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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El título de sacerdote debía sonar muy mal en los oídos de los primeros cristianos, la Carta a los Hebreos abre un camino de contemplación a Cristo como Sumo y Eterno Sacerdote.

Homilía i023005a, predicada en 20130123, con 4 min. y 55 seg.

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Transcripción:

Los destinatarios de la Carta a los Hebreos eran gente que estaba relacionada con el templo de Jerusalén, y es bien posible que muchos de ellos fueran sacerdotes según el sacerdocio de la Antigua Alianza, es decir, según la ley de Moisés. Como ellos, al convertirse a Cristo, fueron expulsados de la comunidad judía y lo perdieron todo, pues perdieron también su sacerdocio. Y esa sensación de pérdida, que no es solo económica y laboral, sino que también es una pérdida existencial, tenía que ser algo muy fuerte en sus corazones.

Uno de los aspectos más bellos y también más profundos de la Carta a los Hebreos es que trata de mostrar a esta comunidad, a estos hombres que habían perdido su sacerdocio, cómo hay un sacerdocio mejor. Y este es uno de los temas que se desarrolla más extensamente en la Carta a los Hebreos, el nuevo sacerdocio, o si lo digo mejor, el sacerdocio eterno, porque esa es la comparación que se hace, la comparación entre el sacerdocio de la ley de Moisés, que precisamente por ser hereditario se ve que no dura, tiene que renovarse continuamente, y el sacerdocio eterno de Jesucristo. Pero ¿cómo hablar de Jesús como sacerdote, sobre qué base apoyar semejante afirmación?

Es todo un desarrollo que debemos admirar, es un desarrollo teológico impresionante el que se presenta en esta Carta a los Hebreos. Pensemos algo, quizás los principales responsables de la muerte de Jesús fueron los sacerdotes, los sumos sacerdotes, hombres como Anás y como Caifás, que eran sacerdotes según la ley de Moisés, estuvieron vivamente interesados en lograr un objetivo que al fin consiguieron. Y ese objetivo era acabar con Cristo, era matar a Cristo y lo lograron. Por eso, no es de extrañar que en la primera generación de cristianos la palabra sacerdote estaba prácticamente excluida del discurso cristiano.

Es decir, ¿cómo mencionar a los sacerdotes cuando fueron ellos precisamente los que tuvieron una responsabilidad mayor en dar término a la vida de Cristo? Pero la Carta a los Hebreos es valiente, y en vez de huir del desafío, pues lo enfrenta. Y el desafío es descubrir que, si ese sacerdocio podía corromperse, el sacerdocio de la ley de Moisés, podía corromperse de tantas maneras, pues Cristo tiene otro sacerdocio, un sacerdocio incorruptible, un sacerdocio que tiene distinto origen y que puede lo que el otro sacerdocio, el de la ley judía, jamás podía conseguir. Y es aquí donde cobra importancia un personaje apenas mencionado en el libro del Génesis, ese personaje se llama Melquisedec.

Está muy bien planteado el argumento, resulta que todos los judíos, pues, nacen de Abraham, son descendencia de Abrahán. Y resulta que Abrahán le paga el diezmo a un sacerdote, un personaje del cual no se menciona ninguna genealogía, y ese personaje es Melquisedec. Entonces, el autor de la Carta a los Hebreos ve en ese personaje la figura de lo que es Cristo. Cristo no depende de las genealogías de los comienzos y finales de la vida humana, Cristo permanece para siempre. Y como fue Abraham el que le dio el diezmo a Melquisedec, se ve la superioridad de Melquisedec.

Vamos a seguir encontrando algunos textos sobre el sacerdocio de Cristo en la Carta a los Hebreos, pero por ahora quedémonos con esa idea. Este autor, inspirado por el Espíritu Santo de Dios, quiere que tengamos otra manera, otra más de ver a Cristo, además de verlo como maestro, verlo como pastor, verlo como nuestro abogado, verlo como nuestro médico, la Carta a los Hebreos nos va a enseñar, nos está enseñando otra manera de ver a Cristo, Él es el sumo sacerdote que permanece para siempre.

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