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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El sacrificio de Cristo es perfecto y nos perfecciona.
Homilía i033002a, predicada en 20030129, con 32 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Como el Evangelio que hemos oído trae incorporada su propia explicación, su propia homilía, yo en esta predicación quisiera referirme, sobre todo, a la primera lectura, que está escrita en un lenguaje tal vez menos cercano a nosotros, menos accesible. Pero lo que ahí se dice sí que está cerca de nosotros y sí que es importante para nuestra vida, porque en la primera lectura se está hablando del perdón, se está hablando de la eficacia del perdón que nos ha llegado por el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo. Esa es, ni más ni menos, la enseñanza.
Se nos está diciendo que hay un sacrificio, un sacrificio perfecto, que ha sido realizado por Jesucristo y que, en virtud de ese sacrificio perfecto, toda criatura humana puede ejercer fe en el amor que Dios le tiene y puede recibir la remisión de los pecados, puede ser transformado por el amor de Dios, puede ser transformado y lavado en la sangre de nuestro Señor Jesucristo, puede experimentar la alegría de nacer de nuevo del agua y del Espíritu. Estas son las grandes enseñanzas que nos trae esta lectura de la Carta a los Hebreos. Con tono muy solemne como para que quede grabado en el corazón, nos dice: «Cristo ofreció por los pecados para siempre jamás un solo sacrificio», un solo sacrificio.
Y eso es lo que nosotros vivimos en la Santa Iglesia Católica, porque cada vez que celebramos la Santa Misa no es otro sacrificio, porque no es otra víctima, ni es otro sacerdote. La víctima sigue siendo la misma, Cristo Jesús, y el sacerdote sigue siendo el mismo, Cristo Jesús. Por eso, todas las eucaristías que se celebren en el mundo, todas las eucaristías que se han celebrado, que se celebrarán a lo largo de los siglos, no son miles ni millones de sacrificios, sino todas ellas no forman sino una sola unidad con el único y perfecto sacrificio de Cristo en la cruz. Es el único y perfecto sacrificio del cual viene nuestra redención y del cual viene nuestra paz.
Y de aquí podemos sacar dos meditaciones muy hermosas y muy prácticas para nosotros. Primera, qué hermoso descubrir por qué es perfecto el sacrificio de Cristo. La Carta a los Hebreos dice: «Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados», por qué es perfecta esta ofrenda de Cristo, ese es un tema. Y el otro es cómo nos perfecciona el sacrificio de Jesucristo.
Hablemos un poco de estas dos realidades para deleitarnos en la Palabra de Dios, porque es muy importante, hermanos, que el cristiano, sobre todo el cristiano maduro, no pase por la Palabra de Dios como el que trastea una olla caliente, de la estufa a la mesa o de un fogón a otro o al piso. La Palabra tiene que acostumbrarse a ti y tú tienes que acostumbrarte a la Palabra. Que tú sientas que te deleitas en la Palabra de Dios, que la saboreas, que la meditas, que te sabe dulce en la boca hasta que sientas el sabor de la Palabra de Dios en tu boca, en tu corazón y en tus labios.
Entonces, vamos con el sacrificio perfecto de Cristo. ¿Cómo es perfecto el sacrificio de Cristo? El sacrificio de Cristo es perfecto por tres razones. Primera, porque la víctima es absolutamente inocente. Segunda, porque la oración de la ofrenda es completamente pura. Y tercera, porque Dios nuestro Padre, ha aceptado completamente la obra de este sacerdote. El sacrificio de Cristo es perfecto por la víctima, por la oración y por quien lo recibe.
Miremos la víctima, ya en la antigua ley se pedía que la víctima, las víctimas de los sacrificios, los corderos, los cabritos, fueran sin defecto. Así estaba mandado en el Éxodo, tiene que ser un animalito sin defecto, porque como era un animal destinado a la muerte, como era un animal que se iba a ofrecer a Dios, no le va a echar a Dios la basura de tu casa, no le vas a echar a Dios lo peor de tu rebaño. La víctima ha de ser perfecta. ¿Por qué es maravillosa una víctima inocente y perfecta? Porque es el símbolo de la perfecta ofrenda, del perfecto desprendimiento.
¿Nos cuesta trabajo desprendernos de algo que nos estorba? No, eso lo hacemos con gusto. La basura estorba en la casa y esa la sacamos con gusto, que se la lleve el camión, eso es estorba. Si se te daña una porcelana, un adorno en la casa, pero era un adorno barato comprado en una rebaja que te lo dieron por cualquier dos mil pesos. Se cayó, se rompió, bah, no es tan grave. Pero si es esa pieza única de la vajilla de la abuelita, la que únicamente se utilizó en el matrimonio de no sé quién y es la vajilla perfecta y es la vajilla que tiene el adornito. Y se cayó y se rompió, eso te duele porque es perfecta, porque es entrañable.
La víctima tiene que ser perfecta porque es la expresión del perfecto desprendimiento y el perfecto desprendimiento es la señal del perfecto amor. La inocencia de Jesucristo, el Cordero sin defecto ni mancha, la belleza de Jesucristo. Qué hermoso mirar el cuerpo de Jesucristo, deleitarnos en el cuerpo de Jesús. Unos ojos sin pecado, una boca limpia, un corazón puro, qué hermoso es el cuerpo de Jesucristo. Y si pensamos en el alma de nuestro Divino Redentor, alma privada de todo egoísmo, llena de toda verdad, fragante con toda pureza. Sentimos que Jesús es hermoso, que es perfecto, que es inocente. Y ese es el que, haciendo perfecta obediencia al designio del Padre, acepta la muerte.
Y uno se pone a pensar, qué hermosa una vida entregada en la flor de la juventud por amor al Padre y por amor a nosotros, cuando Él tenía todo, todo para disfrutar, cuando Él tenía todo para lograr, a todo renunció, se desprendió de la vida perfecta, de la vida inocente, de la vida pura que tenía por amor a nosotros. Eso hace perfecto el sacrificio de Cristo. Hay que meditar muchas veces en el cuerpo del Señor, en el alma del Señor, en los sentimientos que tenía Jesús. Un santo sacerdote decía, dando consejo a jóvenes sacerdotes: Si tú quieres celebrar bien la Misa, acércate al altar imitando, apropiándote de los sentimientos que tenía Jesús cuando ofreció su vida al Padre.
Así tenemos que llegar no solo el sacerdote, todos tenemos que llegar a la Santa Misa con ese corazón. ¿Cómo llegaría Jesús a ese momento de la cruz? Un momento espantoso, un momento humillante. Lo iban a desnudar, lo habían golpeado, lo habían insultado y Él, con esa mansedumbre, se desprende de sus vestiduras, no reclama venganza, busca hasta el último momento la conversión de la oveja perdida. Qué perfecto es el corazón de Jesús y verlo llegar así y entregar una vida limpia solamente por amor al Padre, eso nos hace entender que el sacrificio era perfecto, perfecto. El sacrificio es perfecto también por la oración que hace Jesucristo, la oración del sumo sacerdote.
Y afortunadamente para nosotros, hay un texto en la Biblia que recoge esos sentimientos de Cristo, es lo que se encuentra en la oración que se llama sacerdotal. En el capítulo 17 del Evangelio de Juan, todos podemos leer los sentimientos con los que Jesús hizo oraciones. Cuando uno tiene una grave necesidad y quiere que alguien ore por esa necesidad, uno ¿a quién busca? A la gente más piadosa que conoce. Si uno tiene un problema muy grave que se enfermó alguien en la casa, qué se yo, si uno necesita apoyo de oración, uno ¿a quién busca? A la gente más piadosa. A la gente que uno estima que de pronto puede estar como más cerca de Dios.
Hermanos, la oración de Jesucristo es una oración perfecta, la oración con la que Él ofrece su propia vida. Como no podemos hacer aquí otra homilía sobre esa oración, déjenme recordarles solamente dos frasecitas de esa oración. Primera, cuando dice Jesús: «Padre, quiero que donde yo esté, estén también ellos». Imagínate qué poder tienen las palabras de Jesucristo en el corazón de Dios Padre. Esa oración de Jesucristo hace retemblar, hace retumbar los cielos, porque esa oración va directa al Corazón del Padre. Y si Jesús le pide a Dios Padre por ti, Dios escucha, acoge esa oración de Jesucristo.
La oración de Jesucristo es algo que nos despierta una confianza infinita, infinita, infinita. El demonio es el acusador, eso es lo que significa la palabra Satanás, acusador, es el que está como sapo lambón metido diciendo: Este no merece salvación, este no merece salvación, este no merece salvación, porque ha sido un degenerado, porque ha sido un mal papá, porque ha sido chismosa, porque ha sido ladrón, porque ha sido impuro, no merece salvación, tiene que condenarse, eche para el infierno.
Pero hay una voz, hay una voz que acalla todas esas acusaciones, hay una voz que nos levanta, hay una voz que tiene poder en el corazón de Dios Padre. Es la voz de Jesús que dice: Todo esto es cierto, es verdad que es una pecadora, es verdad que es un pecador, pero yo quiero que esté conmigo donde yo vaya a estar. Te imaginas el poder de esa oración de Jesucristo: Yo quiero, yo quiero que ella esté conmigo, yo quiero que él esté conmigo donde yo voy a estar. Esta oración perfecta de Jesucristo, llena de humildad, llena de amor, llena de obediencia, es una razón intensa, una razón hermosa para confiar en el perfecto sacrificio de Cristo.
Y esta otra frase que dice Jesús en su oración: «Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti y al que tú enviaste, Jesucristo». Eso quiere decir que, si nosotros conocemos a Jesucristo, tenemos vida, como dice la primera carta de Juan: «El que tiene al Hijo tiene la vida». Así dice: «El que tiene al Hijo tiene la vida». Si tú te apropias la sangre de Jesucristo, si tú te apropias la porción de la sangre de Cristo que está derramada para ti en la cruz, si tú te apropias de esa sangre y dices: Una parte de esa sangre me pertenece. Yo reclamo esa sangre para mí, porque yo creo en ese amor. En ese momento, tú tienes al Hijo y tú tienes la vida, porque la vida eterna es conocer a Jesucristo y al que lo envió.
La oración de Jesucristo es perfecta. Uno puede dudar de otras oraciones, tal vez, pero de la oración de Jesús no se puede dudar. Tanto, que el mismo Jesucristo dijo en los Evangelios más de una vez. Por ejemplo, cuando la resurrección de Lázaro. Fíjate lo que dice Cristo: «Padre, yo sé que tú siempre me escuchas. Yo sé que tú siempre me escuchas. Pero digo esto por la gente que está aquí, para que puedan creer». Así habló Jesús cuando iba a resucitar a Lázaro, yo sé que tú ya me has escuchado. La oración de Jesucristo es perfecta, la oración del sacrificio de Cristo es perfecta. Por eso podemos confiar enteramente en el sacrificio de Cristo.
Entonces, ya hemos visto cómo el sacrificio de Cristo es perfecto ¿por qué? ¿Qué fue lo primero que dijimos? Por la víctima que es perfecta. Es inocente, sin mancha, es bello, es santo, es perfecto. En segundo lugar, el sacrificio es perfecto por la oración. Es una oración humilde, confiada, cercana, amorosa, que retumba en los cielos, que llena el corazón de Dios Padre. En tercer lugar, el sacrificio es perfecto por aquel que lo recibe, es decir, por nuestro Padre Celestial. Nuestro Padre Celestial fue el que envió a su Hijo, Cristo Jesús no tiene que luchar por convencer a Dios Padre de que nos ame. Él mismo dice en el Evangelio de Juan: «El Padre mismo os ama, el Padre os ama».
Cristo no tiene que luchar, forcejear con Dios Padre para que nos ame: Ay, quiéralos, quiéralos. Es verdad que son mala clase, es verdad que son malcriados, desobedientes, hasta gordos son algunos. Es verdad. Pero quiéralos. No, Jesús no tiene que forcejear con Dios Padre, porque el Padre fue el que nos dio a Jesús. «Tanto amó Dios al mundo, que le envió a su Hijo único». El que recibe el sacrificio de Cristo fue el que le mandó a Cristo ese sacrificio. Y mire esta frase que decimos en la noche de la Pascua: «Por salvar al esclavo, entregaste al hijo». Esa frase cantada se dice en una parte de la ceremonia de la Vigilia Pascual, que se llama el Pregón Pascual.
Cantando la gloria, el esplendor del amor divino, decimos: Por salvar al esclavo, esos somos nosotros, entregaste al Hijo, ese es Cristo. Qué amor el que me tiene Papá Dios. Yo pienso, yo pienso pues desde luego no soy papá, yo no sé qué pueda sentir un papá que tuviera que entregar la vida de un hijo por salvar a otro hijo. Yo creo que esa decisión tal vez ningún papá la quisiera tomar y yo no sé si algún papá la podría tomar. Cómo sería eso, entregar a un hijo por salvar al otro, y aquí es entregar a un hijo, no a un hijo, entregar al Hijo, al Unigénito, al único, entregar al único Hijo, no por salvar a un hijo, sino para que el esclavo, tu y yo, podamos llegar a ser hijos, ese es el tamaño de amor que nos tiene Dios Padre.
Por eso el sacrificio es perfecto, porque el que lo recibe, Dios Padre fue el que lo mandó realizar. Con toda razón entonces, dice la Carta a los Hebreos, Cristo ofreció por los pecados para siempre jamás un solo sacrificio. Claro que uno se pregunta a veces: Bueno, pero me parece espantoso, me parece terrible que le hayan hecho todo eso que le hicieron a Jesucristo. Pero ¿por qué ese sacrificio es perdón para mis pecados? La respuesta está en el segundo punto que mencionábamos hoy la oración, Cristo en la intención de su propio sacrificio, quiso que borrara el pecado. Es la palabra poderosa, eficaz, autorizada, es la Palabra de Cristo la que quiere que tus pecados sean borrados por esa sangre.
Y eso es lo que recordamos en el altar cuando celebramos la Misa: «Este es el cáliz de mi Sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para para el perdón de los pecados». Es la intención de Cristo, es el sentido que Él le da a su propia ofrenda, lo que hace que yo pueda esperar con absoluta confianza en la eficacia de la sangre de mi Señor. Por todas estas razones, hermanos, nosotros entendemos que el sacrificio de Cristo es perfecto. Pero ahora nos falta mirar la otra parte, cómo ese sacrificio de Cristo nos perfecciona, es decir, ¿qué significa la obra de Cristo, el sacrificio de Cristo en nosotros, cómo llega hasta nosotros?
Sigamos con el número 3, que es tan fácil de recordar. Mire, los primeros tres eran: El sacrificio es perfecto por la víctima, por la oración y por el que lo recibe, por el que recibe el sacrificio, por el Padre. ¿Cómo nos perfecciona el sacrificio de Cristo? Sigamos con el número tres. El sacrificio de Cristo nos perfecciona también de tres maneras. La primera es, muestra el tamaño del amor de Dios. Por eso la vamos a dejar mejor de segundo. Pongamos de primera más bien esta, primera, muestra la verdad del pecado del mundo, de tu pecado y de mi pecado. Dejemos esa primera.
¿Cómo me libera el sacrificio de Cristo, cómo me aligera el sacrificio de Cristo, cómo me sana el sacrificio de Cristo? Primero me sana mostrándome la verdad del pecado. Las llagas espantosas de Cristo me muestran lo espantoso que es el pecado, para que uno no se diga más mentiras. Y esa es una liberación, porque es como si se le cayera a uno una venda de los ojos. Mi pecado y tu pecado y el pecado del mundo está grabado sobre la carne de Jesús. La carne de Cristo crucificado me libera porque me muestra la verdad del pecado. Tú sabes que el pecado para tener poder siempre se disfraza de cosa bonita, ¿cierto? Si el pecado no se disfrazara de cosa bonita, uno no se lo tragaría.
El pecado consiste en que es más o menos como un sapo que se disfraza de conejo para que uno se lo coma. Ese es el pecado, el ejemplo es perfectamente repugnante, eso es lo que quiero, que sientas repugnancia, si tú sientes en tu corazón, guácala, de eso se trata, que sientas guácala. El pecado es asqueroso, pero se disfraza, se disfraza. Por ejemplo, la venganza. ¿La venganza de qué se disfraza? Yo solo estoy buscando justicia. La venganza se disfrazó de justicia. Y ya la venganza disfrazada de justicia, ya se convierte en ocasión de crueldad. Entonces, en nombre de la justicia, cuántas cosas se supone que se hacen. Y no es otra cosa sino venganza, crueldad de venganza. Ahí está un ejemplo.
Otro ejemplo, si una persona sale de su casa, vamos a suponer un señor sale de su casa, el hijo menor: Ay, papi, papi, ¿a dónde vas? Y el hombre le responde: Voy a adulterar, voy a serle infiel a tu mamá. Tú quédate. No, él no puede decir eso. No, no, no, él da una mentira, él da una disculpa. Y si alguna vez tiene que hablar de eso, dice: Bueno, una aventurita, una aventura. Se disfrazó de aventura. Nombre para el público: aventura, nombre real: adulterio, eso se llama adulterio.
Tenga, ahí, están repartiendo unos contratos en la gobernación o en cualquier otra parte. Tenga ahí como para sus gastos, para sus gaseosas, ahí le pasa cualquier doscientos mil, quinientos mil pesos para las gaseosas. No sabemos si es que el señor vive deshidratado, ¿no? Tenga ni unos quinientos mil para sus gaseosas. Esa es, ¿esa es qué? Esa es una ayuda para agilizar, una ayuda para agilizar, nombre real: soborno. Y así sucesivamente, el pecado se disfraza. La cruz de Cristo le quita los disfraces al pecado y esa es la primera liberación que trae.
En una obra muy interesante que existe en la Iglesia, yo la quiero mucho, aunque debo reconocer que hay cosas que no comparto con ese estilo, el Camino Neocatecumenal, una cosa muy interesante que tiene la Iglesia Católica. Lo primero que le enseñan a la gente es: Dele el nombre que tienen sus pecados a sus pecados. Nombre de su pecado. Bueno, son unas aventuritas que tuve, problemas de juventud. No lo llame problemas de juventud, diga: Soy un viejo adúltero. Diga lo que es. Ese es el principio de la liberación, cuando uno le quita la piel de conejo, ve que es un sapo y ya no se lo come. Ah, es un sapo. Hay un nombre que tiene sapo, usted no le ponga otro nombre.
El pecado deja de tener poder en uno, cuando uno empieza a darle el nombre que es. Y usted ¿cómo vive, cómo es su situación, cómo ha podido ascender tan rápidamente? Se le pregunta a una mujer y ella dice: Bueno, es que una, una es un poquito condescendiente, eso significa prostituta, prostituta. No le pagan en plata, sino le pagan en puestos, le pagan en ascensos, le pagan en joyas, le pagan en vestidos, le pagan en viajes. Eso se llama, es eso, prostituta, nombre que tiene. Nombre público: Ella es un poco condescendiente y cariñosa. Nombre real: prostituta.
Cuando ya uno se enfrenta a la realidad de lo que uno está haciendo, y a eso nos ayuda la cruz de Cristo y la carne llagada de Cristo, uno empieza a liberarse del pecado. El día que esa mujer se pone delante de la carne de Cristo, la carne purísima de Cristo, y ve que la carne de ella apesta por la prostitución que está realizando, descubre que subir los puestos que está subiendo o vestir las joyas que está vistiendo, es un precio demasiado ruin por lo que está haciendo. Empieza a ser liberada de su pecado: Yo no quiero ser más prostituta.
En segundo lugar, el sacrificio de Cristo nos perfecciona y nos libera, habíamos dicho antes, porque Cristo, con ese sacrificio, nos muestra el inmenso amor de Dios. La denuncia hay que hacerla, claro. Pero uno no puede quedarse solo en la denuncia porque entonces solo llega a la depresión. Entonces, yo soy un tramposo, soy un mentiroso, un egoísta que no he hecho nada, he perdido toda mi vida. Mejor dicho, voy a pegarme un tiro. La desesperación es el fruto de la denuncia si la dejamos sola. Pero a la denuncia hay que contarle el anuncio, hay que denunciar el pecado, pero hay que anunciar la gracia. Y la misma cruz que nos denuncia el pecado, nos anuncia la gracia, nos anuncia el amor. Así el bálsamo del amor nos reconstruye, nos restaura. De esta manera, la cruz de Cristo nos perfecciona.
Y en tercer lugar, para terminar, porque hay que terminar en algún momento, ¿no? En tercer lugar, el sacrificio de Cristo nos perfecciona, por el ejemplo que nos da. Santo Tomás de Aquino, cuya fiesta estábamos celebrando el día de ayer, tiene un texto precioso donde muestra como en la cruz de Cristo están los ejemplos de todas las virtudes. Ahí está la verdadera honradez, la verdadera generosidad, el verdadero amor, la verdadera pureza, la verdadera amistad. En la cruz de Cristo podemos aprender todas las virtudes, y así la cruz nos perfecciona, el sacrificio nos perfecciona.
Resumen, el sacrificio de Cristo es perfecto y el sacrificio de Cristo nos perfecciona. Es perfecto porque la víctima es inocente, porque la oración es pura y eficaz, y porque el que lo recibe fue el mismo que lo mandó celebrar. Y el sacrificio de Cristo nos perfecciona por tres razones también, porque le quita la máscara al pecado, porque nos anuncia y transmite la gracia de Dios y porque nos enseña todas las virtudes. Demos gracias al Señor que tenemos este sacrificio a favor nuestro. Demos gracias al Señor Jesús que llegó a tanto por liberarnos de las garras del pecado y por entregarnos en los brazos de Papá Dios. Bendito sea su nombre. Amén.

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