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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Carta a los Hebreos nos invita a permanecer firmes gracias al ancla de Dios, que es Cristo en el Santuario del Cielo.
Homilía i022011a, predicada en 20210119, con 18 min. y 19 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos queridos, aparece en la primera lectura de hoy una palabra que es tan difícil como hermosa de vivir, la palabra Perseverancia. La perseverancia es lo que hace que una persona sea de fiar. La perseverancia es lo que puede ayudar a mantener aún en medio de las tormentas, un matrimonio o una vocación sacerdotal. La perseverancia es la que puede sacar en victoria a aquella persona que se ha decepcionado de mucha gente, incluso de sí mismo. La perseverancia es algo que admiramos pero que nos cuesta mucho trabajo. Pero hay un secreto para la perseverancia. Hay un secreto para poder perseverar. Humanamente hablando, uno asocia la perseverancia ante todo con la fuerza de voluntad. Algo así, como reiterar una y otra vez el mismo propósito.
No sé si ustedes se han dado cuenta que en estos últimos tiempos hay toda una corriente de publicaciones y de memes, y de literatura y de conferencias que hablan sobre la importancia de los hábitos. Ya sabes, ese tipo de libros. Siete Hábitos de la gente exitosa, cómo crear buenos hábitos, cómo liberarse de los malos hábitos. Por supuesto, es de agradecer que se vuelva a hablar de los hábitos buenos y malos. Es de agradecer. Porque la tradición más clásica en nuestra Iglesia católica precisamente habla de los hábitos buenos que hemos de cultivar, esos se llaman las virtudes. Y los hábitos malos de los que hemos de liberarnos, esos se llaman los vicios. Virtudes y vicios. Pero hay que tener en cuenta algo, y es que la sola fuerza de voluntad a veces no nos alcanza. De hecho, si nosotros ponemos toda nuestra esperanza solamente en nuestra fuerza de voluntad, como si con ella sola pudiéramos alcanzar la perfección que anhela nuestro corazón, estaríamos cometiendo no solo un error, sino también cayendo en una desilusión y peor que eso, en una herejía. El nombre que tiene esa herejía es Pelagianismo, por un monje británico del Siglo Cuarto llamado Pelagio. Pelagio precisamente era un hombre con una extraordinaria fuerza de voluntad y él creía que él mismo y que todos los demás lo único que necesitaban era instrucciones en la vida para después poner toda la fuerza de voluntad y con toda la fuerza de voluntad, lograr la perseverancia. No siempre son tan sencillas las cosas. Además, hay que tener en cuenta que la perseverancia principal, la más importante, es la que tiene que ver con los mandamientos más importantes.
Por ejemplo, si una persona persevera en una dieta estricta y difícil, que consiste en comer una cantidad de cosas insípidas por el resto de su vida, y si la gente logra perseverar y perseverar en eso, pues eso tiene un mérito, por supuesto. Pero es que lo principal en la vida humana, con todo el respeto a los nutriólogos, lo principal en la vida humana no está únicamente en la dieta. La Biblia nos enseña lo que es más importante en la vida humana. Lo que es más importante es el amor, el amor a Dios y el amar al prójimo como a nosotros mismos. Y perseverar en un amor fiel a Dios, en un amor que le dé la gloria a Él, en un amor que permanezca en humildad, en un amor que permanezca en generosidad, aunque haya persecución, aunque haya burla, aunque haya indiferencia, aunque haya rechazo, aunque haya marginación. Haya, esa es otra historia. Uno puede perseverar en muchas cosas muy buenas, sobre todo en las que tienen que ver con el cuerpo. Es relativamente sencillo perseverar a pesar de ser tan difícil.
Pero digo yo, en comparación con todas las virtudes que necesita el ser humano, las que tienen que ver con el cuerpo son comparativamente las más fáciles, entre otras cosas porque los resultados se ven. Así por ejemplo, la persona que se está alimentando mejor está haciendo más ejercicio, empieza a notar que tiene más salud, tiene más energía, lo ve. En cambio, vaya usted por la calle haciendo el ejercicio de ser más humilde. Vaya usted por la vida haciendo el ejercicio de ser más orante. O vaya usted recorriendo los caminos de esta tierra, simplemente tratando de sembrar alegría. Usted comprobará muy pronto que es muy difícil perseverar en esa clase de virtudes. Y cuanto más subimos en la escala de virtudes, más nos vamos dando cuenta que nuestra sola voluntad no alcanza, no da para esas virtudes superiores. Y repito, las virtudes superiores son el amar a Dios por ser quien es, adorarlo con todo nuestro corazón, poner en Él el propósito entero de nuestra vida, aunque perdamos todo lo demás.
¿Quién tendrá perseverancia en esa clase de virtud, es decir, en el cumplimiento de esa clase de mandamiento? Uno puede empezar. Y yo les digo como sacerdote, he visto gente empezar con mucho entusiasmo. ¿Has visto, las personas que hacen retiros espirituales? Hay gente que hace un buen retiro espiritual. Hoy están. Lo digo de manera positiva. Hoy están de moda los retiros de Emaús. Entonces, voy a hacer mi retiro de Emaús y la persona sale con un gran amor a Dios y con mucha alabanza y con muchas cosas. Y Jesús cambió mi vida y se aprende una cantidad de canciones del retiro donde estuvieron. Tres semanas después, tres meses después, tres años después de todo ese grupo que hizo el retiro espiritual y que salió gozoso bendiciendo a Dios. ¿Cuántos están perseverando? Y no es que estén mal esos retiros de Emaús en ese aspecto, no. No es que estén mal, es que perseverar en el amor a Dios, insisto, no es tan fácil. Porque muchas veces perseverar en el amor a Dios es atravesar como un desierto de hielo, es soportar marginación, es sentirse uno ridículo.
Hay jóvenes que han pertenecido a grupos preciosos, grupos parroquiales maravillosos, con mucha oración, con mucho entusiasmo y como se dice popularmente, se ponían la camiseta. Maravilloso. Pero luego van llegando al mundo universitario, se encuentran con profesores muy respetables que desprecian con inmensa arrogancia, desprecian la vida cristiana y entonces te encuentras con jovencitas, por ejemplo, que estaban muy enamoradas de Dios. Pero cuando llegan a la universidad se encuentran que una gran parte de sus compañeras utilizan la asquerosa pañoleta verde pro-aborto, y se dan cuenta que seguir amando a Dios y seguir defendiendo la vida cuesta muchísimo. Porque te vas a quedar sin amigas, porque te van a marginar, porque te van a tratar mal, porque vas a ser ridícula y aguantarse el ridículo semestres enteros, años enteros. Llega el momento en el que la convicción que la persona tenía se va erosionando. O sea, ¿qué tenemos hasta ahora? Que la perseverancia es algo muy bello, es algo muy admirable, pero es algo difícil y que va creciendo de manera exponencial esa dificultad a medida que vamos subiendo en la verdadera escala de las virtudes. Las virtudes más sencillas que por ejemplo, voy a ser más ordenado, más aseado, voy a usar seda dental todos los días. Hombre, eso está muy bien. Te felicito. Felicitaciones. Pero esos son buenos hábitos. Pero esos son los de abajo. Empiece a subir para que usted vea cómo avanza esa curva exponencial. Por favor estudiar la curva exponencial, cuya derivada es ella misma. Estudia usted esa curva exponencial y dese ese cuenta. Cómo son de difíciles las cosas.
Entonces, es ahí donde entra este bendito texto de la Carta a los Hebreos y nos invita, o mejor dicho, nos anuncia el camino de la perseverancia. Utilizando un ejemplo, que yo creo que cualquiera puede entender, es el ejemplo del ancla. De las cosas que yo admiro es el mundo de la construcción. A mí me gusta el mundo de la construcción. Dicen que muchos de nosotros varones, tenemos un gusto así por las máquinas y construir y ver grandes proyectos en ejecución. Yo creo que en ese sentido por lo menos me identifico. Entonces, el otro día, también a manera de descanso, estaba viendo un video sobre cómo se construye un barco, pero un barco gigantesco, un barco de carga de esos que tienen sesenta mil, ochenta mil toneladas al agua, sesenta mil toneladas. Y entonces, hacían el recorrido por el barco y llegaron a la parte del ancla. Esa fue la parte que más me gustó. Porque cada uno de los eslabones de la cadena que tiene el ancla, cada uno de esos eslabones es como la mitad de mi cuerpo. Yo no había visto unos eslabones tan grandes. Es muy difícil hacerse un collar con esos eslabones. Es una cosa realmente muy grande. Son unos eslabones gigantescos, pesadísimos. Al lado de esos eslabones, los marineros y los obreros que estaban ahí se veían pequeñitos.
Ancla esa es la palabra. Ancla para la perseverancia en la fe, para la perseverancia en la pureza, para la perseverancia en la oración. Uno necesita un ancla. Ancla es lo que necesitamos. ¿Y cómo funciona esto del ancla? Pues lo del ancla es maravilloso, porque cuando hay un mar que está muy, muy tormentoso. Realmente los barcos corren peligro. De los muchos peligros que corren los barcos en un mar, como se dice popularmente picado. Es que las olas y los vientos van llevando al barco a cualquier parte. Es decir, las turbinas, los motores no bastan. Realmente el barco se convierte en un juguete de las fuerzas del mar, y esas fuerzas pueden llevarlo a romperse contra un arrecife, a encallar en un banco de arena, a darse contra un acantilado. ¿Qué es lo que hace el ancla? El ancla lo que hace es a través de esa cadena preciosa. El ancla lo que hace es mantener el barco, de manera que si se moverá, se moverá un poco. Pero aquí está el ancla. Y el ancla no deja que se vaya demasiado lejos.
Nosotros, para alcanzar las verdaderas virtudes, las que han vivido los santos, necesitamos de esas anclas. Y de eso es de lo que nos habla aquí. Por ejemplo, lo que se dice acá, dice de esta manera. Que Dios ha hecho una promesa y que Dios ha hecho un juramento. Por dos cosas inmutables la promesa y el juramento en las que es imposible que Dios mienta, cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en Él, agarrándonos a la esperanza. Así como estoy yo en este momento de mi vida, agarrado a la esperanza, agarrándonos a la esperanza que se nos ha ofrecido, la cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme. Que penetra más allá de la cortina donde entró por nosotros como precursor Jesús, el Sumo Sacerdote. O sea, que esta es un ancla muy rara, porque las anclas que nosotros conocemos como las que vi en ese documental, son anclas que van hacia abajo. Con unos eslabones gigantes. No sé si les he contado que los eslabones eran muy grandes. El ancla va hacia abajo. Pero resulta que el ancla de la que nos habla la carta a los Hebreos, es un ancla muy rara que va hacia arriba. Es decir, nosotros obramos, vivimos, permanecemos con el ancla hacia arriba, penetrando la cortina del santuario, entramos allá donde está Cristo, allá estamos nosotros. Esa es el ancla. Es decir, el triunfo de Jesucristo, el amor de Cristo, la intercesión de Cristo, la perfección del sacrificio de Cristo. Estos son los rasgos de esa ancla maravillosa.
Entonces, a medida que yo voy repitiendo en mi corazón tengo un Cristo, tengo para mí, así como cada uno lo tiene para sí, porque Él lo hizo por todos. Tengo para mí un Cristo que me ha amado perfectamente, que ha ofrecido un sacrificio pleno, perfecto, que intercede por mí con absoluta perfección. Entonces, a medida que yo voy recordando y voy recordando que hay ese Cristo, entonces tengo ancla, esa es la fuerza del ancla que Dios me da, esa. El saber que Él está intercediendo por mí, que me ha amado en plenitud, que Él ha hecho su obra y que esa obra permanece en nosotros. Eso es lo que nos da fuerza. Yo tengo un testimonio sobre esto y con eso termino, porque como muchos de ustedes saben, pues hemos vivido en estas últimas semanas, yo podría decir meses o años, porque la condición de salud de mi padre estaba así. Pero yo lo que puedo decirles es que a lo largo de estos años y luego meses, y luego semanas y luego días, casi podría decir horas. Yo vi a mi papá aferrándose a esa ancla. ¿Y cuáles eran los eslabones más bellos que los que yo vi en el documental? Los eslabones eran los santos. Viera usted cómo hablaba mi padre sobre el Padre Pío, sobre San Juan Pablo Segundo, sobre Maximiliano María Kolbe, sobre el apóstol San Pablo. Y efectivamente, los santos van formando como una cadena, porque unos van conectando con otros y con otros. Y mi papá, a medida que todo se iba derrumbando, incluyendo la salud de su cuerpo, él se iba aferrando más y más a esos eslabones y cada vez su mirada más allá y más allá y más allá. Sus últimas palabras el día de ayer. Sus últimas palabras estaban totalmente allá. Estas son las palabras que dijo. Y que Dios me permita decirlas sin quebrantarme demasiado. Pide por mí, me decía. Pide por mí. Estaba lúcido ayer que falleció. Pide por mí y repitió algo que se había convertido en su estribillo. Para que yo acepte con amor y con alegría lo que Dios disponga para mí. Su corazón ya estaba allá. Él tenía el ancla. En la última conversación que tuvimos, de nuevo, totalmente lúcido, me dice estoy tranquilo. Mire lo que dice aquí. Esa ancla es para nosotros, segura y firme. Estoy tranquilo, decía mi papá. Estoy tranquilo.
Entonces, ¿Qué tenemos que hacer nosotros, los que vamos todavía en camino? Conocer los eslabones. Apegarnos a los santos, al ejemplo de los santos. Algunos de los cuales pueden estar muy cerca de nosotros. Apegarnos al ejemplo de los santos y mirar y mirar hacia allá, donde está Cristo, para encontrar en Él nuestra firmeza. Más allá de todo lo que el mundo dice, porque el mundo ya lo han comparado varios, es como un mar que no termina de sacudirse para un lado y para el otro. Dejemos que el mundo se sacuda como quiera. El ancla está firme. Algo nos moverá, un poquito nos moverán, pero estamos firmes. Y con esa firmeza, que Dios nos conceda una muerte santa. Amén.

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