Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La esperanza no es simple deseo nuestro sino sabio apoyarse en las promesas del que no engaña.

Homilía i022005a, predicada en 20130122, con 4 min. y 20 seg.

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Transcripción:

La fe y la esperanza son las dos palabras fundamentales en la carta a los Hebreos. Fe que significa recibir la propuesta que Dios Padre nos hace en la persona de su Hijo. Esperanza para vencer las dificultades de la hora presente, teniendo certeza de que en nuestro futuro estará Dios. ¿Por qué eran necesarias esta fe y esta esperanza? Pues porque esta gente estaba sufriendo. Su vida cristiana, de hecho, empezó con el sufrimiento. Pero el sufrimiento se siente menos cuando hay entusiasmo. La comunidad a la que se dirige la Carta a los Hebreos es gente convertida del judaísmo. Muchos, la mayoría de ellos, estaban vinculados al templo mismo de Jerusalén. Al convertirse a la fe cristiana, fueron expulsados de sus sinagogas. Perdieron sus fuentes de ingresos, sus trabajos, sus amigos.

Pero en ese momento, gozosos, como estaban entusiasmados como estaban, dieron esos pasos con gran generosidad. Y no solamente estuvieron dispuestos a padecer, sino a socorrer a otros hermanos en la fe que pasaban necesidad. Podemos decir que el entusiasmo es a veces como una especie de anestesia. Pero cuando pasa el efecto de la anestesia, se siente la dureza, se siente la dificultad. Y es en ese momento donde necesitamos algo más profundo que el entusiasmo.

¿Y qué es más profundo que el entusiasmo? La esperanza. La esperanza cristiana no es un simple fervor de momento. Tampoco es una ilusión. Tampoco una fantasía. El pasaje que hemos oído hoy del capítulo seis de la Carta a los Hebreos nos presenta la esperanza como un ancla, un ancla que queda firmemente unida al futuro de Dios, ancla que no tiene su firmeza en nuestro deseo, sino en su promesa. Si nosotros tenemos certeza de que Dios nos va a dar un futuro, no es porque así lo deseamos y tratamos de convencernos, tratamos de sugestionarnos.

Óigase bien, ni la fe ni la esperanza son sugestión. Nuestra fe proviene de lo que Dios nos ha mostrado, y nuestra esperanza proviene de las promesas que nos ha dado. ¿Y cuáles son esas promesas? Pues las puedes revisar en la Palabra de Dios y te vas a encontrar con palabras simplemente consoladoras, llenas de fuerza, capaces de sanar tus dudas y tus grietas. Por ejemplo, dice el Señor: En el mundo van a tener luchas, pero no tengan miedo. Yo he vencido al mundo. Y dice también: yo voy a estar con ustedes todos los días hasta el fin del mundo. Y dice el Evangelio según San Marcos en su capítulo final, el capítulo dieciséis: que el Señor confirmaba con las obras, con los prodigios, confirmaba la predicación del Evangelio.

Esa clase de promesas, esas certezas que nos da Dios porque Él es fiel. Estas son las que le dan fuerza a nuestra esperanza. Resumen, el entusiasmo pasa, la esperanza queda. La esperanza no es sugestión. La esperanza es ancla, firme en la palabra y en la promesa de Dios.

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