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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Cuál es la VERDADERA profundidad a la que Cristo quiere llegar con su Palabra en mi vida?
Homilía i033003a, predicada en 20130130, con 4 min. y 49 seg. 
Transcripción:
Yo creo que las dos parábolas más conocidas de los Evangelios son la parábola del sembrador que tenemos hoy, tomada del capítulo cuarto de San Marcos, y la parábola del hijo pródigo. Aquella narración colmada de ternura que se encuentra en el capítulo quince del Evangelio según San Lucas. Y parece casi imposible redescubrir algo nuevo en un texto que hemos oído tantas veces, pero hemos recibido con suficiente profundidad esa semilla.
Es tan maravillosa esta parábola del sembrador que, queriendo meditar en ella, la utilizamos también, quiero decir, cuando sentimos que ya entendemos la parábola, la misma parábola nos obliga a preguntarnos si nuestra lectura es suficientemente profunda o si, en cambio, estamos entre aquellos que reciben en terreno pedregoso, sin gran profundidad. O sea que la primera pregunta que podemos hacernos hoy es ¿a qué profundidad quiere sembrar Dios en nuestra vida? ¿A qué profundidad tiene que llegar esa palabra?
Porque hay muchos que creen que tienen a Cristo, que creen que tienen su Evangelio, pero resulta que han recibido la palabra del Señor solo, por ejemplo, al nivel de la literatura. Una persona como Gandhi veía un mensaje de mucha belleza en lo que hablaba Cristo. Otros quizás llegan a otra profundidad diferente, la profundidad del cambio social, la transformación de la sociedad y entonces ven en Cristo a aquel que va a hacer una gran transformación en la sociedad, aquel que tiene el valor de oponerse a las pretensiones y la arrogancia de los ricos. Otros pueden ver en Cristo como a un filósofo, otros hablarán de Cristo como un maestro espiritual y dicen con gran respeto estas palabras, casi como pidiéndonos: No reclame más que eso.
Pero el Evangelio quiere llegar mucho más adentro de nosotros. Cuando Jesús llega a decir: «El que prefiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí». ¿Esas son palabras de un lunático, son palabras de un loco o son palabras del Hijo de Dios? Cuando dice, por ejemplo: «El que no come mi carne y beba mi sangre, no tiene vida eterna». ¿Esas son palabras de un lunático, son palabras de un loco o son las palabras del Hijo de Dios? Cuando dice Él: «El que no junta conmigo, desparrama». O cuando dice: «El que me ve a mí ha visto al Padre». Dime, por favor, ¿a qué profundidad es necesario recibir esas palabras?
Esas no son palabras de literatura, esas no son palabras de simple filosofía. Hablaron algunos de los líderes religiosos que el mundo admira, ¿hablaron de esa manera? ¿Dijo Buda algo parecido, habló Mahoma en esos términos, tuvo Confucio tales pretensiones? Sólo Jesucristo se atreve a decir semejantes palabras. Sólo él se atreve a decir, por ejemplo: «Tus pecados son perdonados». Y la misma pregunta que hacía la gente en aquella época la podemos hacer también nosotros: Pero si sólo Dios perdona pecados. Y Cristo respondería: Por eso, por eso, sólo Dios perdona pecados.
Entonces, la parábola del sembrador, en cierto sentido, hace su propia hermenéutica, hace su propia exigencia de interpretación. ¿De verdad hemos oído en profundidad a Cristo, o de verdad somos todos, todos, incluyendo sacerdotes, terreno pedregoso que recibe y toma más o menos lo que le conviene, sin dejar que la semilla llegue hasta esa profundidad que quisiera? Roguemos hoy la gracia de acoger esta semilla hasta donde ella quiere llegar, no hasta donde nosotros le hemos permitido.

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