Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pidamos al Señor que nuestros ojos se aproximen a la súplica que reconoce nuestra miseria para que también se aproximen a la compasión que reconoce la miseria del prójimo.

Homilía i023010a, predicada en 20190123, con 5 min. y 16 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy está tomado de San Marcos en el capítulo tercero, al comienzo. Creo que nos da una magnífica oportunidad para reflexionar sobre lo que es la mirada. Está Jesús en una sinagoga, es el día sábado, el día del descanso, pero también el día para darle la gloria a Dios. Jesús en la sinagoga, en sábado. En la misma sinagoga está un hombre paralítico, un hombre que tiene un brazo paralizado, para ser más precisos. Y en la misma sinagoga están un grupo de fariseos. Con esos personajes o con esos protagonistas, introduzcamos la palabra central aquí: la mirada. Este paralítico que mira a Cristo, este Cristo que mira al paralítico y luego, los fariseos que miran a Cristo y al paralítico.

Pero ¿qué hay en cada una de esas miradas? En la mirada del paralítico, mirada que podemos suponer, nos la dice expresamente el texto. En la mirada del paralítico podemos ver la súplica, es una mirada de súplica, se parece aquello que dice el Salmo: «Como están los ojos de los esclavos en las manos de sus señores, así están nuestros ojos en el Señor». Es la mirada de súplica, es la mirada que entraña humildad y confianza, es la primera mirada. En la mirada de Cristo ¿qué encontramos? Encontramos cercanía, encontramos compasión, pero luego la mirada de Cristo cambia cuando se da cuenta de lo que están pensando y murmurando los fariseos. Nos dice el evangelista: «Echando en torno una mirada de ira y de dolor».

O sea que en los ojos de Cristo hay compasión hacia el que tiene necesidad, pero también hay ira y dolor hacia aquél que, desde su arrogancia, sólo sabe juzgar. Entonces, esas son las dos miradas de Cristo. Y ¿cuál es la mirada de los fariseos? No es una mirada de súplica, tampoco es una mirada de compasión. Incapaces de reconocer su necesidad, que es lo que le lleva a uno a la súplica, tampoco son capaces de reconocer la necesidad del prójimo, que es lo que le lleva a uno a la compasión. Incapaces pues, de ver las necesidades, lo único que buscan son las culpas. Yo creo que esta es una lección muy profunda para nosotros.

Si nuestra mirada no se parece a la del paralítico que suplica, si nuestra mirada no se parece a la del Cristo que compadece, seguramente es porque tenemos una incapacidad para reconocer las verdaderas y profundas necesidades. Y cuando tenemos capacidad, o mejor, incapacidad de reconocer nuestras necesidades y las del prójimo, ni suplicamos a Dios ni nos compadecemos del prójimo. Entonces, la única mirada que nos queda es la mirada que acecha. Qué verbo tan triste, es la mirada que acecha para ver qué puede señalar, para ver dónde puede acusar. ¿Sabes quién es el que tiene esa mirada por excelencia? Seguramente lo sabes, si recuerdas lo que significa la palabra acusador en la Biblia.

Y ¿quién es el acusador en la Biblia? Es Satanás. De modo que, finalmente hay que escoger, quieres la mirada de súplica porque reconoces tu miseria, quieres la mirada de compasión porque reconoces la miseria del prójimo. Cuidado, porque si no tienes ninguna de estas dos miradas, es la mirada del demonio, la mirada que acecha, la mirada de la arrogancia que acusa, la que está más cerca de ti. Y por supuesto, la respuesta, esa mirada que acecha, sólo podrá ser la mirada de dolor y de ira que renueva la condena sobre Satanás. Pidamos al Señor misericordia, pidamos al Señor que nuestros ojos se aproximen a la súplica para que también se aproximen a la compasión.

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