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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Los milagros pueden servir para ablandar o para endurecer el corazón.
Homilía i023001a, predicada en 19970122, con 5 min. y 16 seg. 
Transcripción:
El texto del Evangelio que hemos escuchado nos muestra bien cómo son ambiguos los milagros. Cualquiera diría que se multipliquen los milagros y la gente creerá, la proporción no es tan sencilla. Jesús hace un milagro y unos le agradecen a Dios y se llenan de admiración, y otros se llenan de odio y empiezan a planear la muerte de Cristo. Este hombre quedó curado de la parálisis de su brazo, pero los corazones de aquellos fariseos y de aquellos herodianos no quedaron curados. Al contrario, se endurecieron en su resistencia, en su odio hacia Jesucristo. O sea que los prodigios que Dios hace, entendiendo aquí por prodigios, milagros como las sanaciones, pueden servir para mayor gloria de Dios o pueden servir para atacar más a Dios.
Yo recuerdo el caso doloroso de un muchacho que en un grupo de oración fue sanado de un cáncer. El nos mostró los resultados médicos que hacían temer esa enfermedad. Oramos por él y luego fue al grupo de oración a dar las gracias y a decir: Miren, ha desaparecido todo rastro de cáncer. Y esa fue la última vez que lo vimos, desapareció el hombre. O sea que a veces los milagros nos acercan a Dios, pero otras veces nos alejan. Los milagros a veces nos ablandan, pero otras veces también nos endurecen. Y así, aunque se ablandó ese brazo que estaba paralítico, se endurecieron esos corazones que ya estaban resistentes.
Hechos como el del Evangelio de hoy le fueron mostrando a Cristo que la cosa no es tan sencilla como hacer más y más milagros, y la gente creerá más y más, porque de los milagros puede salir mayor fe de, o puede salir mayor terquedad. Eso sigue valiendo también para nosotros, desde luego, y por eso solo Dios sabe qué es, en realidad, lo que uno necesita. En alguna ocasión puede que necesite un milagro, pero en otra ocasión puede que necesite otra cosa. Además, tengamos en cuenta que Cristo es Señor de todo el universo y por lo tanto está al servicio de Cristo todo, también el pecado, también el demonio, aunque proteste y se rebele y chille, está al servicio de Cristo.
Y Cristo sabe de qué manera administra providentemente todo en nosotros. Cristo es Señor de todo el planeta, no solo de la parte que está iluminada. Cristo es Señor de todo el planeta. Y entonces, es Señor también de mis zonas oscuras, también mis oscuridades, también mis incoherencias, también mis pecados son para el señorío de Cristo, también son herramientas, son instrumentos en sus manos para manifestar la gloria de su poder. Eso tal vez no lo comprendo yo, que estoy viviendo el dolor de ser incoherente o pecador, pero Cristo sí lo sabe. La enseñanza entonces de este Evangelio es que nosotros no deberíamos pedirle a Dios sin más, haz esto o haz esto otro. Él sabe qué es lo que tiene que hacer.
En otro sentido, la enseñanza de este Evangelio es que la gran parálisis que toca corregir no es la parálisis de un brazo, no es la parálisis de unas piernas, es la parálisis del corazón. Y podemos decir que en este Evangelio, aunque Cristo tuvo éxito sanando la parálisis de un brazo, fracasó sanando la parálisis del corazón. Este acontecimiento llevó a Jesucristo a buscar progresivamente manera de sanar esas otras parálisis. La sanación de la parálisis del corazón es lo que hace el Espíritu de amor que Él nos mereció en la cruz.
Lo que necesita el ser humano no es necesariamente más prodigios. Necesita, sobre todo, el gran prodigio de saberse, de reconocerse amado y esto es lo que da el Espíritu Santo. En la Cruz, cuyo memorial celebramos en la Eucaristía, se estalló el amor, se reventó el costal del amor y manó abundantísimamente ese amor que sana la parálisis del corazón.
Roguemos de Dios, al alimentarnos de este pan eucarístico que es un pan crucificado, un pan cocinado a fuego de amor, roguemos a Cristo que sane las parálisis de nuestro corazón, para que podamos creer más en Él, celebrarle, amarle y servirle.

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