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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Homilía i021002a, predicada en 20030120, con 13 min. y 44 seg. 
Transcripción:
La primera lectura llama a Jesucristo sacerdote. El Evangelio llama a Jesucristo novio. Entonces tenemos a un novio que es sacerdote, o tenemos a un sacerdote que es novio. Estas dos palabras el mundo solo sabe juntarlas para hablar de escándalos, porque un sacerdote que es novio es un sacerdote con novia. Y un sacerdote con novia es un sacerdote con escándalo. Es un sacerdote con problemas. Pero Jesucristo, aunque tiene problemas, no es problemático. Los problemas que tiene Jesucristo son los problemas propios de su noviazgo porque no puede ser novio sin estar en una relación de noviazgo. Es bonito aprender a juntar estas dos palabras en paz, sin escándalos y sin problemas. Jesucristo es el sacerdote novio. Jesucristo es el novio sacerdote. Y de él podemos aprender nosotros los sacerdotes. Pienso que el sacerdote busca novia cuando no se siente novio. Porque si el sacerdote se siente novio como Cristo, entonces se va a sentir sacerdote como Cristo. Nos dice San Pablo en la carta a los Efesios. Jesucristo amó a la iglesia y se entregó por ella. Esa es la novia de Jesús. Ven que te voy a mostrar la novia, le dicen al vidente del Apocalipsis y aparece la Iglesia resplandeciente de belleza y de blancura. Es la nueva Jerusalén. Es la novia del novio. Si un sacerdote ama a la iglesia como Jesucristo, ama a la Iglesia, es un sacerdote que se siente novio. Y cuando el sacerdote se siente novio, no busca novia en esta tierra porque ya su corazón está colmado. Así como un hombre felizmente enamorado o felizmente casado no busca más pareja. Así también el sacerdote que se siente novio como Cristo, es decir, que se siente enamorado de la iglesia, no buscará novia en esta tierra. Esa es una primera manera de aplicar la asociación que estamos haciendo hoy. Jesucristo es el sacerdote, Jesucristo es el novio. Vamos a intentar otra aplicación de esta misma asociación que hacemos hoy. Ahora lo miramos de la otra manera Jesucristo es el novio que es sacerdote. Lo propio del sacerdote es ofrecer sacrificios. Qué lejos suelen estar los novios que conocemos. Qué lejos suelen estar de mirar su noviazgo como un sacrificio. Suelen mirar el noviazgo como lugar de deleites. El deleite de sentirse acompañado, el deleite de sentirse amado, el deleite de poder complacer los sentidos con un rostro amable, tal vez con alguna caricia o un beso. Pero Jesucristo es el novio que ofrece sacrificios. Y el noviazgo de Jesucristo está marcado no tanto por las caricias, sino por los sacrificios. Si los sacerdotes podemos aprender de este sacerdote novio, pues que los novios aprendan también de este novio sacerdote. El noviazgo no es el lugar del deleite. El noviazgo es el lugar del sacrificio. El noviazgo es el lugar para aprender a ofrecer el sacrificio. Pensemos nada más esto ¿Qué frutos está cosechando en nuestro mundo de mirar el noviazgo como lugar de deleites? Pues lo que está cosechando es que el noviazgo se llena de impurezas y el matrimonio se llena de dolores. Alguien lo resumía de esta manera: Cuando el noviazgo ha sido pura comedia, el matrimonio será pura tragedia. Si el noviazgo ha querido ser una rumba de deleites, entonces el matrimonio será un viacrucis, una tortura. El noviazgo es el lugar para aprender a salir de sí mismo. El verdadero noviazgo es ese y eso le da un rostro de sacrificio al noviazgo. El noviazgo no es el tiempo para complacer, para complacerse cada uno en sí mismo, sino es el tiempo para aprender a conocer y a complacer al otro. Imaginémonos un noviazgo así. Ese sería un noviazgo cristiano, un noviazgo en el que cada uno aprende a conocer al otro. Y aprende a complacer al otro y aprende a ceder frente al otro. Sería un noviazgo con muchos sacrificios. Pero supongamos que hay un noviazgo así. ¿Qué clase de matrimonio saldrá de ahí? Un matrimonio maduro. Si cada uno se ha acostumbrado a ofrecer sacrificios, a renunciar, a negarse a sí mismo buscando lo mejor para el otro. El matrimonio tiene que funcionar. O sea que fíjate que si podemos juntar la palabra sacerdote y la palabra novio, porque Jesucristo es el sacerdote y Jesucristo es el novio. De manera que nosotros los sacerdotes aprendemos de este novio y que los novios aprendan de este sacerdote. Se pueden juntar esos dos. Ahora detengámonos un poco más en la primera lectura. Dice aquí: Presentándonos el rostro del sacerdocio de Cristo. En los días de su vida mortal presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Esto lo comentábamos en otra ocasión. Jesucristo presentó súplicas para que lo salvaran de la muerte y fue escuchado, pero murió. ¿Eso cómo se explica? Repito, Cristo en los días de su vida mortal, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Rogó al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por el que podía salvarlo de la muerte. Pero se murió. Entonces, ¿qué significa eso? Hay algo muy profundo ahí. Lo que sucede es que Cristo fue salvado de la muerte. Padeciendo la muerte. Fue salvado de la muerte porque la muerte no tuvo la última palabra sobre Cristo. Fue salvado de la muerte porque la gloria del Padre, el Espíritu del Padre, lo arrancó de las fauces de la muerte y le dio una vida que no termina resucitado. Nos dice San Pablo ya no muere más. Pero entonces quedémonos con esa frase a ver qué podemos aprender de ella. Fue salvado de la muerte, padeciendo la muerte. Uno se imagina que ser salvado de la muerte es no padecer la muerte, pero a veces uno es salvado de la muerte padeciendo la muerte. Eso le sucedió a Cristo. Esto es muy bueno saberlo, porque uno fácilmente puede pensar que no es escuchado cuando le suceden cosas que uno no quería y uno estaba rogando para que no le sucedieran. Cambiemos, por ejemplo, la palabra muerte. La muerte es la última de las desgracias que le pueden suceder a una persona, porque antes de la muerte puede venir la enfermedad o puede venir el dolor, o puede venir la soledad, o puede venir la tentación. Vamos cambiando la palabra muerte por estas palabras y encontramos una enseñanza profundísima. Por ejemplo, dolor fue salvado del dolor padeciendo el dolor. A veces uno es salvado del dolor porque lo quitan del dolor, porque le esquivan, porque le ahorran un dolor. Pero otras veces uno es salvado del dolor padeciendo el dolor, porque el dolor no se convierte en el Señor de uno, porque el dolor no se convierte en la palabra definitiva o decisiva en la vida de uno. Cristo fue salvado de la muerte y murió. Ser salvado no significa no pasar. A veces ser salvado significa superar. Ser salvado de la soledad no significa que uno no experimente soledad. Significa que la soledad no tiene la última palabra. Que la soledad no es la que domina, no es la que rige. A veces uno es salvado de la soledad, padeciendo la soledad y superando la soledad. A veces uno es salvado de la enfermedad, padeciendo la enfermedad y superando la enfermedad. A veces uno es salvado de la tentación, padeciendo la tentación y superando la tentación. Ser salvado no significa no padecer. Muchas veces significa padecer y vencer, significa sufrir y superar. Por eso es muy interesante y es muy profundo lo que nos dice la carta a los Hebreos. Cristo rogó para que lo salvaran de la muerte. Y se murió. ¿Entonces no lo salvaron? Sí lo salvaron. Lo salvaron de la muerte atravesando el misterio de la muerte. Cuando somos niños, no entendemos esto. Para un niño, ser salvado del dolor significa no sufrir. Pero de pronto, una persona mayor entiende que ser salvado del dolor significa haber sufrido, haber pasado. No seamos niños en cuanto a nuestra fe, no seamos niños. Muchas veces la salvación pasa por el momento oscuro para que se vea la victoria ahí. Muchas veces ser salvado no significa no sufrir, sino haber sufrido, haber superado, haber vencido. Y esas son las dos enseñanzas que quería compartirles. Primero, no le tengamos miedo a asociar las palabras sacerdote y novio, que bien entendidas, nos ayudan a descubrir algo maravilloso sobre el sacerdote y algo maravilloso sobre el novio. Y en segundo lugar, Cristo salvado de la muerte, padeciendo la muerte, y que así nos orienta para nosotros aprender a reconocer también la extraña voz de Dios cuando parece que no nos escucha. Pero quizá es cuando mejor nos está oyendo, como oyó el clamor y los ruegos y las súplicas de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

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