Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Jesús es el Cordero del único rebaño de Dios.

Homilía i033001a, predicada en 19970129, con 7 min. y 51 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Queridos hermanos, la lectura de la Carta a los Hebreos nos habla del sacrificio definitivo de Jesucristo. No es un sacrificio que haya que repetir diariamente, es un sacrificio que ha sucedido una sola vez y para siempre. Y aunque nosotros celebramos la Eucaristía diariamente, esto no significa que nosotros estemos propiamente repitiendo el sacrificio de Cristo, porque cuando los sacerdotes oficiaban en el templo de Jerusalén, cada día tocaba buscar una víctima distinta, por ejemplo, un cordero o un cabrito, había que buscar entre el rebaño de los hombres, un corderito para ofrecerlo en ese día. Pero al otro día había que buscar otro cordero en los rebaños de los hombres.

El rebaño de Dios es muy singular, es un rebaño que solo tiene a un cordero, que por eso se llama el Cordero de Dios. El rebaño de Dios no tiene muchos corderos que se puedan ofrecer en distintos días. Dios solo tenía un corderito, su Hijo, su santísimo y bendito Hijo. Y ese cordero era todo el rebaño de Dios, ese Cordero lo dio Dios para que se ofreciera una vez y para siempre. Nosotros en la Eucaristía no tenemos que salir a buscar la víctima, sino que la víctima sale a nuestro encuentro, es una víctima que Dios preparó para salir de su pueblo. Nosotros propiamente no repetimos el sacrificio, sino que cada día nos unimos, por la fuerza y la acción del Espíritu Santo, al único y definitivo sacrificio de Cristo, a la única y definitiva ofrenda de su amor.

Por decirlo de alguna manera, Dios dándonos a su Hijo, dándonos al Cordero, que era todo su rebaño, Dios ha quedado como vacío. Dios ha quedado como pobre, Dios se ha despojado de sí mismo. Es lo mismo que nos enseña San Juan de la Cruz en uno de sus libros cuando dice que Dios cuando comunicó a su Hijo que era la palabra, se ha quedado como mudo, porque en este Hijo nos ha dicho todo lo que nos podía decir, nos ha dado todo lo que nos podía dar, nos ha amado hasta el extremo, como bien dice el Evangelio según San Juan. Acudamos entonces a este Cordero, acerquémonos en la Eucaristía, a este amor infinito.

No hay que pedirle más pruebas a Dios, ni hay que esperar más revelaciones. Nunca, nunca, nunca Dios va a decir algo más alto, más profundo, más ancho, más hermoso, más rico, más salvador, más saludable que lo que nos dice en el sacrificio único y verdadero de Jesucristo. Esto significa que en la celebración de la Eucaristía nos asomamos a una especie de abismo, abismo de amor, abismo de gracia, abismo de santidad, abismo de misericordia. Y la mayoría de nosotros, digo yo con tristeza, somos como niños que se sientan al borde de la piscina y mueven los pies y chapotean un poquito. Llegamos a la Eucaristía a pedir tal o cual favor. Llegamos a la Eucaristía a decir tal o cual oración. Llegamos a la Eucaristía a escuchar una palabra más.

Bienaventurado aquel que venga al templo a celebrar la Eucaristía con el deseo de bucear, de sumergirse en las corrientes siempre nuevas, siempre frescas, siempre cristalinas del amor de Dios manifiesto en Cristo. Mi invitación es que ya no seamos niños que chapotean pidiéndole a Dios que lo salpique. Usted no necesita ni yo tampoco ser salpicado por Dios, usted y yo necesitamos hundirnos en él, bucear en Él, sumergirnos en Él. Qué pensaríamos de alguien que fuera a un banquete, a un gran banquete y se contentara comiendo un pedacito de queso, un poquito de agua, un dulce y se fuera, se perdió el banquete para esa persona.

Que Dios por el poder de su Espíritu, infunde en nosotros un hambre insaciable, una sed inagotable del amor que Dios da en la Eucaristía. Que Dios abra nuestros ojos a la manifestación última perfectísima de su gracia en la Cruz y en la Pascua de Jesucristo. Cuando nuestros ojos se abren así, cuando nuestro apetito se transforma así por su gracia, entonces gustamos en su misma fuente la suavidad, y podemos decir que hemos gustado y que hemos visto cuán suave es el Señor. Que venga ese Espíritu a nosotros, que levante nuestros corazones.

Recordemos, hermanos, que cuando se va a iniciar el prefacio, se dice, después del saludo: El Señor esté con vosotros. Se dice: Levantemos el corazón. Levantémoslo, levantémoslo de nuestras pequeñas necesidades. Que un dolor que tengo, que una enfermedad que tengo, que un agradecimiento que traigo, que alguien que se murió, que un empleo que necesito. Sí, sí, sí, Dios sabe todas esas cosas, pero por favor, levanta el corazón más allá de tus necesidades. No seas como esos niños que se acercan al papá más amoroso solo pensando: ¿Si será que me va a dar para el helado, si será que me va a dar para el caramelo que quiero?

Levantemos el corazón, arriba ese corazón. Arriba el misterio del amor de Dios, Él es capaz de dar mucho más de lo que pensamos o imaginamos, dice San Pablo. Arriba ese corazón, que haya abundante amor en las praderas del cielo.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM