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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El amor redentor de Jesucristo nos llevó para siempre a la gloria del Padre y por ello tenemos un ancla fija; aunque seamos remecidos por las tentaciones, dificultades y dolores no podemos ser vencidos.
Homilía i022012a, predicada en 20230117, con 7 min. y 21 seg. 
Transcripción:
Hoy vamos a hablar de barcos. Tenme paciencia. Ya vas a ver por qué es importante que hablemos de barcos. Mi familia es del norte de Colombia de Barranquilla, y por eso tuve ocasión de ir muchas veces a la costa y por supuesto, ver barcos. ¿Por qué hablamos de barcos? Porque hay que hablar de anclas. Es que la primera lectura de hoy nos habla del ancla de la esperanza. Y yo debo confesar que con la edad que tengo, aprendí hace relativamente poco, cómo funciona un ancla. Eso nos va a servir porque Cristo ha llevado el ancla de nuestra esperanza hasta el cielo.
Entonces, hay que saber cómo funciona un ancla. La gente cree que el ancla funciona porque es pesada. No es cierto. Esa no es la manera. El ancla no funciona de ese modo. Si tú te acuerdas, el ancla tiene forma de gancho. Viene una cadena larga desde el barco. Luego viene como un eje y luego una forma típicamente curva. ¿Recuerdas no? Viene cadena, una especie de eje y luego una curva, que de hecho tiene forma de gancho. Y ese, ese pequeño detalle es el que explica cómo funciona un ancla. Y es el que explica cómo funciona la esperanza cristiana. Supongamos que un barco tiene una cadena, la cadena del ancla y que la cadena tiene. Estoy inventando. Tiene cien metros de largo, pero el barco se encuentra en aguas de doscientos metros de profundidad. Es decir, que si dejan rodar o dejan caer, debe haber términos técnicos pero yo no lo sé. Dejan rodar la cadena toda, toda, toda. El ancla quedaría en la mitad del agua o quedaría entre aguas. Esa ancla no sirve para nada. El ancla no sirve para nada así. O sea, no es el peso del ancla lo fundamental. Lo fundamental es que el ancla llegue hasta el fondo.
Y ahí es donde entra esa forma curva, esa forma curva que tiene el ancla, esa especie de gancho, porque ese gancho es el que hace que se entierre y típicamente, a ver si lo logro explicar y espero no estar equivocando en lo que entendí, el ancla queda enterrada, queda hundida en el fondo y luego la cadena queda un poco acostada y luego llega hasta el barco. O sea, que lo que hace el ancla es darle un punto fijo al barco. El barco obviamente se va a mover un poco para una parte y para otra se va a mover, pero como tiene ese punto fijo, no va a quedar a la deriva y por eso hay que saber en donde se echa el ancla. No solo que esté la cantidad adecuada de cadena y la profundidad adecuada, sino que hay que tener cuidado de que el ancla quede en la corriente contraria a donde van las aguas en ese lugar. Bueno, uno dice el mar se mueve para muchas partes. Sí, pero siempre hay una corriente predominante y la idea es que la curva que forma el ancla hasta llegar al barco quede en la dirección opuesta a la corriente principal del agua. O sea, que tiene su ciencia. El tema del ancla no es así nomás. Eso tiene su ciencia, tiene su explicación, pero los elementos fundamentales ¿cuales son? Primero, que lo más importante no es el peso. Segundo, que el ancla tiene que ser muy fuerte porque claro, va a ser jalada con la fuerza que el agua le imprime al barco. Y tercero, lo más importante, que el ancla da un punto fijo.
Ahora tratemos de pensar ¿cómo se aplica esto a lo que ha sucedido? lo que ha sucedido con Cristo. Pues resulta que el ancla va para abajo en el agua, pero Cristo fue para arriba para la gloria del cielo. El ancla penetra en las aguas, y Cristo entró en la gloria del cielo. Pero lo mismo que el ancla se hunde en el fondo y tiene un punto fijo en el fondo, así también nosotros tenemos un punto fijo. Cristo nos ha regalado un punto fijo en la gloria del cielo. Y ese punto fijo es el que nos sostiene. Ya sabes, cuando el barco tiene su ancla en el fondo del mar, el barco se mueve un poquito, pero como tiene su punto fijo no se va a la deriva, sino que se queda en el mismo sitio, fundamentalmente en el mismo sitio. El agua puede sacudirlo un poco, puede moverlo un poco, pero el barco tiene su punto fijo y esa es la idea que quiero que nos quede. Que Cristo nos ha dado un punto fijo y las tentaciones, las dificultades, los dolores, los escándalos, las decepciones pueden sacudirnos, pueden mecernos un poco, sí somos mecidos, remecidos por las aguas de este mundo, pero tenemos un ancla y esa ancla está en el misterio de la Encarnación y en el misterio del amor redentor.
La Encarnación, porque nuestra naturaleza quedó anclada en la divinidad. Oye eso tan bello. Nuestra naturaleza humana quedó anclada para siempre. La divinidad se ancló en nuestra naturaleza humana para siempre, porque no hay una desencarnación. El misterio de la Encarnación es irreversible. Es para siempre. Pero además, el amor redentor llevó para siempre, en sus llagas. En sus llagas, Cristo llevó para siempre el drama nuestro a la gloria del Padre, y por eso tenemos un ancla fija. Y por eso nosotros, aunque seamos remecidos, ya no podemos ser vencidos. Remecidos, pero no vencidos, porque tenemos nuestra ancla en los cielos. Esa es la grandeza que ha logrado Cristo con su victoria, y que a Él sea la gloria por los siglos. Amén.

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