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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Dios ha jurado en favor nuestro.
Homilía i022001a, predicada en 19970121, con 7 min. y 1 seg. 
Transcripción:
La carta a los Hebreos trae para nosotros una palabra de consuelo y exhortación en este día. Dios ha jurado a favor nuestro. Dios ha empeñado su Palabra en favor de nosotros. Así ha demostrado cuán valiosos somos para Él, y así ha puesto en nuestros corazones una esperanza que, estando todavía en la tierra, se extiende y penetra en el santuario del cielo, donde está Cristo. Nosotros no estamos al vaivén de las olas. Nosotros tenemos un ancla. De esta ancla que atraviesa la cortina del templo. Están anclas que penetran más allá del Santuario. Es la verdad del sacrificio redentor de Cristo del que se nos hablaba precisamente en el texto de ayer en esta carta a los Hebreos. ¡Qué gozo para nosotros saber que tenemos a nuestro favor este amor! ¡Qué gozo saber que Dios ha pronunciado su Palabra y que esta Palabra es a favor nuestro! Tenemos una palabra irrevocable que está pidiendo misericordia por nosotros. Tenemos un intercesor que está suplicando para que nosotros lleguemos a donde Él ya se encuentra. Tenemos a un orante, al verdadero y perfecto orante, a Jesucristo a favor de nosotros. Y la historia de la vida de Cristo es una palabra del Padre Celestial que está a favor de nosotros, y esa Palabra no se deshace. Esa palabra no se desarma. La absolución que Dios ha presentado en Jesucristo, el perdón que Dios ha ofrecido en Cristo, es irrevocable y sólo se pierde para aquellos que quieren perderlo. Pero si nosotros abrimos nuestra vida, abrimos nuestro corazón a ese perdón. Está ahí. Es como la luz del sol que hace su inmenso recorrido y llega hasta nuestros ojos. Si tú cierras tus párpados, no hay sol para ti. Pero ya el sol llegó hasta donde podía llegar. Ya Cristo llegó hasta donde podía llegar. Abre tu boca y yo la saciaré, dice el Salmo. Abre tus ojos y sacia los de luz. Abre tu alma y colma la de santidad. Abre tu vida y llénala de pureza. Abre tu campo y que Dios siempre buena semilla en él. Dios ha declarado. Más aún, ha proclamado. Más aún, ha gritado su misericordia. La fuerza de su perdón ha declarado que hay vida y que hay gracia, y que hay perdón, y eso está a tu alcance. La palabra de salvación que te predico no es una palabra nueva, es la palabra antigua, es la palabra verdadera. Y los dones de Dios no están más allá de los mares ni detrás de las montañas. Los dones de Dios no están arriba de los cielos, porque de esos cielos ha enviado Dios esa ancla de salvación a la que podemos asirnos nosotros ahora. Creemos en esa salvación, aceptamos esa salvación, nos gozamos en esa salvación y queremos en esta Eucaristía abrir del todo nuestra alma, saciar de todo del todo nuestra hambre en el Infinito, en la infinita dulzura, en el infinito alimento, en el pan que da la Vida. Ahí está Él y por parte de Él no hay límite alguno. Se va a dar Cristo en alimento. Esa es la Misa. Come lo que quieras, aliméntate, come lo que quieras. No sucede aquí como en el pan material en que para comer más, para alimentarte más, hay que aumentar el volumen, alimentarse más. En el plano material y físico es comer más, pero comer más en el plano espiritual es tener más hambre, es tener más fe. Es creer más. Di, qué es lo que quieres. Dilo. ¿Cuál es el don espiritual que sea difícil para Dios? ¿Qué es lo que Él no puede? ¿Qué es lo que Él te negaría? Reta a Dios si lo quieres hacer. Ahora te digo yo como Isaías a Ajaz. Pide un don en lo alto del cielo o en lo profundo del abismo. Pide un don. Nada pedirás que sea tan grande como lo que él quiere darte, pero pide con fe. Pide dispuesto a recibir. Y para que tu corazón se acostumbre a pedir con fe y se disponga a recibir, mira cómo el ancla de salvación atraviesa la cortina del santuario y mira cómo el mismo Cristo que celebra con nosotros esta Eucaristía, celebra en el cielo la Eucaristía eterna. Mejor dicho, nos hace celestiales aquí, hoy, ahora. Recibamos esa salud, recibamos esa luz, acojamos ese alimento. Pobre de aquel que abra poco la boca. Pobre de aquel que tenga poca hambre, porque recibirá poco. Pobre de aquel que crea con vacilaciones, porque se quedará sin nada. Feliz de aquel que crea con todo su corazón. Feliz de aquel que disponga del todo su alma. Feliz de aquel que crea con todo su ser y que reciba lo que Dios está dispuesto a dar, que es infinito. Bienaventurados aquellos que así se alimenten hoy de Jesucristo. Ellos podrán ver cómo el Señor realmente es fiel a su alianza y Él vive eternamente.

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