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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El descanso de Dios, un Dios que no se cansa, es momento contemplativo del que del que somos invitados a participar en libertad y gozo.
Homilía i022006a, predicada en 20130122, con 7 min. y 51 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Se da el caso en la Sagrada Escritura que, por una parte, en algunos textos se pondera grandemente el sábado. Por ejemplo, en algunos pasajes del profeta Isaías, donde se elogia con profusión a los que guardan el sábado. Y por otra parte, en textos como el de hoy se le da apenas una importancia relativa. Como nosotros no somos judíos, probablemente sentimos que esa discusión no tiene nada que ver con nosotros. Porque al fin y al cabo, no estamos bajo la ley de Moisés. Y quizás la única parte que interesa del Evangelio que se ha proclamado es que como el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado. Eso nos hace sentir relativamente libres de ciertas prescripciones o leyes. Pero seguramente hay algo más profundo ahí y sobre todo, algo más permanente. ¿Qué es lo permanente del sábado? ¿Qué tiene que ver con nosotros? ¿Y cómo se explica esa dualidad de unos textos que muchos lo ponderan y otros que lo relativizan? Debemos relacionar el sábado con el descanso y, ante todo, con el descanso de Dios. Es un tema que también ha aparecido en la Carta a los Hebreos, la cual venimos leyendo en estos últimos días entre semana. El descanso de Dios, que no significa que Dios estuviera cansado. Y ahí empiezan las paradojas. El descanso de Dios después de crear, que no es simplemente ni principalmente cesar en la actividad descanso de Dios, que es un momento de contemplación y de gozo frente al ser. Vio Dios todo lo que había hecho y todo era bueno. Descanso que significa una pausa en el producir y en el consumir, una pausa saludable para simplemente celebrar el hecho, la hermosura de existir. Así comprendido. El sábado tiene un valor permanente, porque nosotros, lo mismo que nuestros demás contemporáneos, estamos siempre en peligro de quedar atrapados en la cadena de producir y de consumir. Hay tres verbos en los cuales transcurre la mayor parte de la vida de mucha gente: producir, consumir y entretenerse. La parte seria es que esos tres verbos los tienen también los animalitos que también trabajan y consumen y de vez en cuando se entretienen. Pero hay algo que es típicamente humano y sobre todo, algo que humaniza. Esa pausa, esa mirada nueva que podemos llamar contemplativa, por la cual el ser humano se vuelve sobre sí mismo, reconoce su dignidad de hijo de Dios. Reconoce al otro ser humano como hermano. Reconoce la creación como jardín y no únicamente como taller y sobre todo. Reconoce a Dios como fuente primera de toda la bondad y la luz a la que puede acercarse. Entonces el sábado se convierte en una liberación, no simplemente en el sentido material de dejar de trabajar, sino ante todo liberación del corazón y de la mente que se levanta, de ese ciclo interminable de trabajar, consumir y entretenerse. Se levanta de ese círculo, eleva su mirada al cielo y descubre a un Dios que, por puro amor ha querido crearle. Por puro amor ha querido redimirle y por puro amor quiere santificarle. Esta es la parte de la grandeza del sábado, podemos decir que es ese descanso contemplativo, gozoso, celebrativo, litúrgico incluso, que abre la puerta a la verdadera dignidad de la persona, a su verdadero y más profundo ser. Y entonces, ¿en qué queda la expresión del Evangelio de hoy? Aquello de que el sábado es para el hombre. Pues es una frase que dice Nuestro Señor frente a las deformaciones que el sábado había padecido en la enseñanza de algunos escribas y fariseos, porque ellos convertían el sábado, en vez de ser una liberación, lo convertían en una cadena más en la multiplicación de preceptos, preceptos humanos, como por ejemplo el número de pasos que se puede dar en un sábado o cosas parecidas, estaban convirtiendo esa especie de descanso contemplativo. Lo estaban convirtiendo en un episodio más de su manera leguleya de ver la relación con Dios. Bueno, ¿con qué nos quedamos nosotros? Nos quedamos con que necesitamos ese descanso santo. Necesitamos ese encuentro renovado y renovador con el Señor. Necesitamos sentir que no somos únicamente trabajadores, no somos únicamente funcionarios, sino que somos ante todo hijos amadísimos, que Dios no tenía que crearnos y que lo ha hecho únicamente por amor. Que no había deber de salvarnos, pero que el exceso de su gracia nos ha alcanzado, y que ese mismo Dios en una especie de delirio o de ebriedad de amor. Quiere también vivir en nosotros. Entonces, la verdadera teología del sábado la vive el sacerdote, especialmente cuando, deteniéndose entre sus múltiples actividades, pero sin caer tampoco en el entretenimiento fácil que suele ser el de la televisión o de Internet. Se recoge un poco ante su Creador, ante Dios, su Padre, y se siente feliz y amado y se siente gozoso de la obra que Dios hace en él y a través de Él. Pidamos entonces que ese verdadero sentido del descanso que nos restaura sin empujarnos al pecado, que ese verdadero descanso sea parte de nuestra vida, para que también nosotros, de una manera más alegre y de una manera más fecunda, compartamos con nuestros hermanos el poder y la gracia del Evangelio.

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