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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Contemplar a Jesús como Novio, como el verdadero Esposo del alma y de la Iglesia, es descubrir que su amor es gratuito, que Él ha dado la pelea por mí en la Cruz.
Homilía i021013a, predicada en 20250120, con 8 min. y 32 seg. 
Transcripción:
Hoy Jesucristo se da el nombre de novio. Es una manera de lenguaje que tal vez no resulta tan conocida o tan popular en nuestro tiempo y que sin embargo, tiene profundas raíces en el Antiguo Testamento. Efectivamente, la unión que hay entre el esposo y la esposa, la unión entre hombre y mujer sirve de símbolo precioso para hablarnos de la clase de unión que Dios quiere tener con su pueblo y de la unión que Dios quiere tener con cada uno de nosotros. O sea que la palabra clave podríamos decir la música de fondo que está detrás de ese lenguaje del novio, es el lenguaje del amor y del amor que une. Del amor que funde. Así como dice el Génesis: ya no son dos, sino una sola carne. Porque, por supuesto, ese noviazgo conduce a la boda. Y el que hoy llamamos novio, es el mismo que luego el Libro del Apocalipsis nos va a anunciar con gran alegría. Ha llegado la boda. No es uno de esos noviazgos eternos, uno de esos noviazgos que se convierten muchas veces en desorden sexual y que conocemos en nuestro tiempo. Este es un novio casto. Este es el bendito Cristo que se reserva perfectamente para las bodas con su amada, que es la Iglesia, heredera de todo lo que el Antiguo Testamento nos dice del pueblo de Dios. ¿Cómo encontrar palabras para describir esto tan bello? ¿Cómo encontrar palabras para describir lo que significa que Cristo es el novio? Pues apoyémonos en la misma Palabra de Dios y nos encontramos que ya desde el Antiguo Testamento hay una especie de estribillo que se va repitiendo de tanto en tanto, que ya aparece en el Pentateuco y aparece en boca de Moisés. Luego vuelve a aparecer en boca de los profetas. Luego vuelve a aparecer en boca de los sabios de Israel, y ahora reaparece en la persona de Cristo, y luego en los apóstoles, y luego en el Apocalipsis. Y ese mensaje se resume en estas palabras: Ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios. Como quien dice: Ustedes para mí, y yo para ustedes. Esa esa especie de llamado mutuo, de atracción mutua. Es un verdadero misterio, porque que nosotros necesitamos de Dios y que nosotros tenemos que buscar a Dios y que solamente en Él encontramos nuestra plenitud es obvio. Pero ¿por qué Él nos busca? ¿Por qué Él se ha enamorado de nosotros? ¿Por qué Él, como un muchacho entusiasmado por el amor de su novia? ¿Por qué? ¿Por qué nos busca? Ese es un misterio. Y detrás de ese misterio está el amor. ¿Pero qué tipo de amor? Esto es lo más hermoso. Porque cuando un chico se enamora de una jovencita, usualmente hay algo que le gusta de ella. Usualmente hay un bien que él espera encontrar porque le parece que es dulce, que es hermosa, que es atractiva. ¿Pero qué hay en nosotros que le hiciera falta a Dios? ¿Que hay en nosotros que Dios no tuviera? Si Dios lo tiene todo y es el único que lo da todo, ¿qué podía ver en nosotros que Dios encontrará, por decirlo de alguna manera, atractivo? No hay ninguna respuesta para esa pregunta, salvo que nos amó, porque nos amó, nos amó gratuitamente, nos amó con una generosidad sin límites. Nos amó no por lo que Él esperaba recibir. Nos amó no porque él ganara algo, sino porque la sobreabundancia de su amor quiso de manera libre, de manera libérrima, quiso darse a nosotros. Y ese es el tipo de amor que hace que Dios nos busque. Nosotros le buscamos a Él porque lo necesitamos, necesitamos de Él para existir, necesitamos de Él para ser perdonados. Necesitamos de Él para encontrar sentido a nuestra vida. Necesitamos de Él para lograr una plenitud, una realización, una felicidad. Necesitamos de Él para escapar de ese especie de condena que es la muerte. Él no necesita de nosotros. Entonces, lo primero es descubrir qué clase de amor ha tenido Dios con nosotros, descubrir la gratuidad de ese amor, maravillarnos ante ese amor, maravillarnos ante esa hermosura, ante esa hermosura de su piedad para con nosotros. Maravillarnos. Eso es lo primero. Segundo, ya en el Antiguo Testamento aparece también este lenguaje de esposos. Por ejemplo, ese texto que dice: La alegría que encuentra el esposo con la esposa la encontrará tu Dios contigo. Ese es un texto muy bello. Ese es un texto del profeta Isaías. O qué diremos del Cantar de los Cantares, que es una celebración, ciertamente de la belleza del amor humano, pero también de un modo trascendente de la belleza del amor de Dios con su pueblo y de la belleza del amor de Dios por cada uno de nosotros. Por eso los místicos han aplicado ese lenguaje del novio al alma humana, lo cual vale tanto para hombres como para mujeres. De manera que también nosotros, los varones, podemos reconocer en Cristo el novio, reconociendo que nuestra alma, que mi alma es amada y deseada por Cristo y que Cristo quiere unirse a mi alma, que Cristo quiere unirse a mí. Y eso es bellísimo. Te ama el Señor, te ama, te prefiere a ti. En el profeta Oseas también hay textos preciosos. Y fíjate lo que nos dice el apóstol San Pablo en el capítulo quinto de la Carta a los Efesios dice: Gran misterio es la unión entre el varón y la mujer, y yo lo refiero a Cristo. Y hablando a los varones, a los varones casados. San Pablo dice: Que el varón casado tiene que amar a su esposa como Cristo ama a la Iglesia. Entonces demos gracias a Dios por esta palabra de Jesús. Demos gracias a Dios por este novio del cual dice la Escritura Salmo cuarenta y cinco: Eres el más hermoso de los hombres. En tus labios se derrama la gracia. El Señor te bendice eternamente. Demos gracias a Dios por este novio bellísimo, por este novio lleno de pureza y de sabiduría, lleno de gallardía y de valentía. Este novio que ha dado la pelea por nosotros y ¿donde dio la pelea? Aquí, aquí, aquí, dio la pelea aquí en la cruz, Peleó por mí, peleó por ti, peleó por tu amor, porque te ama, porque te busca. Hoy quedémonos contemplando a este novio bellísimo. Quedémonos contemplando a este verdadero esposo del alma. Quedémonos contemplando a este esposo de la Iglesia y llenos de gratitud, prometámosle nuestra plena fidelidad, de manera que Él se regocije con nosotros y de manera que también nosotros podamos decir con aquella joven del Cantar de los Cantares: Mi Amado es para mí, y yo para mi Amado. Amén.

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