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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El anuncio del Reino de Dios no es buena noticia para todos, porque aceptar que Dios reina implica restar poder e importancia a quienes se benefician del mundo en su estado actual. Por eso el ministerio de Cristo es también sacrificio: sacerdocio en el que él mismo es la víctima.
Homilía i023003a, predicada en 20110119, con 4 min. y 10 seg. 
Transcripción:
Hay algo muy interesante que nos encontramos en el Evangelio según San Marcos. El primer capítulo nos ha presentado a Jesús en su obra maravillosa de predicar, sanar, expulsar demonios, perdonar pecados. Jesús indudablemente, aparece como la Buena Nueva, aparece como la gran noticia para la humanidad. Estamos hablando de alguien que transmite bondad, que irradia luz, que trae paz y claridad a la vida. Sin embargo, ya a partir del capítulo segundo, aparece otro aspecto de la vida y del ministerio de Jesucristo.
Sucede que lo que él hace no le gusta a todo el mundo, es decir, es el Jesús polémico, es el Jesús que despierta suspicacia, es el Jesús que encuentra oposición. Si ustedes recuerdan los Evangelios de estos últimos días, todos se refieren a ese tema, la crítica que recibe Jesús, critica especialmente por mostrarse como Señor del sábado. ¿Quién es este que viene a cambiar las costumbres, quién es este que viene a cambiar las cosas? ¿Qué autoridad tiene, por qué hace eso? Esto demuestra que Jesucristo llegando a esta tierra, pues trae el Reino de Dios, trae el estilo de Dios. Pero para que el Reino de Dios realmente tome posesión en nuestra vida, pues hay que sacar muchos otros reyes, reyezuelos y reinados.
En particular, hay que sacar el reinado del egoísmo, el reinado del orgullo, el reinado de la vanagloria. Así, por ejemplo, las autoridades judías de aquel tiempo se sentían amenazadas por Jesucristo, porque sentían que el modo de Cristo de enseñarnos a relacionarnos con Dios como Padre, un Padre misericordioso y cercano, es como un atajo, es como un puente que le quita importancia a lo que en ese momento era la vida de esas autoridades, por ejemplo, el templo o, por ejemplo, toda esa estructura tan complicada de estudios y de teorías que tenían los escribas de la época.
Es decir, Jesús es una amenaza porque en la simplicidad y hermosura de la relación con el Padre, nos está enseñando por un lado a dejar el pecado y, por otro lado, a dejar todo ese montaje y toda esa complicación de la que se alimenta la vanagloria humana y muchas veces la misma codicia de los hombres. Entonces, Jesús encuentra oposición. Y es importante que esto lo tengamos claro desde este capítulo tercero que apenas llevamos en el Evangelio de Marcos, para que también comprendamos por qué Jesús luego termina su vida en el sufrimiento, en la dolorosa Pasión. La razón es esa, la razón es que él tenía que abrir un camino para el amor del Padre, y el reinado de Dios no puede coexistir con otros reinados que traicionan.
Y este será también el sacerdocio de Jesucristo, el sacerdocio del que nos habla extensa y hermosamente la Carta a los Hebreos, con la que hemos empezado este año litúrgico en el tiempo ordinario. El sacerdocio de Cristo es también la ofrenda de una víctima, con la diferencia de que esta vez el sacerdote y la víctima son la misma persona, el mismo Cristo, quien por su amor, quien por su infinita compasión ha querido darse como sacrificio para que tú y yo tengamos vida, demos alabanza al Señor. Estuvo contigo Fray Nelson Medina de la Orden de Predicadores.

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