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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Jesucristo es cercano a nosotros, por su ser humano y por su participación en el sufrimiento; unido a Dios por su propia naturaleza: Él es el verdadero Puente entre Dios y los hombres.
Homilía i021011a, predicada en 20210118, con 10 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Hermanos queridos, para recibir a Cristo como Salvador se necesitan dos cosas: descubrirlo muy cerca de nosotros y descubrirlo muy cerca del Dios Altísimo. Por eso Santa Catalina de Siena describe la vida y la obra de Cristo como un puente, un puente entre nosotros y Dios, siendo él mismo hombre como nosotros y Dios como el Padre. Observemos que un puente solo funciona si realmente toca las dos orillas. Eso es lo que hace que un puente funcione. Un puente que llegara, por ejemplo, hasta la mitad del río, pues no les sirve a los de esta orilla ni a los de la otra. Un puente que estuviera muy cerca de nosotros, pero que no llega a la otra orilla tampoco nos sirve. Si tú observas en el Antiguo Testamento el drama que se presenta es precisamente el de una especie de puente incompleto. Pero si vamos a ser más precisos, diríamos dos puentes incompletos que no llegan a tocarse. Algo así como cuando los ingenieros empiezan a construir de un lado y del otro y entonces avanzan, avanzan, pero no se han encontrado todavía. Efectivamente, en el Antiguo Testamento encontramos a un Dios que manifiesta su poder, su santidad, su plan maravilloso para la vida humana. Incluso hay palabras muy alentadoras en el libro del Deuteronomio donde Dios dice: La Palabra que te digo no está lejos de ti, como diciendo ya casi, ya casi llegamos, ya casi, pero todavía no se llega. Y también encontramos en el Antiguo Testamento personas de una gran santidad, incluso con capacidad de sufrir por Dios. Piense usted la historia esa impresionante del capítulo séptimo del segundo libro de los Macabeos. Cuando una mamá vio cómo torturaban y ejecutaban a sus siete hijos y luego la mataron a ella. Todo por mantenerse fiel a Dios. Piensen los sufrimientos interminables de tantos años en el profeta Jeremías y en otros profetas. Piense usted en lo que se dice de Moisés, que él hablaba con Dios como un hombre habla con su amigo, pero al mismo tiempo dice: No había en la tierra hombre más sufrido que Moisés. O sea que Moisés y Jeremías, y aquella señora del libro de los Macabeos, realmente representan como el intento, el intento humano, las manos que se extienden del ser humano, diciendo Señor, alcanzanos. En el capítulo sesenta y tres me parece que es del profeta Isaías hay una súplica que resume esta situación del Antiguo Testamento cuando dice el profeta Isaías: Ojalá rasgases el cielo y bajases. Y también Job dijo: Aunque sea muerto, aunque me arranquen la carne con mi, con mis propios ojos veré a Dios. O sea que hay un anhelo de encuentro, de encuentro, pero no se logra, no se logra ese encuentro o no se lograba, es lo que debo decir, porque el sitio de ese encuentro donde se junta, donde por fin se realiza este puente, se llama Jesucristo. Ese es Jesucristo. La carta a los Hebreos nos muestra lo cerca que está Cristo de nosotros de dos maneras. Primero dice que Cristo participa de nuestra carne y de nuestra sangre. Es decir, es tan ser humano como todos nosotros, tan hombre como todos nosotros. Es así. Ese es el primer argumento. Y el segundo argumento, que es impactante, es el que aparece en la lectura de hoy cuando dice que él, a pesar de ser hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Tres verbos aprendió sufriendo a obedecer. Y estos tres verbos son muy propios de nosotros. La vida humana muchas veces es un aprendizaje. Muchos de nosotros hemos tenido que aprender y casi tendría que decir aprender a las malas. No todo se aprende a las buenas. A veces uno aprende, pero, por decirlo así, de sus caídas, de sus errores. Y hay gente que es implacable y hay gente que no perdona. A mí me duele mucho cuando yo oigo a una persona que dice a mí cuando alguien se me sale, se me sale como quien dice yo no voy a perdonar. Yo solamente pienso que tal que Dios nos tratara así, qué tal que Dios dijera: no, ya esté Nelson ya falló, ya falló, ya se acabó. Por eso dice el Salmo ciento treinta: ¿Si llevas cuenta de los delitos, Señor, quién podrá resistir? Uno no debe tomar jamás una actitud de esas. Entonces, fíjate Cristo aprendió como nosotros aprendemos, sufrió como nosotros sufrimos, obedeció como nosotros estamos llamados a obedecer. O sea que Cristo no solamente tiene metafísica, ontológicamente hablando, una naturaleza como la nuestra, sino que probó nuestra naturaleza en su aspecto más terrible, que es el tener que aprender, el tener que sufrir y el tener que obedecer. Todo esto ¿para qué? Para que cada uno de nosotros, mirando a Cristo, pudiera decir como tenemos que decir Él es como yo, Él me entiende, Él sabe de lágrimas, Él sabe de vacío, Él sabe de traición, Él sabe de carencia, Él sabe de dolor, Él sabe, Él conoce, Él es como yo. Especialmente podemos decir estas expresiones de confianza. Si elevamos nuestros ojos a la cruz de Cristo, si miramos la cruz de Cristo, no hay circunstancia, ni tragedia, ni dolor en el que no podamos decir: él es como yo. Dice Santo Tomás de Aquino meditando sobre la cruz de Cristo, que es muy, pero muy sabio que Dios haya querido darnos la salvación a través de la cruz. Dios hubiera podido darnos la salvación de muchas otras formas. Poderoso como es, con un chasquido de sus dedos, Dios podía decir Salvos y listo. Y cualquiera diría más bonito así, sin tanta sangre, tanto sufrimiento. No digas sandeces, hombre. No digas sandeces. No digas tonterías. Es mucho más sabio, pero mucho más sabio lo que Dios ha escogido. Porque dándonos la salvación a través de la cruz, Dios nos ha permitido un lugar a donde mirar en nuestras propias tribulaciones. No hay pobre, no hay enfermo, no hay excluido, no hay marginado, no hay agonizante, no hay condenado a muerte, no hay torturado que no pueda mirar a Jesús y decir: Tú eres como yo. Y de esa manera Jesús está muy cerca de nosotros. Es nuestro consuelo. Yo a veces me pregunto, sin que mi vida haya tenido tanto, tanto dolor como han visto mis ojos, ¿porque yo he tenido que ver mucho dolor con estos ojos? Pero yo a veces me pregunto ¿cómo hará la gente sin fe? Lo que hacen es dar tumbos y tratar de desarrollar callo y que nada les duela y tratar de anestesiarse y tratar de huir. Eso hace el que no tiene fe, huye, desarrolla, callo, se engaña. Pero ahí sigue el dolor, ahí sigue su tragedia hasta el día en el que no resiste. Ejemplo importante lo encontramos en la línea de esta escuela filosófica estoica. Hombres como Marco Aurelio, que es reputado como uno de los grandes emperadores, tal vez el más grande del Imperio Romano por su sabiduría, buen gobierno. Hombres como Cicerón, como Séneca, grandes pensadores que dijeron muchas cosas muy sensatas. Sin embargo, todos eran partidarios del suicidio y varios de ellos lo cometieron. Entonces, ¿qué quiere decir esto? Quiere decir que es demasiado piadoso, demasiado misericordioso Dios, dándonos así a su Hijo no solo lo dio, sino que lo dio ensangrentado, lo dio como víctima de propiciación. Nos dice la carta a los Hebreos. Pero al mismo tiempo que está tan cerca de nosotros. ¿Cuál es el nombre que le da la carta a los Hebreos? Lo llama el más alto de los sacerdotes, el sacerdote Altísimo, el sumo sacerdote. Esa expresión sumo alude precisamente a lo más alto el sumo Sacerdote, el sacerdote Altísimo, el sacerdote que sobresale entre todos infinitamente por su virtud, la pureza de su sacrificio, la perfección de su alma. Ese es Cristo. Al mismo tiempo, tan cerquita de nosotros y de nuestros padecimientos y tan cerquita de Dios Padre, en su pureza, en su humildad, en la perfección de su santidad. Esa es la grandeza de Cristo. Y la buena noticia que tengo que repetirte es que Cristo es el que celebra todas las Misas. Nosotros, como este servidor de ustedes, le dejamos completamente no solo los micrófonos, sino toda la voz y todo el poder a Cristo. Usted sabe que cuando se celebra la Misa, las palabras de la consagración las dice Cristo. Es Él el que dice esas palabras, es Él el que consagra. Por consiguiente, es el sumo sacerdote el que se hace presente aquí en nuestro humilde altar, en nuestro humilde corazón se hace presente, porque así nos amó Dios. Sigamos con ese consuelo, esta celebración preparando el pan y el vino.

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