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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo es el Sumo Sacerdote y su ofrenda, para liberarnos de las cadenas de las tinieblas, es la suprema ofrenda: Él mismo.
Homilía i023012a, predicada en 20210120, con 17 min. y 9 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos, de las cosas bellas que tiene nuestra fe es que nos hace remontarnos a tiempos muy antiguos, culturas muy distantes, lenguas desconocidas, costumbres que nos pueden parecer exóticas. Nuestra fe, mis hermanos, que tiene su primera expresión, en el que llamamos precisamente, padre en la fe, en Abraham. Nuestra fe, hermanos, no es de ayer, no es el invento de una cabeza especulativa que en un momento dado empezó a decir cosas o a escribir libros. Nuestra fe, refrendada por la fe de los mártires, testificada por mentes luminosas, vivida por incontables testigos, se remonta en el tiempo.
Somos parte de una gran familia, una familia que se acerca más a los cuatro mil años de existencia que a los tres mil, porque Abraham vivió hace más de tres mil setecientos años. Y es impresionante para mí pensar que nosotros, aún con un lenguaje diferente y en circunstancias harto distintas, pertenecemos a esa misma fe y somos parte de esa misma familia. Pues bien, una de las historias en parte extrañas que se cuentan de Abraham, es que tuvo que entrar en combate. Abraham, siendo tan mayor, tuvo que entrar en guerra con unos ciertos enemigos. Eran tiempos duros, brutales, podríamos decir.
Y toda persona, especialmente estos grandes patriarcas, tenían que estar listos a hacer muchas cosas, tenían que ser líderes de su grupo, por eso se hablaba también de tribus, de clanes, tenían que ser líderes de su grupo, en muchos sentidos, líderes en la sabiduría, en la justicia, en la administración, y en el caso de esta historia de Abraham, también líderes en lo que tiene que ver con el combate, tenían que estar dispuestos. Si viene una horda de salteadores que va a caer sobre tus rebaños, que va a degollar a tus siervos, que va a violar a tu esposa y a tus hijos, que va a acuchillar a tu familia y después a matarte a ti.
Ese no era un tiempo para decir llamo a la policía, ese no era un tiempo para decir ¿dónde está aquí la Guardia Civil o la Guardia Nacional o el Ejército? No señor, defiéndase usted. Bueno, Abraham estuvo en este combate y salió a su encuentro un hombre misterioso, que se cita 3 veces en la Biblia. Se cita en el Génesis, se vuelve a citar en el libro de los Salmos, lo escuchábamos hoy, en el salmo de hoy, y se vuelve a mencionar en la Carta a los Hebreos. Entiendo que hay también una mención pequeña a él, hacia el final del libro Eclesiástico. Varias veces a lo largo de la Biblia se menciona a este hombre misterioso.
Ese hombre se llamaba Melquisedec, que en una lengua muy antigua significa rey de justicia. Y él era rey, era líder de una región que nunca se ha podido identificar plenamente, Salem. Esta raíz, Salem, está emparentada con Shalom y está emparentada con Yerushalem o Yerushalaim o Yerushalim. Yerushalim o Yerushalem significa visión de paz. Y este hombre era rey de Shalom o rey de Salem, rey de Paz. Es un hombre muy misterioso, como comentaba la primera lectura de hoy, es un hombre que no aparece con papá, ni mamá, ni genealogía. No se dice de dónde viene, no se dice cómo acabó su vida.
Y hay algo todavía más bello y misterioso, en aquella época en que todas las religiones ofrecían sacrificios de animales, este rey de Salem, este rey de justicia, Melquisedec, él ofrecía, ¿adivina qué? Sabes cuáles eran los sacrificios de él. Él hacía ofrendas de pan y vino, era un sacerdote que lo que ofrecía a Dios era pan y vino, tan parecido a nuestra Eucaristía. Aunque nosotros no ofrecemos pan y vino, pero tomamos esos elementos que serán transformados en cuerpo y sangre de Cristo. Entonces, Melquisedec era un sacerdote de pan y vino. Era un sacerdote de cuyo origen nada sabemos, de cuyo final nada sabemos.
Y este hombre misterioso bendijo a Abraham, que venía de la lucha, y este hombre misterioso aceptó el fruto del combate. Un sacerdote que tiene que ver con el combate, con la guerra. A nosotros esto nos puede parecer muy extraño, porque por supuesto, nosotros no asociamos la vida sacerdotal con esa clase de combate. Pero hay otros momentos en la Biblia en donde se muestra que todo buen sacerdote tiene que ser un buen guerrero, pero ya voy a explicar en qué sentido. Fíjate, por ejemplo, cuando siglos después, los israelitas iban a tomar la ciudad de Jericó, que fue algo así como las primicias de su entrada en la tierra prometida.
La amurallada ciudad de Jericó, recuerdas ¿cómo tomaron la ciudad de Jericó? Josué recibió instrucciones del Señor, Josué era líder de todo el pueblo, sucesor de Moisés. Josué recibió instrucciones de Dios que lo que tenían que hacer no era armar un ejército y asaltar la muralla, lo que tenían que hacer era dar vueltas en torno a la ciudad. Por eso hay un movimiento que se llama Sitio de Jericó. Tenían que dar vueltas en torno a la ciudad y tenían que dar vueltas orando y cantando.
Y en el último día, en vez de dar una vuelta, tenían que dar siete vueltas alrededor de Jericó. Y ¿cómo cayeron las murallas? Cuando los sacerdotes tomando sus trompetas y proclamando la gloria de Dios soplaron esos instrumentos musicales, esos cuernos y trompetas, y con el clamor de esas trompetas que proclamaban que Dios es Dios, las murallas de Jericó ya no resistieron más y cayeron. Y así los israelitas pudieron entrar a Jericó.
Prueba, repito, de que los sacerdotes tenían que ser también combatientes y tenemos que ser combatientes. Algunos de los profetas fueron de familia sacerdotal, el caso más dramático es el de Jeremías, que era hijo de una familia sacerdotal de Anatot. Jeremías fue un combatiente. Dios le dijo a Jeremías, que era de familia sacerdotal, propiamente él era sacerdote en ese sentido, porque el sacerdocio era hereditario. Dios le dijo a Jeremías: Te vas a enfrentar con todo el pueblo. Hoy hago de ti muralla de bronce, tendrás que enfrentarte. Y si no les tienes miedo, vas a vencer. Y Jeremías venció, su palabra se cumplió. Pero, por supuesto, un costo de sufrimiento inmenso para él.
Además, tenemos otros sacerdotes, como por ejemplo Esdras y otros. Pero lo que yo quiero destacar en este momento es que es parte de la vocación sacerdotal el combate. Uno no está acostumbrado a esto y hay que entender entonces, cómo a la vez se puede ser un Melquisedec, rey de paz y se puede ser Melquisedec que bendice el combate. Pero ¿cuál combate? Esa es la parte más importante. ¿Cuál es el combate? Porque el Evangelio de hoy nos presenta a Cristo en combate.
Fíjate lo que sucede en aquella sinagoga. Estaban en la sinagoga, muy probablemente la sinagoga de Cafarnaúm, que fue donde estuvo más tiempo Cristo. Y había un hombre con un brazo paralítico. Mira lo que dice aquí: «Estaban al acecho para ver si curaba en sábado». Ahí estaban en la sinagoga, estaban los necesitados, los discípulos y los enemigos de Cristo, en la misma sinagoga. Cristo es el sumo y eterno sacerdote, y Cristo sabía que ahí estaban sus discípulos, que son los que luego dan fe del hecho. Estaban los necesitados, por lo menos este hombre con su brazo paralítico, pobrecillo. Y estaban los enemigos de Cristo, los enemigos, enemigos de Él, que estaban viendo cómo tener, de qué acusarlo, cómo echarlo a perder.
Estamos en el capítulo tercero del Evangelio según San Marcos. Y ya se ve el tamaño de enemigos que tenía Cristo y todo buen sacerdote, Dios haga de mí un buen sacerdote, tendrá enemigos. Este que les habla, por ejemplo, ha tenido, a lo largo de sus años, ha tenido que sufrir un par de calumnias terribles, que no es del caso mencionar ni especificar aquí. Pero como dice el refrán en Colombia: calumnias con las que tiraron a matar, en la última de esas calumnias, hace ya un tiempo, en la última de esas calumnias, la persona pedía expresamente que yo quedara prohibido del ejercicio sacerdotal el resto de mi vida.
Estamos en combate, cuando decimos que hay combate espiritual es porque es así. Y cuando el Papa dice: Recen por mí, es porque él sabe esto. Y yo como sacerdote tengo que decirlo, por favor, rodéenme, defiéndanme con la oración, porque estamos en combate. Aquí ves, tú te puedes imaginar a esos fariseos y herodianos y esos escribas mirando a ver por dónde le pillamos, por dónde le caemos. Bueno, ese no es privilegio de los sacerdotes, todo cristiano que quiera vivir su fe se va a encontrar con este tipo de cosas, todo cristiano, todo cristiano, va a encontrar resistencia, a veces dolorosísima resistencia dentro de su propia familia.
No dice el Evangelio de Juan refiriéndose a nuestro Señor Jesucristo: «Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron». Habrá combate y algunas veces la gente en confianza le cuenta a uno y dice: Yo no entiendo por qué mis hijos me tratan de esta manera. O yo no entiendo cuál es la resistencia de mi esposo o de mi esposa. Pero algunos de ellos han perseverado. Estoy acordándome aquí de un amigo que, en un momento dado, vio con tristeza cómo la esposa descendía, resbalaba tristemente en el ateísmo. El católico, convencido y crees que es posible que este hombre se puso en la tarea, se puso en la tarea de orar con perseverancia durante años para rescatar la fe de la esposa.
Un día me escribe ella, ella es la que me escribe y me dice que quiere inscribirse en una de estas listas de difusión que tenemos con el Evangelio del día y con las oraciones y otras cosas. Me escribió ella, sentí júbilo en mi corazón. Este hombre tuvo que batallar de una manera terrible y muchas mujeres tienen que batallar, así como Santa Mónica, por la fe de sus hijos. Y otras mujeres como Santa Rita de Casia por el esposo. O sea, la vida tiene batalla, que de algún modo se ve más y a veces es más violenta contra los sacerdotes, eso también está claro, está perfectamente claro. Pero tenemos que saber, en primer lugar, que hay que rodear y defender a los sacerdotes, no murmurar tanto, sino más bien orar y defender a los sacerdotes.
Y, en segundo lugar, entender que el combate también es nuestro. Es impresionante la disyuntiva que tuvo Jesucristo en el Evangelio de hoy, porque en el Evangelio de hoy Cristo tenía estas dos posibilidades, puedo escoger el camino de la misericordia, sanar al enfermo y echarme encima a mis enemigos, o puedo escoger tratar de quedar bien con todos, complacer a los enemigos y dejar que este pobre siga sufriendo. En cierto sentido, la disyuntiva de Cristo fue tan dramática como esto. ¿Que siga sufriendo él o empiezo a sufrir yo? ¿Él o yo? Eso fue lo que encontró Cristo. Y esa debe ser toda auténtica vida cristiana y, sobre todo, toda vida sacerdotal.
De alguna manera, el que está luchando por los derechos de los pobres, de los campesinos, de los desplazados, el que está luchando por las víctimas de la pandemia, el que se sacrifica por los enfermos o los encarcelados, el que denuncia el pecado, la opresión y la mentira. Todo buen cristiano y, sobre todo, todo buen sacerdote, tiene en el fondo la misma alternativa de Cristo, qué hago, alivio el sufrimiento y me caerá más sufrimiento a mí o me llevo mejor una vida cómoda, sigo con una vida cómoda y que cada uno sufra como quiera y pueda. Ya vemos cuál fue la elección de Cristo. Cristo eligió el problema para Él y la salud para el paralítico, el dolor para Él y el alivio para el paralítico. Eso fue lo que escogió Jesucristo.
Y aquí, y con esto terminamos, y aquí entendemos lo que significa que Él es Sumo Sacerdote. Sumo Sacerdote ¿qué quiere decir? Que Cristo escogió en el fondo, ser, ya desde este momento, ya llegará después la cruz, pero ya desde este momento Cristo escogió ¿ser qué? Cristo escogió ser víctima, es decir, en el momento en el que Cristo dice que él se alivie, pero esto me va a traer problemas, que él se cure, pero vendrá sufrimiento para mí. ¿Qué está haciendo Cristo ahí? Está volviéndose víctima, está volviéndose víctima, eso es lo que está haciendo. No se está victimizando, que es una palabra en parte despectiva para decir el que se cree víctima, no, Cristo no obró así.
¿Cómo obró Cristo? Cristo obró asumiendo, por eso dirá el apóstol San Pedro, citando a Isaías: Cargó sobre sí nuestros dolores, aliviando nuestros problemas, echó problemas encima. Y esos problemas reventaron en la hora de la cruz. Pero eso es ser verdadero servidor de Dios, eso es ser verdadero creyente, así nos enseñó. Eso es ser verdadero sacerdote. Sigamos esta celebración orando unos por otros, mis hermanos, sigamos pidiendo al Señor que tengamos docilidad, que tengamos esa, cómo llamarlo, sí, esa disponibilidad para que Dios haga de nosotros, de cada uno de nosotros una ofrenda viva y agradable a Él. Amén.

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