|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La inconstancia acecha a la vida humana, que pronto olvida el valor de lo realmente bueno; por eso el cristiano necesita tener su ancla en los cielos.
Homilía i022004a, predicada en 20110118, con 8 min. y 46 seg. 
Transcripción:
Uno de los temas centrales de la Carta a los Hebreos que nos ha venido ocupando en la primera lectura de estos días es el tema de la perseverancia. Permanecer en la fe, aferrarnos a la esperanza, no descuidar el amor. La perseverancia es indispensable para la salvación, como lo dijo el mismo Cristo. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Y esta recomendación es saludable porque el ser humano es inconstante. Nuestra misma condición temporal hace que los estímulos que recibimos pierdan su fuerza con el solo paso del tiempo. Psicólogos británicos, por ejemplo, estudiaron cuál es el impacto que tiene una buena noticia en una persona y descubrieron que el máximo tiempo que dura una buena noticia es tres meses. Es decir, que una persona que se haya ganado la lotería, por dar un ejemplo casi trivial, eso le causa un aumento en su grado de felicidad, pero empieza a disminuir ese mismo grado y a los tres meses la persona se siente más o menos igual que como estaba. Puede parecer muy corto este período, pero tengamos en cuenta que toda ventaja tiene sus desventajas. Y lo mismo sucede con la persona que se casa. Quizás hay un gran entusiasmo al momento del matrimonio, pero pronto aparecen también desventajas, dificultades y en promedio, las personas después de un tiempo relativamente breve que puede ser de esos tres meses. La gente se considera más o menos en el mismo nivel de felicidad. Es decir, los estímulos tienen un poder muy limitado para movernos. Los premios que nos ganamos, los elogios que recibimos, los regalos que llegan, las sorpresas que trae la vida. Y también sucede lo mismo con los castigos. Es decir, que si uno tiene una determinada prohibición o castigo, la fuerza de esa prohibición o de ese castigo no dura mucho más de los famosos tres meses. Lo cual quiere decir que después de esos tres meses, si uno puede volver a hacer lo que hizo sin peligro, lo hace. Estas cifras son un poco arbitrarias y se pueden cuestionar, pero están indicando algo muy interesante y es que el corazón humano de hecho es inconstante. Los israelitas, en el tiempo de su peregrinar hacia la tierra prometida, lo experimentaron una y otra vez se dieron cuenta que pasaban del entusiasmo desbordante a la monotonía, el aburrimiento y nuevamente la inconstancia. Un ejemplo clásico que tenemos es el de la entrada de Jesús en Jerusalén. Se supone que una buena parte de la ciudad se vuelca en aclamaciones a Cristo, pero luego también una porción de la población está gritando que Cristo tiene que ser crucificado. Así que somos inconstantes. Por eso mismo, el amor hay que cuidarlo, hay que alimentarlo. Esto lo saben bien quienes tienen la experiencia cercana de noviazgo, de matrimonio. Se dan cuenta que no se puede vivir de los tequieros pasados. No se puede vivir de los chocolates que se recibieron hace no sé cuántos años. No se puede vivir de las sonrisas o de otras formas de amor que quedaron ya en el pasado. Entonces por eso se necesita lanzarse hacia el futuro. Y eso es lo que quiere la Carta a los Hebreos. Y el futuro del cristiano se llama el cielo. Más allá de esa cortina misteriosa que es la muerte, nosotros estamos anclados en el cielo. Lo mismo que un barco no debe quedar al garete de las olas y los vientos, porque se despedazaría contra los arrecifes o las rocas y por eso el barco necesita su ancla firme. Así también el cristiano no puede vivir únicamente esperando cosas sobrenaturales, regalitos, consuelos o los sustos que también trae la vida. El cristiano necesita un ancla firme, y esa ancla firme la encontramos precisamente en el sacrificio de Jesucristo de un modo tan hermoso, tan literario esta carta nos muestra que el sacerdocio de Cristo acontece en el cielo. Por eso en las iglesias ortodoxas la Misa no se celebra, así como la celebramos aquí, es decir, con el altar visible, sino que en la misa que celebran los cristianos ortodoxos, el altar queda como detrás de una mampara o detrás de un velo, como queriendo indicar que el sacrificio de Jesús no fue en la tierra. Es una misa o una forma un poco extraña de celebrar la misa, en el oratorio de San Kevin, que está adosado a la Catedral allá en Dublín. Hay un permiso especial para que los cristianos de ese rito ortodoxo celebren. Y entonces ahí ve uno como tienen esa especie de límite y la gente está a un lado y los sacerdotes están al otro lado celebrando el Santo Sacrificio, porque el sacrificio de Cristo se ofrece y se entrega en el cielo. Es decir, así como en la antigua alianza el sacerdote entraba con la sangre del Cordero, y en el Lugar Santísimo, en el Santo de los Santos, derramaba las gotas del sacrificio. Así también, según el paralelo que plantea la carta a los Hebreos, Cristo ha entrado con su sangre chorreando su propia sangre, ofreciendo su propia sangre. Cristo ha entrado en el cielo y en el altar del cielo ha sido ofrecido el sacrificio que nos trae reconciliación perfecta, y que también es esa esperanza firme que necesitábamos y sin la cual es imposible perseverar. Cristo ha logrado el cometido. Cristo ha hecho la reconciliación perfecta y por eso, mirando ese amor inconmensurable, esa victoria perfecta de Cristo, mirándolo entrar a través del velo de su propia carne, entrar en el misterio de la muerte y en la gloria del cielo, nosotros tenemos esa ancla firme, es decir, podemos repetir, como dijo San Pablo: Yo sé de quién me he fiado. Nosotros, mis hermanos, somos el pueblo que se ha fiado de Jesucristo. Nosotros hemos puesto nuestra esperanza en el Señor y sabemos que podemos confiar en ese amor derramado en gotas preciosas de sangre. Podemos confiar en esa redención adquirida y firme en la gloria de los cielos. Entonces apeguémonos a ese Cristo. Unámonos a él, decía San Agustín refiriéndose a la Eucaristía. Cómanse el precio de su redención, para que no se deprecien, para que no pierdan su precio, coman el precio de la redención que es Cristo Jesús. Entonces acerquémonos a este altar a recibir el cuerpo y la Sangre del Señor, para no despreciarnos, para recordar siempre que somos infinitamente valiosos a los ojos del Padre, para que nunca se nos olvide que nosotros costamos lo que costó la sangre del Cordero de Dios. Y así, divinamente amados, perfectamente reconciliados, felizmente sostenidos, podremos avanzar tras las huellas de Cristo, hasta llegar también nosotros a la casa del Padre. Amén.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|