Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Sin la obediencia jamás alcanzaremos la hermosura del plan que Dios tiene para nosotros.

Homilía i021007a, predicada en 20170116, con 5 min. y 24 seg.

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Transcripción:

Sin duda nos impacta ese texto de la Carta a los Hebreos que presenta al Señor Jesucristo en toda su fragilidad, pero también en toda su grandeza. Es el Hijo de Dios. Es el sumo sacerdote. Es el Ungido del Padre. Y sin embargo, a gritos y con lágrimas, presenta súplicas al que puede salvarlo de la muerte. Y lo que es todavía más impresionante, aprendió sufriendo a obedecernos. Dice el pasaje de hoy.

Dos enseñanzas tenemos que sacar de estas palabras tan impactantes. Primero hagámonos una pregunta ¿En qué sentido Cristo aprende? Porque según nos dice el evangelista Lucas, Cristo iba creciendo en edad, en sabiduría y en gracia. Pero es evidente que Cristo aprende porque participa de nuestra naturaleza humana, la cual es imperfecta en el conocimiento, y sólo después, poco a poco alcanza cierta perfección. Entonces, en esa misma naturaleza es donde Cristo aprende la obediencia. O dicho de otra manera, lo propio de nuestra naturaleza humana es el camino de la obediencia. Y efectivamente, es necesaria la obediencia para que en cada uno de nosotros se haga realidad el querer de Dios. El plan de Dios, la sabiduría de Dios.

Así que la primera lección es que necesitamos aprender a obedecer, porque no llegaremos a ser lo que Dios quiere que seamos si no es a través de la obediencia. Pero por otro lado, es una obediencia costosa, a gritos y con lágrimas. Dice la carta a los Hebreos. Lo cual implica que hay una especie de peso que trata de retenernos en la mediocridad, que trata de anclarnos al pasado y al pecado. Y la lucha contra ese peso supone gritos y lágrimas. Supone esfuerzo y morir a nosotros mismos. Así que esas dos lecciones nos deja el pasaje de hoy. Que el camino de nuestra naturaleza es la obediencia. Porque si no, nunca seremos lo que Dios ha pensado para nosotros y quiere que seamos.

Y segundo, que ese camino de obediencia supone un morir a nosotros mismos, supone un renunciar y supone ir más allá de ese peso que sentimos y que trata de retenernos. Pero ¿qué se logra con esa obediencia? Eso es lo que nos muestra el Evangelio de hoy. Con esa obediencia llegamos a ser odres nuevos. Con esa obediencia nos disponemos eficazmente para recibir lo que solamente Dios puede darnos. De modo que en la renovación de nuestras disposiciones y en la acogida del don puro que viene de lo alto. Llegamos a ser odres nuevos con vino nuevo, llegamos a ser nuevas criaturas.

Pidamos al Señor mientras nos alimentamos de su Palabra y con su cuerpo. Que ese esfuerzo de renovación, ese camino de continua conversión, no se detenga. Que no lleguemos a caer en el error de pensar que ya nos hemos esforzado lo suficiente. O también que es otra tentación que no vale la pena esforzarse. Pegados a Cristo y alimentados de Cristo, tenemos que hacer realidad lo que dice un salmo de baluarte en baluarte hasta ver a Dios en Sión.

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