por ejemplo, pues me ha pasado a mí, ¿cierto? Yo en este momento estoy viviendo una situación difícil, tensa, una situación de duelo. Créame que cuando yo hago mis exámenes de conciencia no solo encuentro que soy un pecador, que claro que lo soy, sino que también uno empieza a escrutar su corazón. Y uno dice: Bueno, pero ¿cuál es el miedo que tengo? ¿Por qué estoy tan tenso, por qué estoy tan irritable, qué es lo que me pasa?
Todo eso te empieza a liberar y liberar de la superficialidad. Tú vas adquiriendo consistencia. Entonces, el buen examen de conciencia, que es como un entrar con amor y acompañados de Cristo en el recinto del propio ser, eso nos libera de la superficialidad. Pero hay que complementar ese remedio con otro. El otro remedio importante es la meditación cristiana. ¿Por qué? Porque la meditación budista, que es la que se está divulgando por todas partes con distintos nombres, siempre consiste en lo mismo: Deje la mente en blanco. Deje la mente en blanco. Se les mete un afán de blanquear la mente. Mente en blanco, mente en blanco.
No, la meditación cristiana no es esa. Es verdad que un poco de actividad física, y si usted quiere hacer unos estiramientos, por ejemplo, porque se siente muy cortito, muy bajito, haga estiramientos. Pero, lo principal de la meditación cristiana no son los estiramientos, respirar profundo. Yo también estos días, claro, si es que uno se tensiona y uno tiene sus problemas, uno también respira profundo, respira profundo, se tranquiliza. Pero la meditación cristiana es mucho más que eso. La meditación cristiana es desmenuzar el mensaje hasta llegar a quedarme con una frase, una palabrita, algo que toca mi corazón y que me hace un inmenso bien, esa es la meditación cristiana.
Entonces, ¿cuáles son los remedios contra la superficialidad? Dos. El examen de conciencia, entendido de esa manera integral, que es como una reflexión sobre uno mismo y la meditación cristiana, no confundirla con la meditación budista ni con yogas y cosas de esas, que muchas veces lo que hacen es introducir otras deidades en la mente humana. No, no se meta con eso. Usted sí, haga sus estiramientos, haga su respiración, lo que usted quiera, lo que usted le ayude, alguna actividad física. Pero, lo más importante, la Palabra de Dios. Cuando usted empieza a desmenuzar la Palabra y a preguntarse ¿esto cómo se aplica en mi vida? Usted está profundizando, queda a salvo de ese problema de la superficialidad.
Y lo último, el último problema se llama la mundanidad. La mundanidad consiste en dos cosas: los agobios y las seducciones. Los agobios son esos miedos y preocupaciones que no logramos sacudir de nosotros. Eso hace que no nos podamos concentrar, que no nos podamos acercar a Dios. Es terrible, es una cosa muy fuerte, es una cosa muy dura. Y las seducciones son aquellos bienes, son bienes, no males, bienes, pero que, de alguna manera, nos obsesionan. Un negocio que quiero hacer, una relación afectiva que quiero concretar. Bueno, me va a decir que sí o me va a decir que no, o qué es lo que va a pasar aquí.
Una relación afectiva, entonces, es una cosa buena. Es decir, que una persona busque, por ejemplo, el amor de su vida. A mí me parece bien, eso está dentro del plan de Dios, eso es hermoso. Pero el problema está en que uno se obsesione, se obsesiona con el dinero, se obsesiona con el amor, se obsesiona con la salud. Y esas obsesiones, voy a tener el cuerpo perfecto, voy a tener el cuerpo perfecto. No se le olvide que tener el cuerpo perfecto solo termina en tener un cadáver bonito. Y aquí entra la clave de la mundanidad, para vencer a la mundanidad pocas cosas ayudan tanto como recordar que estamos hechos para la eternidad.
La meditación sobre la muerte. Perdónenme que hable tanto de situaciones autobiográficas, pero bueno, ustedes saben, estoy con la muerte de mi papá. Entonces, uno reflexiona en la vida de él, lo que él hizo, lo que él vivió, lo que él, lo que él intentó, lo que le salió bien, lo que no alcanzó. Y uno piensa también cuántos años me quedan a mí, ¿qué muerte me puede tocar a mí? Entonces, esas reflexiones sobre la muerte, ese pensar que todo lo de este mundo pasa. Desde aquí envío con respeto mis condolencias a la familia del señor Carlos Holmes Trujillo, ex ministro de Defensa, pues ha fallecido hace poco.
Entonces, uno tiene que pensar cómo la muerte cae sobre los grandes e importantes, sobre los pequeños y humildes, llega al santo y llega al pecador, llega a los que se creían felices y llega a los que se consideraban bienaventurados. Entonces, el ver que todo pasa, el recordar que todo pasa nos ayuda muchísimo. Entonces, primer remedio contra la mundanidad, levantar los ojos a la eternidad. Pero claro, para levantar los ojos de esta tierra a la eternidad, hay que pasar por un bordecito que se llama la muerte.
Y el segundo remedio en contra de la mundanidad, segundo remedio que le quiero compartir es, preocúpese, preocúpese por hacer el bien a otros, preocúpese por tantos que están sufriendo. Hablaba con un doctor y él me decía o comentábamos pues, y él me decía pues claro, me daba el pésame y todo, pero me decía: Usted tiene mucho a su favor, Padre, mucho. Usted tiene, él llamaba, cómo fue que dijo la expresión, recursos espirituales, me pareció como simpático, ¿no? Usted tiene recursos espirituales, tiene recursos emocionales porque tiene gente que lo quiera. Yo hago cuentas y digo pues sí, es verdad, sí hay gente que lo quiere a uno, tenemos unión familiar. Usted tiene muchos recursos, Padre. Muchas personas no tienen nada.
Hay gente que está viviendo estos dolores o parecidos, no hay dos dolores iguales, pero los está viviendo sin ningún recurso. Esto ¿qué significa? Que nosotros, incluso en nuestros agobios, debemos abrir la mirada y ver que hay muchos otros que están sufriendo tanto y pensar qué podemos hacer por esas personas que están sufriendo. El gran ejemplo nos lo da Cristo en la cruz.
Mire qué tortura la de Cristo sin comparación y, sin embargo, tiene ojos y oídos para el otro que está crucificado ahí, porque ese otro al que llamamos el buen ladrón, una tradición dice que se llamaba Dimas. Dimas le dice a Cristo: Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Y Jesucristo, que estaba en la peor situación de dolor, tiene ojos. Bendito Jesús, tiene ojos para ver a esa otra persona y le dice a esa otra persona, dándole el ánimo que necesitaba: Hoy estarás conmigo en el paraíso. Ve, Cristo no se centra en Él mismo.
Entonces, la mundanidad siempre es amiga del egoísmo, de la egolatría, del egocentrismo, todo lo que empiece por ego. Es la mundanidad siempre está ahí. Primero mis problemas, primero mi felicidad, primero mis metas, primero mis resultados, primero yo. Y como dice el refrán: Y después yo, y si queda algo, yo. Hermanos, la mundanidad se alimenta del egoísmo, hay que desnutrir a la mundanidad. Escriba esa frase que le conviene. Hay que destruir, hay que desnutrir, me gusta más esa. Hay que desnutrir la mundanidad, porque la mundanidad se nutre. Se nutre ¿de qué? De tu ego, de tu egoísmo. Hay que desnutrir a la mundanidad.
A medida que nosotros, y en eso también es campeón el Papa Francisco, a medida que nosotros estamos buscando cómo servir a otros, estamos buscando cómo ayudar a otros, especialmente a los más desventurados, a los que menos tienen, a los que más padecen, a medida que estamos volcándonos sobre otros, pues nuestro ego se baja y entonces la mundanidad se desnutre, la mundanidad se desnutre, eso es lo que necesitamos. Entonces, remedios para la mundanidad. Levantar la mirada a la eternidad, pero no se le olvide que toca pasar por un bordecito que se llama la muerte y pensar en el sufrimiento de los otros y hacer algo por los otros.
Esto nos ayuda extraordinariamente. Entonces, resumimos y terminamos, mis hermanos. Fíjate que hay esos tres enemigos la distracción, la superficialidad y la mundanidad. Pero remedios hay, remedios hay, y tú y yo podemos ser mejores terrenos. ¿Para qué? Para que Dios haga su obra en nosotros. No se te olvide, Dios quiere hacer de ti una obra de arte y es una obra de arte suya, suya. Hoy estaba leyendo, de uno de los autores que más ha meditado sobre este tema: El hombre como obra de arte de Dios. Es un antiguo padre de la iglesia que se llama San Gregorio de Nisa, escrito con S. San Gregorio de Nisa.
Y decía hermosamente San Gregorio de Nisa: En el alma humana Dios ha querido plasmar toda su belleza, toda su belleza. Entonces tú eres, tú eres una obra de arte, una obra de arte. Y, por consiguiente, yo quiero, Señor, que tu plan se cumpla perfectamente en mí. En muchos santos podemos ver las maravillas del arte divino, pero ninguna, ninguna tan hermosa como nuestra Madre Santísima, a la que en este momento elevamos nuestro corazón, porque fue la tierra perfecta donde brotó la flor más bella y el fruto más excelente, bendita la Madre de Dios.

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